martes, 16 de mayo de 2017

HOY FIRMA: ANTONIO PRAENA. "ALTO JORNAL"



ALTO JORNAL


No, el famoso título de Claudio Rodríguez no es más que un reclamo en este artículo. Porque, aunque nada hay más digno que el sudor por el que el pan llega a la mesa cada día, parece que entre el sudor y el pan media una cosa que se llama dinero.

Así pues, ¿tiene derecho el poeta a cobrar por sus versos? ¿Debe hacerlo?

La altura del jornal poco tiene que ver con las cifras del salario. Pero vivimos de la tierra porque de la tierra procedemos y tierra somos.

La tradición judeo-cristiana vio en el trabajo y su sudor una consecuencia del pecado del hombre y de su caída; pero la revelación -o la astucia sapiencial de raíz judía: digámoslo así para no ponernos elevados- acabó por redimir el trabajo y el salario de su maldición cuando, por boca de Saulo de Tarso, viene a sentenciar que bien merece el obrero su sustento. Y no, no se estaba refiriendo San Pablo a los trabajadores manuales o intelectuales, sino a los predicadores del Evangelio, una versión cristiana de los obreros del poema, pues, al fin y al cabo, se trata en ambos casos del asiduo convivir y vérselas con el lógos, la palabra, y todos sus caladeros.

Hasta aquí lo que a derecho se refiere, remontándonos a una tradición, la judeocristiana, con el sólo propósito de dar un enfoque maximalista que alcance incluso al escrúpulo que tantas veces media entre las cosas más altas y el vil metal. Qué le vamos a hacer: este que escribe se dedica a las cosas de la teología y, de una forma o de otra, se le tenía que acabar viendo el plumero.

Pero avancemos. Ocurre, por otro lado, que, incluso en esta justa retribución por los trabajos en las lides del verbo, queda preservada la libertad del sujeto a ejercer o no su legítima reivindicación material. Hablando claro, un poeta tiene derecho, necesidad y deber de ser remunerado por su lectura y tiene también libertad para no ejercer ese derecho. Puede y debe recibir un salario por su jornal, sin que el hecho de renunciar a él menoscabe -bajo un prisma legítimo o un prisma ético- la dignidad de la justa retribución. Pero, además, sin que ello prejuzgue el derecho y las circunstancias de cada autor a establecer lo que estime justo a cambio de su trabajo.

Y aquí entra otro elemento importante en esta reflexión que no pretende exhaustividad ni infalibilidad algunas. Se trata de “lo que es justo”. ¿Cómo calibrar qué es justo percibir por una lectura? No hay cánones económicos en lo que a arte se refiere, por más que, para ciertas disciplinas artísticas, como la pintura o la música, el mercado sí maneje unos ciertos criterios y unas ciertas fórmulas para calcular al precio de una obra plástica o una ejecución musical.

La poesía es otra cosa; pues, aparte de ser minoritaria, quizá en torno a ella podemos experimentar de una forma intensamente al límite el don de la generosidad. Sin leyes del mercado por medio, ¿qué está dispuesto a ofrecer quien tiene la voluntad y el gusto de escuchar los poemas de los labios, la voz y la entonación viva de su autor, como una forma de contribuir a su esfuerzo creativo?

Hace unas semanas realizamos un comentario en las redes sociales que, inesperadamente, suscitó interés y concitó la opinión de poetas, lectores y gestores culturales de manera muy enriquecedora. A la vez que los participantes incidían en el derecho y la necesidad de sustentar crematísticamente el trabajo del poeta, se señalaba también la diferencia entre precio y valor, precisamente al recordar cómo algunos autores muy de moda, pero cuya aportación editorial no pasa de dos libros de gran fortuna mediática y escasa valoración crítica, presentaban, por el simple hecho de suscitar interés y atraer a bastante público, cachés similares a autores consagrados y relevantes desde el punto de vista crítico e incluso histórico.

Uno de estos autores -según me confesaba una gestora cultural que había intentado contar con su presencia- solicitaba 1.000 euros por una lectura. Esta misma amiga, coordinadora de innumerables y variadas lecturas poéticas, me mostró su indignación recordando que esa cantidad de dinero era precisamente la misma que su colectivo había pagado a un autor de larga trayectoria y referencia cuyo palmarés cuenta, entre otros, con el mismísimo Premio Cervantes. “- ¡Una locura para nosotros, que hasta ponemos dinero de nuestro bolsillo para mantener viva la llama de la poesía en esta ciudad de provincias!”




Nada, de entrada, que objetar en cuanto a derecho. Pero, puestos a no dejarnos llevar por un mercantilismo que mire la actualidad y olvide la calidad, le parecía a ella que lo más sensato era no entrar al juego de los reclamos de la moda, en este caso poética, dejándose seducir por la ley de la demanda Más acertado le parecía retribuir la calidad, incluso en la conciencia de que hay cosas tan valiosas que hasta resulta ridículo estipular un precio para ellas. No olvidemos la diferencia entre valor y precio.

En nuestro debate en redes, un autor nos confesaba que, defendiendo la necesidad de contribuir económicamente al sustento de la actividad creativa de todo poeta verdaderamente entregado a esta vocación, en su caso no tenía ningún inconveniente en acudir a la llamada de algún público o algún colectivo que, sin recursos económicos para ello, se esfuerza por realizar actividades, recitales, festivales o talleres de forma absolutamente desinteresada. “Cuando veo un grupo de personas que pone todas sus ganas en mantener viva la poesía, aunque ni siquiera puedan pagar el desplazamiento, me pillo un tren o un Blablacar y allí me presento. Porque su interés y su altruismo lo merecen”.

