martes, 31 de enero de 2017

ESPECIAL HOY FIRMA: CLAUDIO RODRÍGUEZ, EN EL RECUERDO


“Si hay un poeta tocado por el genio en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX ese es Claudio Rodríguez”. 


Son palabras que Javier Rodríguez Marcos dejó escritas en el ejemplar de El País del 14 de agosto de 2010. Palabras indiscutibles sobre el que ha sido uno de los grandes poetas españoles del último siglo. Rodríguez, maestro enmarcado en la Generación de los Cincuenta, habría cumplido ayer, 30 de enero, 84 años. Del poeta zaragozano, compañero de otros nombres importantes para la lírica española como Francisco Brines, José Ángel Valente, se ha dicho que escribía con un estilo “singular e indisputable; sin antecedentes claros y sin descendientes casi, la lectura de sus poemas produce la sensación de ir escribiéndose sin esfuerzo delante de los ojos del lector, de que el sonido de las palabras contiene ya su propio sentido, de que, por fin, forma y fondo son una misma cosa”.





A su muerte, en julio del 1999, el escritor había firmado poemarios como El don de la ebriedad, que le valió, en 1953, el cotizado Premio Adonáis, Alianza y condena, galardonado con el Premio de la Crítica en 1965 y Casi una leyenda, que está editado en Tusquets en 1991. Carlos Busoño, que prologa la primera antología sobre la obra del autor, dijo de él un año después de su muerte: “Claudio Rodríguez es el poeta de su generación (la segunda de posguerra, la de los nacidos entre 1924 y 1938) que, sin dejar de ser fiel a estos supuestos decisivos de su tiempo histórico, ha sabido superar la afonía lírica, y ofrecernos una obra donde el canto no rehuye su ser y precisamente por eso tal obra resulta, en efecto, de extrema originalidad, pues tampoco incurre ésta en aquel pasado que no pretendía el ocultamiento de que hablamos. O sea: Claudio Rodríguez canta, pero de otro modo, un modo según el cual el resultado, siendo canto, lleva dentro de sí el nuevo problema planteado, al cual supera sin negarlo. Y eso es lo difícil, lo genial, si se me permite la expresión. Rodríguez hace algo que nos da la impresión de que no se puede hacer. Y eso es lo que llamamos genialidad, a mi juicio”.

Hoy aprovechamos la cercanía de la fecha del nacimiento de Claudio Rodríguez para reflexionar sobre la propia concepción del hecho poético de un ‘indispensable discreto’ de nuestra literatura. Para él, no había caparazón o armadura que defendiese al verso: “Para qué hacer comentarios si la realidad de la poesía está ahí, en el poema, y solamente en el poema. Por eso los comentarios muchas veces sobran, dicen cosas que no tienen nada que ver, incluso, con la propia obra”.

Dueño de una voz lírica rotunda, consideraba que ahí, en ese objetivo lírico, el poema se presentaba como un objeto-creación en su exponente mayor: “Yo me dedico más bien a la poesía de canto, lírica, sin duda. La poesía lírica es la poesía por excelencia, la poesía del sentimiento interior”.



Más reflexiones sobre su obra y su vida, en esta vídeosemblanza realizada por Canal  Norte:






Y para disfrutar de su recuerdo, ¿qué mejor que perdernos en algunos de sus poemas?


Don de la ebriedad

Siempre la claridad viene del cielo; 
es un don: no se halla entre las cosas 
sino muy por encima, y las ocupa 
haciendo de ello vida y labor propias. 
Así amanece el día; así la noche 
cierra el gran aposento de sus sombras. 

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados 
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda 
los contiene en su amor? ¡si ya nos llega 
y es pronto aún, ya llega a la redonda 
a la manera de los vuelos tuyos 
y se cierne, y se aleja y, aún remota, 
nada hay tan claro como sus impulsos! 

Oh, claridad sedienta de una forma, 
de una materia para deslumbrarla 
quemándose a sí misma al cumplir su obra. 
Como yo, como todo lo que espera. 
Si tú la luz te la has llevado toda, 
¿cómo voy a esperar nada del alba? 

Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca 
espera, y mi alma espera, y tú me esperas, 
ebria persecución, claridad sola 
mortal como el abrazo de las hoces, 
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.



Ajeno


Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y curo del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.




Como si nunca hubiera sido mía...

Como si nunca hubiera sido mía, 
dad al aire mi voz y que en el aire 
sea de todos y la sepan todos 
igual que una mañana o una tarde. 
Ni a la rama tan sólo abril acude 
ni el agua espera sólo el estiaje. 
¿Quién podrá decir que es suyo el viento, 
suya la luz, el canto de las aves 
en el que esplende la estación, más cuando 
llega la noche y en los chopos arde 
tan peligrosamente retenida? 
¡Que todo acabe aquí, que todo acabe 
de una vez para siempre! La flor vive 
tan bella porque vive poco tiempo 
y, sin embargo, cómo se da, unánime, 
dejando de ser flor y convirtiéndose 
en ímpetu de entrega.  Invierno, aunque 
no esté detrás la primavera, saca 
fuera de mí lo mío y hazme parte, 
inútil polen que se pierde en tierra 
pero ha sido de todos y de nadie. 
Sobre el abierto páramo, el relente 
es pinar en el pino, aire en el aire, 
relente sólo para mí sequía. 
Sobre la voz que va excavando un cauce 
qué sacrilegio éste del cuerpo, éste 
de no poder ser hostia para darse.


Gestos

Una mirada, un gesto, 
cambiarán nuestra raza. Cuando actúa mi mano, 
tan sin entendimiento y sin gobierno, 
pero con errabunda resonancia, 
y sondea, buscando 
calor y compañía en este espacio 
en donde tantas otras 
han vibrado, ¿qué quiere 
decir? Cuántos y cuántos gestos como 
un sueño mañanero, 
pasaron. Como esa 
casera mueca de las figurillas 
de la baraja: aunque 
dejando herida o beso, sólo azar entrañable. 

Más luminoso aún que la palabra, 
nuestro ademán, como ella 
roído por el tiempo, viejo como la orilla 
del río, ¿qué 
significa? 
¿Por qué desplaza el mismo aire el gesto 
de la entrega o del robo, 
el que cierra una puerta o el que la abre, 
el que da luz o apaga? 
¿Por qué es el mismo el giro del brazo cuando siembra 
que cuando siega, 
el de amor que el de asesinato? 

Nosotros, tan gesteros pero tan poco alegres, 
raza que sólo supo 
tejer banderas, raza de desfiles, 
de fantasías y de dinastías, 
hagamos otras señas. 
No he de leer en cada palma, en cada 
movimiento, como antes. No puedo ahora frenar 
la rotación inmensa del abrazo 
para medir su órbita 
y recorrer su emocionada curva.

No, no son tiempos 
de mirar con nostalgia 
esa estela infinita del paso de los hombres. 
Hay mucho que olvidar 
y más aún que esperar. Tan silencioso 
como el vuelo del búho, un gesto claro, 
de sencillo bautizo, 
dirá, en un aire nuevo, 
su nueva significación, su nuevo 
uso. Yo solo, si es posible, 
pido, cuando me llegue la hora mala, 
la hora de echar de menos tantos gestos queridos, 
tener fuerza, encontrarlos 
como quien halla un fósil 
(acaso una quijada aún con el beso trémulo) 
de una raza extinguida.




-------------------------------------------------------------------------------------------


1. Artículo: "Un milagro llamado Claudio Rodríguez", de Javier Rodríguez: http://elpais.com/diario/2010/08/14/babelia/1281744747_850215.html 
2. Artículo: "Claudio Rodríguez, ser y canto", de Carlos Bousoño: http://www.elcultural.com/revista/letras/Claudio-Rodriguez-ser-y-canto/2340 

3. Entrevista a Claudio Rodríguez, por Javier Ochoa: https://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero12/claudior.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario