lunes, 11 de diciembre de 2017

HOY FIRMA: JUAN JOSÉ TÉLLEZ. "FITO CÓZAR FRENTE AL INCENDIO DE LA UTOPÍA"


Fito Cózar 
frente al incendio de la utopía

Tenía, desde muy joven, pinta de húsar o de coronel de la brigada de caballería inglesa, pero Rafael de Cózar nunca fue en realidad como su homónimo personaje de “Alatriste”, capaz de prestar un amor a los intereses de Estado. Más bien, él prestó siempre los intereses de Estado al amor. Y el honor, en todo caso y como confesaría en un poema satírico dedicado a su amigo el rey Arturo Pérez Reverte, lo guardaba en los bolsillos. Quizá porque sus manos las tendría debidamente ocupadas con una pluma o con un catavino. O en acariciar sus afectos.

“La Galla Ciencia” en su número OCHO le dedica un esclarecido homenaje justo cuando se cumplen tres años de su fatídica muerte, mientras intentaba salvar de las llamas su biblioteca y el ordenador en el que había ido digitalizando buena parte de su obra. Natalia Turión, su viuda, sigue intentando recobrar parte del contenido de sus archivos electrónicos, mientras su hija seguirá presumiblemente luciendo el sombrero que heredó de su padre. A lo largo de este tiempo, en ocasiones dispersas, sus seguidores y sus amigos han ido rescatando su nombre y su memoria poética que va más allá de los versos y que incluye una formidable reivindicación de las vanguardias, a contracorriente, a bordo de una poesía visual que convivió con la transición democrática y que, años más tarde, sigue siendo una ilustre e injusta desconocida.

Le conocí cuando, siete años mayor que yo, viajaba a bordo de una Harley con una amante gringa que paseaban por las calles del tardofranquismo como si acabaran de escapar de una secuencia de “Easy rider”. Tan beatnik, tan postista, tan barroco. Su vida viajó desde Tetuán a Chinatown y Riverside, pero fue un galopín en las calles de Cádiz donde ingenió, en el tardofranquismo y junto a otros cómplices como Jesús Fernández Palacios y José Ramón Ripoll, una revista, “Marejada”, que  publicó a Borges y una tertulia de trastienda, en la que solían celebrar juicios que no se parecían a los del TOP. Allí, los inocentes eran declarados peotas. Y los culpables, peotas. ¿O era al contrario?


Sevilla le dio un título universitario, una cátedra ganada a pulso contra la estulticia y un pícaro oficio de murcio intelectual, buscón de versos y seductor de amigos. Su segunda patria, sin embargo, fue Thessy-Glimont, el confín francés del exilio oculto de Carlos Edmundo de Ory que tan sólo se abría a quienes fueran capaces de desenterrar vivos. A su claro entender, la obra oryana, desde sus tiempos del exilio interior cuando gestara el postismo, "significaba algo realmente nuevo y coincidente, sin saberlo, con las líneas de la vanguardia exterior".

Junto a los poemas visuales, fue gestando su propia narrativa, a partir de “Motín en la residencia”, sus relatos desperdigados y posteriormente recopilados por la colección “Calembé”. En cualquier caso y más allá de su labor académica, la de un catedrático que buceaba en los ambientes prostibularios del Siglo de Oro o en la poética de Ory, Rafael de Cózar se reconocía íntimamente en sus versos, como los de “Piel iluminada”:


Cuando un nuevo siglo

recorra mis venas

y entre mis dedos

la nueva tierra

cobre un sentido diferente…

Cuando las horas mueran

en un murmullo de líquidas palabras

y el agua de la edad

pase a la historia…

Cuando el grito del olvido

se torne al fin silencio,

sólo me restará regar mi vida

con el retorno único del tiempo.


Fito Cózar fue un zahorí de talentos jóvenes -en sus últimos años, apoyó a Ediciones en Huida, pero también a La Palabra Itinerante o al festival de Perfopoesía en Sevilla- y aunque prestó servicios públicos desinteresados como el de la presidencia de la Asociación Colegial de Escritores en Andalucía o el de su pertenencia a la Comisión Asesora del Centro Andaluz de las Letras, nunca fue carne de pesebre. Tenía, de hecho, una rara habilidad para pegar cabezadas en los actos oficiales, como si no hubiera más remedio que hacerlo.

Su espíritu era indómito y sus costumbres, cordiales. O sea que aunque tuviera gotas de sangre jacobina, su verso nacía de manantial sereno: su testamento lírico se titula “Cronopoética”, un único texto en el que ajusta cuentas con su último medio siglo. Y aunque su estética narrativa, sus ensayos y sus espléndidos poemas visuales tuvieron mucho que ver con las viejas y renovadas vanguardias, su actitud ante la vida era romántica, o lo que es lo mismo, profundamente literaria. Todo ello se trasladaba a su compromiso vital, que le llevaba al joven culto al hachís y a los carnavales, a pasear su clara sonrisa semidesnuda por un congreso de poetas y despertar a las tantas a uno de ellos, saltando sobre su cama y armado con el extintor del pasillo, al grito de: “Yo soy el arcángel San Rafael”. Ahora lo es. Desde la nada, vela por nosotros. Desde allí, sigue intentando apagar el funesto incendio que sigue calcinando a casi todas las utopías.



Juan José Téllez


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