“-Si hablamos estrictamente de la poesía real, considero totalmente legítimo que un poeta cobre por leer. Está ofreciendo algo valioso. Que sea inmaterial no reduce su valor. Por mi parte, si no me cuesta trabajo y desplazamiento, yo leo gratis donde sea, pero, por principios, si tengo que tomarme algunas molestias es cobrando. Mi tiempo también vale”- nos confesaba otro vate, representando una postura bastante compartida.

En este sentido, el mismo José Martínez Vayas, quien fuera durante bastante tiempo director del CAL (Centro Andaluz de la Letras) anotaba: “siempre defendí que el trabajo de un autor literario, incluidos los eventos como las lecturas públicas, debían ser remuneradas. Otra cosa son los actos que promocionan la presentación de un libro y buscan una mayor venta del mismo. En mi etapa como responsable del CAL así lo establecí.”

A veces las mejores intenciones desencadenan consecuencias poco beneficiosas. Así, alguien nos advertía de los riesgos de la cultura del gratis total: “hay que exigir una remuneración, aunque sea simbólica, cada vez que se publica o se leen poemas. De lo contrario, solamente se contribuye a que la cultura se desvalorice cada vez más ante la sociedad en general.”

No ha faltado en nuestra consulta quien ha señalado -en tono jocoso- que a veces está dispuesto a pagar para que algunos no les lean sus poemas.

Ironías aparte, no cabe duda de que en este debate no entramos a valorar la postura de quien reivindica sus pretensiones de manera inconsciente y ajena a la calidad de su obra. Las palabras de Machado –“Al cabo, nada os debo, me debéis cuanto escribo”- no pueden aplicarse a la ligera.
No ama menos el arte quien vive de él. Como tampoco es más insolidario con sus camaradas quien se permite el lujo de la gratuidad.

Precisamente porque no todo es dinero ni es el dinero lo más importante, a veces hay que actuar de modo desinteresado a fin de que las cosas inmateriales de esta vida, las que engendran luz, sentido o belleza no sucumban a la mentalidad de la compraventa y el materialismo imperante. No cobrar, de forma libre, como una opción asumida y consentida conscientemente, puede ser una forma de llamar paradójicamente la atención sobre el derecho del artista a vivir de su trabajo, así como de denunciar los abusos de un mundo que a todo le aplica un caché tantas veces injusto respecto a lo que es o no valioso. ¿No es acaso ese uno de los problemas del arte contemporáneo, convertido tantas veces en reclamo vacío o en una forma más de especulación capitalista para instituciones, bancos, empresas y magnates de este mundo? El debate está abierto en otras disciplinas artísticas.

Este mismo hecho debería de ser una llamada de atención hacia aquellos organismos que, porque gestionan los fondos públicos, el dinero de todos los ciudadanos, deberían velar para no caer en el juego de la especulación mediática y sí, sin embargo, contribuir a visibilizar y sostener iniciativas que son frágiles, incipientes, pero advienen preñadas de potencial verdaderamente creativo. Aportan a la sociedad algo que la ceguera del dinero por el dinero muchas veces nos impide reconocer y agradecer.

En el fondo, parece que se trata de un desafío tensional: extender el derecho de remuneración a ese ámbito frágil y minoritario de la poesía, por un lado, y, en el otro polo, resistir a las truculencias de ese señor de este mundo que es el enriquecimiento asociado a la fama.

“Mirad los lirios del campo -dijo una vez un hombre- no hilan y ni Salomón, en todo su esplendor, vistió como ellos. Mirad los pájaros del cielo: vuestro Padre celestial los alimenta.”

Y, aunque lo cierto es que no somos los poetas precisamente humildes gorriones cuyo canto por el canto se regala sin porqué aparente; aunque no todos los poemas son lirios de compleja sencillez -rabia morada o blanca lucidez sobre la tierra-, en la vida y en el canto es bueno corresponder a la gratuidad de la vida y del canto con una proporcional generosidad. No vaya a ser que deje de manar la fuente. O, dicho de otro modo, no vaya a ser que una palabra que nace libre acabe esclavizada o sancionando humanas injusticias.

Entre la sincera pretensión de ganarnos el pan con el sudor de nuestro lápiz y la pretenciosidad misma de especular con la palabra, siempre mediará un espacio indeterminado que sólo en la relación con los lectores y oyentes merece calibrarse.

Alto jornal que nada sustituye es hacer las cosas que uno debe. Deber que, en este caso, coincide con placer; destino colectivo que viene a concomitar con el destino personal del poeta. Porque si el cantor lo es de la tribu, lo que a la tribu devuelve no es más que ganancia de todos, destino universal de los bienes que integra en esa universalidad el papel irrepetible de quien restituye -profundizadas, radicalizadas o embellecidas- palabras que no son suyas, palabras que de los otros ha recibido. Todo es gracia, todo ganancia, cuando aprendemos a vivir en la generosidad recíproca.


Para ser más hondamente del mundo, a veces hay que saber escapar del mundo.



Antonio Praena


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