miércoles, 31 de mayo de 2017

HOY FIRMA: ALFREDO RODRÍGUEZ. "VIENTO EN LAS VELAS"

VIENTO EN LAS VELAS


Nuestro opio. Hay muchas páginas de las que el poeta José María Álvarez escribió que para los que amamos su obra son nuestro auténtico opio. El gozo de tantas horas de lectura está en el origen de nuestra pasión. Porque hay que leer a Álvarez, no dejar que ninguna cuestión extraliteraria empañe la grandeza de esa obra. Él es un animal literario en estado puro. Alguien, además, que ama la vida con locura. Abras la página que abras de su obra es la vida trepidante la que asoma, su pulsión vital e intelectual, su bonheur de vivre. Álvarez pisa siempre terrenos difíciles, arriesga, sobre todo arriesga, como no arriesga casi nadie en este país. Y es la suya una obra que transmite un intenso espíritu de libertad personal, de andadura independiente. 

Ha sido siempre un hombre libre e inaprensible, y esto no se lo han perdonado. Así, la leyenda que parece llevar a su espalda —esa impopularidad para la que los ambientes gregarios son un excelente caldo de cultivo— es el precio que ha pagado por ir en dirección contraria y por vivir como le ha dado la gana, yendo un poco al margen de todo, de su tiempo, en otra parte; más preocupado en su privada búsqueda de lograr una secreta excelencia personal. Una vida que ha pretendido ser una obra de arte. Porque José María Álvarez posee esa elegancia antigua en la que subyace una nostalgia de mundos especialmente refinados, muertos o condenados a la desaparición bajo los efectos de la barbarie de la época. Aparece en sus páginas como alguien convencido de que la literatura ennoblece la vida. Ha sabido mantener una estrecha relación entre vida y obra —pocos casos como el suyo en el que escritura y vida se confunden de una manera tan clara—, una voluntad de bien vivir con arreglo a unos principios irrenunciables. Sus palabras, sus poemas, consiguen transmitirte una pasión por la literatura pareja a esa pasión por la vida, cuando es difícil diferenciar una de otra. Es el mejor ejemplo, el más literario, el de mayor intensidad estética que conozco de resistencia a la mediocridad. Alguien que tiene por instinto, clavado, el sentido de la estética; tan amante de la Belleza que lo deja todo para sentarse a contemplar un hermoso crepúsculo. Una sensibilidad exquisita, una vida diferente de la vulgar.

    Mis primeras lecturas alvarezianas se remontan a principios de los noventa cuando acudía con regularidad a la vieja Biblioteca de la plaza San Francisco de Pamplona a sacar una y otra vez su Museo de cera en aquella hermosísima edición de la Editora Regional de Murcia, la segunda, la de 1990, la negra, la edición corregida y aumentada, la de la portada preciosa con una ilustración de Las Mil y una noches, esa era la que sacaba…, hasta que ya no me la dejaron sacar más. No se podía sacar un mismo libro tantas veces. Y entonces no existía internet para pedirlo a ningún sitio, claro. Años después tropecé en la librería Universitaria de la Baja Navarra —que hoy ya ni existe— con la edición de Visor de 1993, que fue la primera que compré emocionado y feliz, observando que el libro había crecido inusitadamente con más poemas. Páginas y páginas que me atraparon para siempre, y en las que brilla el espíritu de independencia, la celebración de la vida, el espíritu libre, la voluntad de ser sincero con uno mismo, la libertad total. Hay poetas con los que literalmente me he educado. Esos poetas (no son muchos, apenas tres o cuatro) me acompañan siempre de un modo u otro. Uno de los que me parece ahora haber aprendido más —y más hondamente— es, sin duda, José María Álvarez. Alguien por quien he sentido siempre una simpatía en el plano personal que no ha hecho más que crecer con los años. Pero no fue hasta 2003 en que empecé a escribirle cartas y ya en Febrero de 2004 cuando pude por fin conocerle personalmente, viajando desde el Norte hasta Villa Gracia, su casa del Sur, sus cuarteles de invierno —como él dice. A mí me enorgullece su amistad. Las palabras de su trato y sus páginas literarias forman parte de mi vida, me constituyen, han contribuido a ser como soy, a ser lo que soy. Porque luego estaba su fuego, su arte de conversar: Álvarez me dio el placer de la conversación literaria, y también me estimuló a ampliar mis lecturas. Cuando un poeta te deslumbra así, de joven, es difícil olvidarlo. Empezó así una amistad hecha de encuentros esporádicos pero muy intensos, que solían prolongarse varios días. Hoy su estilo intelectual y su elegante calidez no parecen ya signos de este tiempo, y se le ve joven aún a los setenta y cinco años, en que atraviesa un excelente momento creador.

