martes, 31 de octubre de 2017

HOY FIRMA: JUAN ANTONIO FERNÁNDEZ. "José Ángel Valente: Mandorla (1982), encarnación del eros y la nada"

José Ángel Valente: Mandorla (1982),
encarnación del eros y la nada



In der Mandel -was stecht in der Mandel?
 Das Nicht […]
Paul Celan


Cualquier día es buen día para recordar a José Ángel Valente. Aunque hoy las Universidades no enjaecen sus pasillos con carteles, anunciando sesudos «Seminarios por la memoria del poeta». Aunque hoy las editoriales no se froten las manos, antes de dar comienzo a meditadas campañas de marketing, so pretexto de los fastos, ya no gongorinos, como resuena en nuestro inconsciente, sino valentianos. No.
Hoy nada de eso sucede. No obstante, cualquier día es buen día para celebrar la lírica del orensano; esa suerte de canto descarnado y fronterizo; ese «grande alarido» nacido extramuros de cualquier polis insomne, que nos fue legado a modo de «palabra en el tiempo», tal y como diría Antonio Machado. 

Al poeta críptico, al depurado traductor, al enamorado de la mística árabe y judía, al profesor de la Universidad de Ginebra, al hijo adoptivo del sol almeriense, al amigo de María Zambrano, al personaje público ora sibilino, ora huraño,… A José Ángel Valente, en definitiva, se le recuerda, sobre todo, por A modo de esperanza (1955), −premio Adonais 1954−, al igual que por sus intensos ejercicios ensayísticos objetivados en Las palabras de la tribu (1971) La piedra y el centro (1982), donde el escritor nos deja entrever su «credo poético», el cual es atravesado por una perspectiva hondamente filosófica.
El poeta fue acusado, en reiteradas ocasiones, por pecar de oscurantista, a razón de una poesía opaca e inaccesible. Sin embargo, esto, sin llegar a ser del todo cierto, se debe al cultivo de una poesía abismada hacia el límite último de la expresión verbal. Así, Valente asentó una ars poética deudora de una concepción del poeta y del poema, en tanto que «hacedores de nada», ya que, a su juicio, la Nada constituye el espacio que el poeta crea antes de «gestar» la palabra. Resulta conveniente, llegados aquí, traer a colación las palabras del cabalista español Isaac de Luria, en relación con el génesis divino, las cuales, duda, Valente conocía:

Dios, antes de la creación del mundo, ocupaba todo y era todo. Para crear el mundo, Dios se extendió hacia el interior de sí mismo con objeto de hacer posible el espacio mismo en que crear. Creó, pues, en primer lugar, la Nada.

Estamos, por tanto, ante una poesía germinal y seminal, del origen u origo, esto es, del agon o punto de conflicto inicial desde donde dimana y encarna el verbo poético. De tal forma, en Mandorla (1982), libro al que vamos a referirnos, podemos leer:

ESCRIBIR es como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural. Musgo, humedad, arcilla, limo, fenómenos del fondo, y no del sueño o de los sueños, sino de los barros oscuros donde las figuras de los sueños fermentan. Escribir no es hacer, sino aposentarse, estar

A tenor de ello, el acto escritural es una lenta sedimentación, una larga espera entre tinieblas, un acto de fe, que no redime. En efecto, el propio escritor, durante el programa “Rincón literario”, (consúltese aquí), explica: «el poema no es escribe, el poema se gesta». Pero para comprender este estatismo poietico, es decir, hacedorhemos de tener en cuenta que Valente fue gran conocedor de la literatura oriental, donde descubriría, entre otras cuestiones, el Tao Te King. Siendo así, en otro momento de la entrevista mencionada, el poeta gallego asevera que Lao Tsé nació después de 82 años de embarazo. La anécdota, aunque parezca baladí, nos está ofreciendo la clave que se sostiene la poética valentiana, pues los fundamentos taoístas de no-acción y no-intervención vehiculan, a modo de humus filosófico, toda su poesía. Inaugurando Mandorla aparece el poema homónimo, que da título a la obra y bien pudiera servir para ejemplificar lo hasta aquí enunciado:

Estás oscura en tu concavidad
y en tu secreta sombra contenida,
inscrita en ti.

Acaricié tu sangre.

Me entraste al fondo de tu noche ebrio
de claridad.

Mandorla.

El 10 de enero 1988 fue publicada por El País Semanal una entrevista, donde Valente discierne, en los siguientes términos, en torno al fundamento epistemológico de su Mandorla (1982):

El símbolo de la mandorla es muy remoto y está en muchos sitios. Está asociada al pez, porque si lo piensas, la representación del pez es igual a la mandorla. La mandorla se obtiene haciendo resbalar un círculo sobre sí mismo. Es la zona de la unidad y, evidentemente, el sexo femenino. La palabra mandorla viene del italiano, que quiere decir almendra, y dentro de la mandorla, en todas las iglesias románicas, está metido el pantocrátor, que simboliza el sexo femenino.

Aunque la mandorla encuentra sus orígenes en la cábala precristiana, la tradición católica la ha utilizado, apropiándose de su simbología, para representar la confrontación y choque entre los dos grandes mundos opuestos: el divino y el terrenal. Asimismo, la forma oval de la almendra designa la zona de superposición y contacto entre los dos círculos, que constituyen esos dos orbes a los que me refiero: lo sagrado y lo pagano, el cielo y la tierra. Ahora bien, ¿qué hay en el centro signado entre ambos círculos?, ¿qué sucede en ese fronterizo territorio oscuro? Allí está la Mandorla, el misterio, tal vez sólo reste una pregunta.


