miércoles, 8 de noviembre de 2017

HOY FIRMA: JAVIER PUIG. "LUIS CERNUDA: UNA VIDA DE POETA"



Al leer la poesía de Luis Cernuda –así como también su magnífica prosa poética– no estamos nada lejos de acceder, a través de su monólogo introspectivo o de la visión de un mundo que mayoritariamente entiende como afrenta, a su autobiografía interior. Cuando aún no sabemos nada más de su vida, ya conocemos en sus versos su voz más personal, muchos de los atisbos de su íntima mirada. Y es que, en esencia, Cernuda nunca se esconde. Podrá alterar la composición de su discurso, dándole la imprescindible altisonancia, revistiéndolo de poética armonía; o podrá callar nombres, las alarmas concretas de la realidad; pero siempre acaba expresando un ineludible sentir, tristemente afianzado, que procura elevar por encima de la mera circunstancia; o, a veces, no tanto: renuncia a ese ambicioso objetivo, ya satisfecho de haber conseguido una directa vibración, alusiva a algún hiriente desencuentro.

Luego, al conocer algún rasgo de su vida, descubrimos que esta ha sido aún más consecuente con su obra de lo que hubiéramos podido esperar. Y cuando, decididamente, aunque no sin cierto pudor, nos adentramos en las biografías que se han escrito de él, comprobamos el ascetismo poético en el que vivió, la soledad no redimida que fue su penar por este mundo. Cernuda se nos manifiesta como un ser expelido hacia el desarraigo, desprovisto de cualquier fijación duradera, ya sea geográfica o sentimental. Lo vemos como a un hombre muy ceñido a sí mismo, que siente la existencia como una dura travesía cuya única justificación es, en definitiva, la consecución del poema sucesivo y su ulterior reconocimiento.

Hace algunos años, leí una espléndida biografía de Jordi Amat que me cautivó; y ahora tengo reciente la lectura de otra mucho más exhaustiva – de su segundo volumen, el que refiere los años de exilio del poeta -  escrita por Antonio Rivero Taravillo. La mayor parte de los artistas que han llegado a las cúspides del reconocimiento, lo han hecho con dificultades, bregando con la múltiple y persistente contrariedad, o – para establecer un símil odioso -, como diría un tenaz empresario, obteniendo una lenta expansión en el mercado. Pero Cernuda es uno de esos exponentes de cierta pureza vital – no exenta de egotismo -, un hombre mínimamente apresado por las servidumbres de la vida utilitaria. En todos sus largos años de ese exilio, del que no pudo o no quiso salir, el poeta sevillano malvivió con recursos económicos escasísimos, en habitaciones minúsculas a modo de triste hogar, pero sin tener que conceder más que unas pocas horas de su vida a una labor docente para la que no tenía ninguna vocación y que, consiguientemente, no producía en sus alumnos resultados alentadores.
Pese a su digna pobreza, Cernuda –como Rilke– era un dandi. En su exilio británico adquirió una imagen de gentleman que confirmaba con la vestimenta de un, a menudo, único traje impecablemente planchado, y con el uso de una pipa que le confería un porte de hedonismo y de serenidad a los que aspiraba pero que pocas veces la verdad de sus días podía confirmar.

Es archiconocido el principal rasgo de su carácter: su acedía, y la susceptibilidad, el rencor; una hosquedad, solo con pocos seres y en escasas ocasiones, omitida: “Dado mi carácter retraído e inclinado a misantrópico…”, reconocía. Las percepciones de quienes lo conocieron son diversas. Para alguno era: “Simpatía clara, comunicación difícil”. Pero, para otros, el veredicto no dejaba lugar ni siquiera a parciales indulgencias. Las anécdotas de desplantes, de desprecios, son numerosas, pero quiero también mencionar – desde mi simpatía incierta –, la existencia de testimonios que matizan y complementan esa visión. Hay constancia de que, a veces, su taciturno ser se transformaba en efusión dicharachera y su prevención –sino directa aversión– hacia el otro, se tornaba confianza, entrega. La poeta Concha Méndez nos revela una fugaz imagen captada furtivamente, la del poeta –que vivía en su casa de México D.F.– haciendo de tierno “abuelo” con sus nietos, a los que llevaba cada mañana al colegio.  

Nos cuenta Rivero Taravillo que el poeta era un gran aficionado al cine. Sobre todo, en sus últimos años de estancia en México, fue un asiduo de las salas cinematográficas. Le gustaban los westerns, pero también sabemos que repitió durante una semana sus visitas a la exhibición de Sissí Emperatriz, tal vez porque le fascinaba la figura de Luis II de Baviera, al que dedicaría un poema: Luis de Baviera escucha Lohengrin. Parece que no fuera un cinéfilo exigente, que el cine le sirviera más como distracción de un vivir replegado en la soledad. La última vez que fue al cine fue la tarde anterior a su muerte. Repetía aquella semana la visión de Divorcio a la italiana - esta vez acompañado de las mujeres que lo estaban acogiendo: Paloma Altolaguirre y su madre Concha Méndez -, lo que ratificaría la constatación de una insoslayable, vital sed de ligereza que, en ocasiones, necesitaba ese hombre entregado a la máxima gravedad.

Fue necesaria esa vida desalentada para construir la poesía que tanto admiramos, fruto de su percepción del mundo pero también de saber ordenarlo en la justa belleza de unas palabras y de unos ritmos hábilmente inquiridos. Fue pertinente ese periplo por los lugares de un exilio casi siempre sombrío y altamente insatisfactorio. De todo se quejaba: de la oscuridad, la niebla, la atmósfera fabril, de Glasgow; del agobio de una gran ciudad como Londres; del clima invernal de la estadounidense Mount Holyoke; pero también de la civilización más pobre de México. Todo lo ve oscurecido por su percepción largamente decepcionada. Solo el brillo del sol en las playas de California o de Acapulco, algún momento amoroso o la empatía de un amigo entre los desencuentros, podía neutralizar las inclemencias de su mirada. 

Decía el pintor Gregorio Prieto, uno de sus más fieles amigos, que: “Él, como gran poeta, nunca dudó en sacrificarse en bien de su arte.” Cuando constataba sus rabietas, alegaba: “Los grandes hombres tienen mucho de niños.” Para él, Cernuda, era un ser inadaptado, esperando el advenimiento de un ideal. Y otra impresión más, entre tantas, la del artista Juan Soriano: “Cernuda no tenía una conversación brillante, ni avasalladora, ni nada. Era retraído, desconfiado, raro. No recuerdo que dijera nada memorable, pero me gustaba estar con él.”

Me imagino a Luis Cernuda como a un ser que acostumbraba transitar la vida procurando apenas tocarla, evitando mancharse de su invasiva cotidianidad y predispuesto a aceptar solo el roce con lo sublime. Las limitaciones de su escasa maduración para relacionarse con la realidad no hicieron mella en su crecimiento como poeta. La comprobación de las fechas de composición de sus poemas, nos habla de su tenacidad para crear una obra poética hecha de versos eternos que, sin desmentirlo, superan al hombre; de unas austeras imágenes que, tan a menudo, logran resplandecer desde su cenital relevancia. 

Javier Puig



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