martes, 30 de mayo de 2017

HOY FIRMA: ANTONIO CRUZ ROMERO. "JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ: EL ÚLTIMO EXÉGETA DE LA ILÍADA"


JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ: 
EL ÚLTIMO EXÉGETA DE LA ILÍADA


A José María Álvarez (Cartagena, 1942) resulta casi imposible compararlo con otros poetas, ni con los vivos, ni con aquellos que ya alimentan las malvas de los camposantos, titánica tarea la de disociar al Poeta y su Poesía, un todo granítico, denso, inseparable e incorrupto.

De un dilatadísimo recorrido como constructor de versos y traductor (siempre digo, parafraseando a Blondie «el bueno», que el mundo se divide en dos: los que escriben Constantino Cavafis, y los que lo hacen como Konstantino Kavafis; y yo soy de los últimos, por Álvarez), viajero, maudit y residente en múltiples ciudades, sus trabajos aguijonean con saña al lector, que acaba por hipnotizarlo y seducirlo.

En el poeta de Cartagena (y también de Venecia, Roma, París, Estambul...), los poetas de otrora enarbolan su voz, como brotando de las entrañas de un experimentado ventrílocuo: Eliot, Pound (un poco más de éste que del anterior), Kavafis, Homero, Stevenson, Baudelaire... mas revestido de  tesituras diferentes, inimitable, rasgando la hoja sobre la que se asienta el poema, ardiendo y crepitando, pero a la vez con una poética singular y sin el más leve atisbo de comparación. Otros trovadores y otros mundos conviven en él: el cine, el humo del tabaco, Mozart, Lester Young, o el jazz que se paladea a altas horas de la madrugada, cuando el whisky queda aguado en un vaso ya sin fondo y en absoluta soledad.

Inusual en la poesía en lengua española, Álvarez es fiel heredero del modernismo anglosajón, adalid de la vanguardia patria y rupturista con la tradicional estética de la forma (con él perdí mi complejo a creer que yo mismo incluía demasiadas citas en la introducción de mis poemas; fue un alivio) y el lenguaje.

La difícil disociación entre Poesía y Poeta encarna el más elevado ejemplo en Museo de cera, poemario multigeneracional, tan bíblico como homérico (así lo definiría —seguro— Michaeleen Oge Flynn), gigantesco y salvaje, crepuscular (en el concepto de Sam Peckinpah), camaleónico, monstruoso, épico e inmortal, que crece y crece hasta dar la sensación de que sus versos y páginas terminarán por engullir al lector: híbrido entre el Ulises de Joyce y el Moby Dick de Melville.

Museo de cera es el poemario que se debe llevar en la maleta cuando uno zarpa lejos, como guía de viaje en donde hallar las soluciones a los problemas que nuestra odisea particular nos pondrá en el camino, sobre todo si se cruza el mar, o llegamos a nuestro destino final. Los ojos de José María Álvarez reflejan el mar azul puro y endurecido de las olas que surcó Ulises; su pluma interpreta con precisión los regueros de sangre y muerte de la Grecia antigua, pero también el mundo moderno y decadente, y como no, el placentero. Si Álvarez no existiera habría que inventarlo, o al menos los ojos del que observa y escribe, de la pluma del último exégeta de La Ilíada.


Antonio Cruz Romero



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