martes, 18 de octubre de 2016

HOY FIRMA: JAVIER LORENZO CANDEL. "CIRLOTIANA"


CIRLOTIANA

Comentario a la biografía 
“Cirlot. Ser o no ser de un poeta único”
 de Antonio Rivero Taravillo
  
  
La figura de Juan Eduardo Cirlot ha estado envuelta en un silencio que, en los últimos tiempos, empezaba a ser susurro, casi eco dentro del mundo literario. El poeta, músico, crítico de arte, muy probablemente por una condición política que lo acompañaría insistentemente hasta el final de sus días, fue restado del panorama poético que nace con la generación del 50 en su ciudad, Barcelona, de la mano de figuras tan reconocibles como Gil de Biedma o Carlos Barral.  Bien es verdad que la poética cirlotiana no tiene mucho que ver con la que se proyecta en España en su tiempo, defendidas unas ideas que van desde la poesía cercana al dodecafonismo de Schönberg, o a la estructura de permutaciones silábicas con las que defiende su manera de entender el mundo, o el informalismo.

Es Cirlot un personaje difícil en su conjunto, extraño pasajero de una nave que atraviesa su vida, no sólo desde el punto de vista más literario, sino desde la defensa de sus ideas políticas o la búsqueda incesante del contexto mágico, de las mitologías del mundo, desde su Cartago hasta Irlanda. No era, entonces, la poesía social su espacio de referencia, como no lo era una crítica incesante al régimen franquista o, más allá, al fascismo naciente y sus ecos futuros. Capítulo importante fue su adhesión a la campaña para la puesta en libertad de Rudolf Hess.


En cualquier caso, como eje principal en la biografía que, con acierto, propone Antonio Rivero Taravillo, y que titula “Cirlot, Ser o no ser de un poeta único”, el lector queda dentro de la conocida fotografía del poeta acompañado de sus espadas, a la que recurre incesantemente, porque la idea que defiende el biógrafo es la de trazar la figura de Cirlot aislada del contexto general del mundo que le rodea, planificando el descubrimiento de su figura desde dentro, ajeno, pero no como una isla, aislado, pero no desasistido de las cosas.

Es en este contexto donde encontramos relación epistolar con André Bretón o con Carlos Edmundo de Ory, ambas con largos silencios, ante la que va desentrañando sus asuntos literarios y de vida (si es que estos dos conceptos pueden ir separados en Cirlot). Asuntos que van desde el descubrimiento de la simbología, de la mano del etnólogo Marius Schneider, el cine, el amor, el arte y la música, hasta el pesimismo que sacude la idea que el poeta tiene sobre sí mismo, aislado e ignorado por el mundo literario ya al final de sus días. Es en Bretón, con toda una serie de deferencias que Cirlot marca con el padre del surrealismo, donde viene a desentrañar buena parte de su mundo literario, su argumento creativo, como no podía ser de otro modo.

El trabajador infatigable, la mente enciclopedista con la que cuenta, la fuerza de su inteligencia, su prolífica obra literaria publicada en tiradas muy cortas y pagada en su mayoría por él mismo, son asuntos que quedan remarcados en el libro de Taravillo, descubriendo al poeta que vive como puede, acuciado siempre por sus falta de ingresos que hagan la vida de su familia más fácil, sometido a la disciplina creadora y tremendamente ocupado por su capacidad de análisis de, entre otras cosas, el arte español del siglo XX (recordemos que fue referencia indispensable para la comprensión de los nuevos valores de la pintura española de su tiempo, entre los que empezaban a surgir figuras clave como Tapies, Guinovart y Millares).

Pero las preguntas quedan en el aire. ¿Qué hubiera sido del autor de Bronwyn si la suerte hubiera puesto su influencia en su obra? ¿Qué sería ahora del poeta Cirlot si, como refiere Taravillo, la editorial Visor hubiese publicado en los setentas buena parte de su poesía? ¿Cómo hubiera envejecido su literatura si hubiera sido integrado en la Gauche Divine que servía de avanzadilla literaria de la Barcelona de su tiempo? Evidentemente, son preguntas sin respuesta, porque la figura de Juan Eduardo Cirlot, lejos de estos supuestos, fue diseccionando una obra que, con trabajos como los de Antonio Rivero Taravillo y la tarea de recuperación de las hijas del poeta, tiene en las tesis que defiende una fuerza que, seguro, el lector no avisado sabrá poner de manifiesto. Algunas veces, la historia certifica espacios que creíamos que, o no existían, o estaban olvidados.


Javier Lorenzo Candel

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