miércoles, 24 de enero de 2018

ESPECIAL HOY FIRMA: "PABLO GARCÍA BAENA O EL VICIO DE CREAR EN LIBERTAD"

PABLO GARCÍA BAENA
O
EL VICIO DE CREAR EN LIBERTAD

A Ginés Liébana


Apenas cenó aquella noche. El Teatro Circo de Puente Genil se llenó de la emoción con la que alimentó el corazón de todos los que, en el patio de butacas y con un silencio reverencial, escuchamos su voz una vez más desde la oscuridad de un auditorio lleno. El V Encuentro de Poesía de Puente Genil nos reunió durante tres días para formar parte de un homenaje a la figura de Ricardo Molina en su centenario, y por extensión al grupo CÁNTICO y a tres poetas inmensos: María Victoria Atencia, Ginés Liébana y Pablo García Baena. La biblioteca municipal “Poeta Ricardo Molina” acogió en sus vitrinas las ediciones históricas de Cántico, y los salones de la ciudad celebraron la figura y el lujo de la presencia para todos nosotros de su gran poeta, y de sus magníficos amigos.

Aquella noche comentábamos desde nuestras butacas que Antonio Roa -organizador del Encuentro, junto a la Asociación Cultural Poética- había juntado en el escenario tres siglos de historia. Porque los tres elegidos que se unieron esa noche del 6 de Junio traían un regalo a cuya sombra cobijarnos, trajeron a todos los amigos que se fueron para crear entre nosotros otros nuevos; porque como dijo Cicerón a excepción de la sabiduría, no sé si los dioses han concedido a los humanos ninguna otra cosa mejor que la amistad. Pablo García Baena sembró en nosotros  ese mes de Junio, al que cantó tantas veces, una lección de convivencia con el pasado. Si algo hizo siempre de manera inmisericorde fue recordar, recordarnos que de la hermandad surgió todo y que el afecto trabó la vida de aquellos que por encima de todo se amaban como amigos. Y a todos ellos los traía cuando hablaba, a Juan Bernier, Julio Aumente, Mario López, Ricardo Molina, a los pintores Ginés Liébana y Miguel del Moral, a Vicente Núñez, a Vicente Aleixandre. Un puente temporal se abría en su presencia para brotar tan vivos como el río que da nombre a nuestra ciudad.

Aquella noche el canto a la belleza, a la vida y al amor que tantas veces mostró en su poesía se hizo carne en sus palabras. De aquel cuerpo curtido por la vejez asomó brillante la celebración de los sentidos, la lucidez de quien ha vivido por encima de los azares mundanos y vive en deuda con su pasado. Una deuda noble, en paz con todos y fundamentalmente consigo mismo, puesto que el hombre que se nos ha ido ha hecho siempre lo que le ha dado la gana. Dejó de publicar y según nos dijo también de escribir durante veinte años sin ningún rencor, viviendo su propio exilio y sin quejarse nunca del abandono, alejándose siempre del elogio y de la fugacidad de la gloria. Poeta desconocido para la inmensa mayoría hasta que en el año 1984 se destapa para el gran público (dejemos aparte la labor de Guillermo Carnero a finales de los setenta, y otras cuestiones eruditas); es en ese año con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y con la Medalla de Oro de la Ciudad de Córdoba cuando se le coloca ante los focos, cuando su nombre despierta la curiosidad de muchos. Y empezó también una carrera de reconocimientos envidiable y que consigue hacer justicia tras tantos años a un poeta excepcional, sublime en su misterio y precisión y que emborracha en su lectura tan bien como una buena ginebra, esa helada ginebra que en sus versos enfría el labio.

Aquella noche caminamos con Don Pablo a celebrar el final del encuentro en una cena institucional que afortunadamente careció de rigores protocolarios y nos permitió acercarnos a su brazo y a su verbo. Pero era tan inmenso el respeto que nadie fue capaz de atacar su bonhomía salvo para preguntarle si se encontraba bien en repetidas ocasiones y si todo era de su agrado. Las miradas caían sobre él y María Victoria Atencia, que presidieron la mesa y recibieron nuestro aplauso y homenaje al inicio, nuestro agradecimiento y admiración. Como si de un banquete romano se tratase aquel restaurante se convirtió en un espacio ritual donde los dioses y los humanos compartían espacio y un vínculo, un momento sagrado para rendirles culto y agradecerles los favores del alimento. Pero lo que parecía empezar como una comissatio terminó siendo más bien una vesperna, ya que a falta de albóndigas de faisán el menú invitaba más bien a las libaciones posteriores que a los manjares servidos (eso hay que mejorarlo, carísimo Antonio, por favor, que Don Pablo no probó bocado, por Dios, y nosotros acabamos de patatas fritas como adolescentes en época de exámenes…).

Doña María Victoria Atencia caminó del brazo de un “gallo” hasta el restaurante, y sólo él disfrutó de la conversación, atento a las enseñanzas y preguntas de una de las grandes poetas vivas que le quedan a nuestras letras. Don Pablo llegó tranquilo y ambos compartieron conversación durante la cena, hasta que el cansancio levantó al poeta y tras él a todos nosotros, camino de la puerta y de un taxi que nos lo robó para siempre.

Álvaro Pombo dijo una vez que Pablo García Baena era un hombre invisible, un poeta que salía para un homenaje, otro reconocimiento, otra laudatio, y después evaporarse en el humo de los días. A lo largo de los últimos treinta años en muchas ocasiones se ha repetido el juego y nuestro prestidigitador vio nacer numerosas antologías, reediciones canónicas de su poesía completa, un congreso internacional sobre su obra, el homenaje del Instituto Cervantes…

Y siempre volvía a Qart-tuba, Ítaca luminosa, porque aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado1, porque la Córdoba de los años cuarenta que él observó con tanto desdén fue también la que modeló una generación de hombres inolvidables, la misma que hoy se rinde a sus pies y le despide con todos los honores. Recordamos hoy las palabras de Antonio Enrique cuando hace unos años constataba que “un poeta hoy carece de relevancia cívica; no son noticia sino cuando reciben algún galardón, (…) el poeta se convence del hecho de serlo cuando es noticia (…). La sociedad no parece que esté con nosotros. No interesamos”. Sin embargo García Baena se ha encargado de desmentirlo. Con absoluta honradez no necesitó reclamar atención hacia una postura estética (que era también ética) libre, heterodoxa y cosmopolita enfrentada a la poesía oficial del franquismo. No hay mayor dignidad posible, algo sólo al alcance de unos cuanto elegidos que al final terminan amansando la zozobra del destino.


Aquella noche se nos fue Don Pablo, se nos fue Doña María Victoria, secuestrados en taxis obscuros que nos dejaron trémulos y desasosegados como soldados ante la derrota. Pero, oh amigos, estaba Ginés. El último superviviente al paso del tiempo, incorrupto y vampirizante, capaz de cenar a base de gintónics como si fuesen zumos y mantener la fiesta hirviendo hasta la madrugada. No se sentó junto a sus amigos no por falta de respeto, más bien porque aquél no era lugar para él, “allí no pueden sentarse los jóvenes” nos susurraba mirando travieso la conversación que mantenían García Baena y Atencia, desatando las carcajadas de cuantos compartíamos mesa, libaciones y alimento con un seductor maravilloso.

Y a él va dedicado nuestro final, al único representante vivo de todo aquello que se nos fue hoy con Don Pablo pero que permanece en su memoria vivo, magmático, explosivo y aterradoramente exquisito.  Bendecida fue la causa de nuestra fortuna, como decía la canción, por disfrutar de tu compañía y tu magisterio en esos días, y en esas noches. Como un león dorado te hiciste con la admiración de cuantos devotamente te perseguíamos, una estrella del rock rodeado el último día, cuán diferente fue allí esa despedida, de tu corte de hambrientos seguidores como hicieran otros en los jardines de Akademos. La rebeldía vital de García Baena no nos ha abandonado mientras Liébana proyecte su luz mágica. Le roi est mort, vive le Roi!

Y sigamos leyendo, amigos. Que ese asidero aportado por el hombre que se nos fue no nos haga olvidar al poeta que nos brinda un asidero con toda la poesía del mejor 27 y los sesenta, que las rosas que reposan en tu tumba con su olor a cadáver no nos impidan gozar de un libro hermoso ya leído2, el de Pablo García Baena.


1.       Sí, Kavafis.
2.       Del poema Edad, de Pablo García Baena.





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