El término “Mandorla”, al mismo tiempo, alude a un poema de Paul Celan de ahí que el poemario de Valente sea introducido por una cita de este poeta, la cual, funcionando a modo de lema, principia la duda y bosqueja el silencio: «In der Mandel -was stecht in der Mandel? / Das Nicht», que viene a significar: «En la almendra - ¿qué hay en la almendra? / La Nada». Esta nada primigenia y almendrada también es la representación simbólica de la vulva femenina, la cual ha sido codificada y traducida a signos, desde arcaicas tradiciones paganas, por tratarse de una fuente de misterio. Por consiguiente, según palabras de María José Borja, estudiosa de la obra valentiana, en Mandorla « […] el sexo femenino se percibe como recinto sagrado en cuyos labios laten los misterios de la creación poética». En suma, el bosque, la almendra, la vulva, el centro… es un espacio mistérico creador de vida y, al mismo tiempo, de muerte. Leamos, así, el poema “Graal”,

Respiración oscura de la vulva.

En su latir latía el pez del légamo
y yo latía en ti.
                               Me respiraste
en tu vacío lleno
y yo latía en ti y en mí latían
la vulva, el verbo, el vértigo y el centro.

Como apreciamos, otro de los aspectos axiales del libro es la pulsión amorosa. Valente ejecuta una suerte de reformulación del amor místico, que encuentra su epítome en el famoso poema “La noche oscura del alma”, de San Juan de la Cruz, donde una luz guía al amado en medio de la oscuridad de la noche, iluminando su camino:

En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.

           
Sin embargo, el poeta gallego reformula, yendo un paso más allá, el eros místico sanjuaniano, fundamentado en la transustanciación del verbo en carne, hasta elevar los preceptos teológicos a la categoría de eros físico, cuyo sustento estriba en lo plenamente somático y pagano. La luz erótica ya no es un elemento exterior, que se le aparece al poeta para guiarlo como en el poema de San Juan de la Cruz, sino una propiedad intrínseca a lo Otro amante. Así, en “Material memoria III” leemos:

[…]
Tú decías será de noche, amor.
Y ya caía
la luz,
mas era igual, como era igual
igual a igual
y nunca a siempre, jamás a todavía
en la sola estación solar de tu mirada.

 Dicha inversión de valores traza un mapa de ruta en sentido inverso, según el cual la palabra poética, el verbo lírico, es asido, esto es, aprehendido desde la carnalidad, y no al revés. Con todo, cabe recordar que, en otro lugar, María José Borja sostiene que «si dentro de la mandorla-cristiana está la palabra hecha carne (el pantocrátor), dentro la mandorla-femenina se inscribe - inversamente- la carne hecha palabra». En este sentido, el poema “Latitud” asume lo somático en tanto que unidad, centro y origen del impulso poético:

No quiero más que estar sobre tu cuerpo
como lagarto al sol los días de tristeza.


De lo anterior se dirime que el eros, en Mandorla, sea una forma de conocimiento de lo Otro a la que sólo se puede acceder mediante una reflexión desde y sobre lo poético. Sirva de ejemplo el poema “La forma”, donde leemos: «Extensión de tu cuerpo en los espejos / hacia mis manos cóncavas de ti» o “Desnudo”, el cual refleja palmariamente toda esta cuestión, insistiendo en la centralidad de lo somático; origen de toda luz y todo verbo:

El desnudo hostigado por tantos juramentos se deslizó en la noche. Pero la noche dijo todos sus secretos. Cayeron los andamios, se abatieron las torres. Siniestras las solapas llamaron a tu puerta. No tengo identidad dijiste. Y el desnudo volvió solar al día.

En esta misma línea, idéntico cariz tiene el poema “Iluminación”, pues plantea una revelación mística que, una vez más, ancla el eros en lo somático, es decir, en la comunión con el cuerpo del «tú amado»:

Que tus manos me hagan para siempre,
que las mías te hagan para siempre
y pueda el tenue
soplo de un dios hacer volar
al pájaro de arcilla para siempre.

 Antes de acabar, sin ánimo de extendernos mucho más, podemos aseverar que en tanto que libro unitario y orgánico, Mandorla (1982) es hijo predilecto del silencio, en la medida en que anhela descifrar el lenguaje fundacional, esto es, el canto de los pájaros. Respiración primera y última, prolongado y pausado alumbrarse a sí mismo, primitivo hozar en el centro del vivir, que, en ocasiones, trasciende el boscoso umbral del silencio y de la mística, para arañar el misterio y revelar la aletheia, esto es, la verdad en sí misma. En síntesis, Mandorla es luz y oscuridad, origen y fin. Reconciliación de los opuestos, donde eros encarna y se verbaliza la nada.



BREVE BIBLIOGRAFÍA

-BORJA RODRÍGUEZ, María José (2002). “El latido erótico de la palabra en Mandorla”. 
En Espéculo: Revista de estudios literarios, (21), (s. p.).
-VALENTE, José Ángel (2014). Poesía Completa. Galaxia Gutenberg
-SÁNCHEZ SANTIAGO, Tomás. (2014). “Introducción”. En José Ángel Valente. 
Antología poética, pp. 15 - 42. Alianza Editorial: Madrid 


Juan Antonio Fernández





Juan Antonio Fernández (Lorca, 1994) es Graduado en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia, con Máster en Estudios Literarios y Teatrales. Díscolo lector, escritor si procede y conviene, ha colaborado con artículos literarios, columnas y crónicas de conciertos en revistas culturales como Drugstore magazine Le miau noir. Aunque se mantiene inédito, porque la poesía pide légamo y tiempo, está ultimando su primer poemario La luz, tal vez. Actualmente, reside en Granada, donde finaliza su trayectoria académica. Allí se le puede encontrar, peinando calles y tabernas. 


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