    En Álvarez la poesía es como una emanación de su vida, de su modo de ser y de su concepción del mundo. Poeta por excelencia, que ha convertido a la poesía en su condición de vida. La vida y el testimonio más excelso de ésta: el Arte. Su fidelidad a un concepto misterioso y profundo del Arte, como una realidad superior. Y la creación literaria como algo consustancial a esa experiencia de ser y de estar en el mundo. Su poesía es imposible intentar delimitarla o recortarla aquí o allá. Sólo la lectura del conjunto de su obra nos entregará una visión clara y, al mismo tiempo, nos incitará y nos obligará a la relectura. Independencia creadora y huida del gregarismo interesado. Y un concepto liberal del arte. Esas son sus armas. Los lectores de Álvarez sabemos muy bien que, al sumergirnos en sus libros, nos introducimos en una aventura lectora fascinante y en un festín de saberes. Además se trata de uno de los poetas españoles cuya obra mejor resiste la dura prueba del paso del tiempo.
    Hombre de cultura enciclopédica, Álvarez no parece saciar nunca su sed inagotable de Cultura. Es, sin duda, el ejemplo de un poeta que no hizo otra cosa que avanzar con su sed cultural. Como poeta, como escritor todoterreno, siempre me ha parecido alguien libre, culto, valiente, furioso y, a la vez, elegante, alguien que ha realizado con todas sus fuerzas una vocación que se ha transformado en un destino. Un poeta a quien siempre he admirado, además de por muchas páginas, por haber entregado plenamente, sin reservas, su vida a la Literatura. Pero algunos han tenido hasta la petulancia de cuestionarlo o de rechazarlo, o peor aún, de silenciarlo durante años. De hecho aún asistimos hoy a una sutil censura en ese sentido cuyo origen se halla en el plano de la “incorrección política”. Porque en este poeta se da, eso sí, el exilio como esencial condición de su palabra poética. José María Álvarez tiene, a mi juicio, el valor de declarar lo que nadie desea admitir públicamente a causa del decoro o, como se dice ahora, la corrección política.

    Álvarez de un modo u otro siempre vuelve a mi vida. Siempre vuelve a mi memoria. Nunca se acaba. Todas las veces que lo he escuchado hablar he percibido el temblor del verdadero temperamento artístico. Él ha llegado a alcanzar en sí mismo la íntima unión del arte con la vida. Un hombre que ha seguido manteniendo a través de los años su independencia intelectual —esa difícil independencia en un país de extremos. Seguirá siendo de esta manera para mí el poeta secreto que siempre fue, y que tal vez conviene que siga siendo, vista la deriva mercantilista, la degradación y la manipulación publicitaria que hoy por hoy sufre la poesía. Su inteligencia, su sabia y noble joie de vivre, no padece la pasión del dinero, ni la pasión de la fama. Porque escribir es para él un placer, y basta. Lo suyo es el arte de vivir, cuando vida y escritura acaban por confundirse y ser una misma cosa. La diferencia, la voluntad de recorrer caminos propios, la defensa y cultivo de la individualidad. Eso es todo. Viento en las velas.


Alfredo Rodríguez

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