martes, 7 de marzo de 2017

HOY FIRMA: CRISTINA R. MARTÍNEZ TORRES. Luis García Montero: “La Tertulia es el pliegue de mis sentimientos, de mi identidad como granadino”


El poeta rememora sus tiempos en La Tertulia, viva también en el testimonio de su creador, Tato Rébora

La voz de los grandes poetas andaluces regresó a la vida el pasado 28 de febrero en boca de Luis García Montero, nuevo Hijo Predilecto de Andalucía, y a quien le envuelve el círculo sin finitud de la literatura del sur. Un granadino que en su juventud, junto a otros tantos pupilos, heredó los magisterios de Gil de Biedma y Rafael Alberti para evocar una poesía renovada en la experiencia y recorrer, a paso ligero, el camino de una producción que no se agota.

Poco resta añadir, que no haya sido dicho ya, en torno a la figura de Luis García Montero, bandera de una poesía histórico-biográfica, donde las composiciones abrazan la colectividad de lo vivido. Pero hubo un tiempo, imposible de eludir, en el que fue el benjamín de un círculo intelectual que abrazó la cultura cuando ello equivalía a conspirar contra el Estado. Los años 80 y la Transición española, vieron crecer su poesía tras los cristales de un búnker granadino que todavía hoy regenta Horacio ‘Tato’ Rébora, La Tertulia.


Fachada La Tertulia.


Su despacho en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada, donde estudió y en la que es él quien ejerce ahora magisterio, se presta a las apaciguadas palabras del poeta. En la calma de quien aguarda en sí el saber, abre las puertas de sus recuerdos de juventud y reabre el armario de los comienzos. “Yo trabajaba en la librería Teoría de la calle Melchor Almagro y, de pronto, en la calle de al lado, abre un local un argentino que venía del exilio, sin saber que se convertiría en el bar de siempre, el de los amigos, donde desembocaba toda la Granada cultural”. Amarrado a su vorágine de aires nuevos, García Montero se sumergiría en ella como pez en pecera, observando desde aquel prisma la riada de gente que se prestaba a compartir su tiempo. 

Tato Rébora en La Tertulia.
Allí, donde tomarse una copa era el sinónimo de una conversación profunda y renovadora, donde escribir cobraba significado propio. “Allí conocí a mi amigo Joaquín Sabina, recuerdo noches con Rafael Alberti, con el actor Paco Rabal y con tantos otros. Conocí a Javier Egea un día que iba a presentar en el bar sus poemas. Tato me pidió que le hiciese yo la presentación”. Fruto del encuentro fortuito, como por la fortuna son las noches que no se prestan al olvido, nació la intimísima amistad entre ambos, de la que no pudieron deshacerse hasta que Egea se marchó. “La Tertulia es el pliegue de mis sentimientos, de mi identidad como granadino”.

Es preciso trasladarse al lugar donde dio comienzo aquella fiesta del verso. Tato Rébora se sienta a la mesa. El cristalino de sus ojos argentinos proyecta aún la línea imaginaria que une al Río Darro con el Río de La Plata. Llegó exiliado de la dictadura de Videla y encontró en la capital nazarí una amalgama cultural rica en matices y deseosa de voz propia. Así, abrió las puertas de La Tertulia el 19 de abril de 1980 y, desde entonces, se han sentado en torno a su barra las figuras intelectuales más importantes del panorama nacional.

Como si el tiempo no pudiera rozarlo, revisa una a una las fotografías de una época en la que, asegura, “aprendí a vivir y di un sentido al presente”. Reposa su cerveza sobre la mesa con sumo cuidado, como quien avecina algo intenso, y comienza su historia, la de La Tertulia y la de quienes depositaron en ella su lugar de recreo compartido. El sentimiento artístico aunó bajo el mismo techo a personas que buscaban huir de la sensación de soledad. Una sensación, a veces aguda, que les llevaba a  reunirse en aquel local de la calle Pintor López Mezquita para llenar ese vacío, “no sabiendo con quién, pero con alguien”.


Almudena Grandes, Benjamín Prado
y Vargas Llosa con amigos en La Tertulia
Sus paredes están vivas en el recuerdo por los que están y por los que ya se han ido, y son tantos los que en ellas han firmado que en estas líneas sólo caben unos pocos: Juan Carlos Rodríguez, maestro de los poetas Javier Egea, Álvaro Salvador y del propio Luis García Montero; Jaime Gil de Biedma y Ángel González, junto a casi todos los miembros de la Generación del 50; Enrique Morente, Miguel Ríos y Javier Krahe; Mario Benedetti, José Agustín Goytisolo, José Manuel Caballero Bonald, José Luis Sampedro, cuya cuñada trabajó de camarera tras la barra; Andrés Neuman, Vargas Llosa, Almudena Grandes, Silvio Rodríguez, Paco Ibáñez, Alfredo Lombardo, Benjamín Prado, y una interminable lista de pasos que se aventuraron en alguna ocasión a subir a su escenario.

Con ellos construyó Tato Rébora su Tertulia y les mira a través del polvo del pasado queriendo recuperar aquellas noches de leyenda. Cultivaron la primera época del postfranquismo, y “todo lo que pasaba en la ciudad, pasaba primero por la Tertulia”, afirma orgulloso. Una etapa verdaderamente fecunda gracias a la interrelación de ese mare magnum cultural que integraba todas sus vertientes y que se vio fracturada con la llegada de la postmodernidad. El libro, entre otros, dejó de ser un instrumento vital y se anegó en la trampa de un consumo formal. “Pasé de no saber qué hacer para que la gente se fuese, a no saber qué hacer para que venga”. La ebullición de los años ochenta se evaporó, “la palabra entró en crisis y La Tertulia, que como decía Juan Carlos Rodríguez era ‘el templo de la palabra’, también”.

García Montero y Horario Rébora en La Tertulia

La nostalgia se apodera de su historia, y al paso de una segunda cerveza, recuerda a aquel García Montero, aún de corto sendero literario, cuando todos parecían mucho más mayores que él. Aquel joven sobresaliente no tardó en brillar e invertir los papeles. “Cuando escribimos juntos el prólogo del libro Granada Tango, para mí ya era un honor escribirlo con él, aunque creo que en esa época todavía era él quien sentía el honor de hacerlo conmigo”. El dueño del puente de Brooklyn, pronto obtuvo el Premio Adonáis de 1982 por El jardín extranjero, mientras fraguaba en La Tertulia una nueva manera de vivir la poesía.


Una sentimentalidad otra


Interior La Tertulia
Ser el lugar de encuentro de quienes aprendían y enseñaban la palabra, pronto convirtió a La Tertulia en el hospicio de movimientos literarios que buscaban dar luz propia a la efervescencia poética de una nueva manera de mirar y contar lo que se ve. Juan Carlos Rodríguez avistó en sus alumnos la fuerza estética necesaria para lo que llamó “una sentimentalidad otra” y teorizó las nuevas líneas infranqueables que Javier Egea, Álvaro Salvador y, por supuesto, Luis García Montero acotaron en su manifiesto. Surge, además, entre la politización de la vida cotidiana de la que ellos también participaban, y del peligro de banalización del género poético que ello conllevaba. “Todos estábamos muy comprometidos pero no nos gustaba escribir panfletos”, precisa Montero. Pero hacer una poesía intimista y subjetiva, significaba ganarse el apellido de pequeño burgués, además de algunos enemigos.

En la encrucijada que relata el poeta, Juan Carlos Rodríguez fue la luz que alumbró las teorías de Althusser sobre la radical historicidad de la literatura. “El ser humano es un ser histórico, y tan ideológico es el amor como el derecho político”.  Recuperaron el espíritu de Antonio Machado, convencidos como lo estaba él de que los grandes cambios en la lírica se conseguían cambiando la sentimentalidad, la educación sentimental de la gente. “El compromiso no era sólo apoyar una opción política, sino intentar transformar lo que decimos al enunciar ‘yo soy hombre’ o ‘yo soy mujer’ y ‘yo te quiero’”. Además de los tres mencionados firmantes del manifiesto, autoras como Inmaculada Mengíbar, Aurora Luque y Ángeles Mora se vieron embaucadas por el aroma de lo que después se llamó La poesía de la experiencia.

Tato Rébora fue el espectador de primera fila en la construcción de esa nueva sentimentalidad. Ella dio personalidad propia a La Tertulia, lo que no le impide recuperar y defender a otros tantos poetas y corrientes literarias que también fraguaron allí versos de gran prestigio. El recuerdo de quien les vio hacerse grandes recorre su camino hasta nuestro presente. La reciente pérdida de Juan Carlos Rodríguez fue para el argentino el símbolo del fin de una época. “Sabíamos de su cáncer, pero también sabíamos de la posibilidad de recuperación. Aguantó el primer asalto y de pronto le vino un segundo ataque, fulminante”.

Afortunadamente, quedan en sus manos más anécdotas felices que amargas. Sonríe al recordar aquellas noches eternas en las cuevas del Sacromonte de la mano de su amigo Enrique Morente, cuando la libertad para adentrarse en la Alhambra de madrugada y recitar en sus patios era un hecho legal. O aquel día de los Inocentes de 1984, cuando se propagó la falsa noticia de que estarían García Márquez y Maradona en el local y la gente se agolpaba con libros y fotos en la mano, a la espera de quienes no iban a llegar.

Tato Rébora y Juan Carlos Rodríguez en La Tertulia


Resistir y subsistir

Las anécdotas escapan de la boca de Tato Rébora como un cuento que no parecía tener final, porque casi no se recordaba su principio. La Tertulia, sin embargo, ya no es el espejo de aquel tiempo, porque el tiempo ya no es. “He entendido que este ya no es el lugar de encuentro que era antes. He comprendido que contra la realidad no se puede hacer nada”.


Se resigna, sin remedio, pero abre cada noche el local con una nueva programación que lo mantenga abierto, que no apague el calor de sus velas. “La Tertulia se mantiene y es un milagro, porque de la Granada que yo viví queda poco. Saber que aún está ahí es un motivo de alegría”, asume un Luis García Montero esperanzado. El poeta ya no reside en su ciudad natal, pero asegura no perder segundo para volver a la que es su casa, y promete encontrar un hueco, entre clases y trenes, para abrazar a los amigos de siempre. Que como dice Rébora, “mientras La Tertulia siga abierta, algo de lo que fue, necesariamente es”.


García Montero en La Tertulia.


Cristina R. Martínez Torres


[1] Riquelme Pomares, Jesucristo, Antología comentada: Teatro. Epistolario. Prosa, Ediciones La Torres, Madrid, 2002, pág 260.

FUENTES: De Luis, Leopoldo y Urrutia, Jorge, Introducción a su edición de Miguel Hernández, El hombre acecha. Cancionero y romancero de ausencias, Cátedra, Madrid, 1993, pág. 9-110. Cano Ballesta, Juan, La imagen de Miguel Hernández (Iluminando nuevas facetas), Ediciones La Torre, Madrid, 2008.


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