martes, 25 de octubre de 2016

HOY FIRMA: CARLOS BARBARITO. "LUDWIG"

Ludwig


 El mundo es grande, pero en nosotros
es profundo como el mar.
Rilke

Y me hago de un plumazo
Dueño del mundo,
Hombre ilimitado.
Birot



El poeta, en la novedad de sus imágenes es siempre origen del lenguaje –anota Bachelard [1]. Inauguración que se repite con cada poema, desde siempre, aunque la poesía sea tan vieja como el mundo. Un arte antiguo, nacido en torno a los más antiguos fuegos, que ofrece cada vez una novedad. Y, cada vez, significa un enésimo comienzo del lenguaje, una nueva posibilidad en el eterno propósito del poeta de convertir al poema –como dice Lezama Lima- en un punto de vastísimas irradiaciones. Siempre consideré al poema como un organismo vivo. Cada poema, un animal de perpetua juventud aunque su especie provenga de la noche de los tiempos. Porque un poema es siempre joven, aunque haya sido escrito hace siglos no envejece, madura pero no envejece. 

Hablo, claro, del poema auténtico, en el sentido griego del término: capaz de sostenerse a sí mismo. Dejo anotada aquí una palabra: emanación. Hablo de la segunda acepción del diccionario: desprendimiento de los cuerpos de sustancias volátiles. Un poema, si auténtico, ya sea de Safo, de Horacio, de Shakespeare, de Milton, de Frost, de Pound, de Eluard, emana una o más sustancias, al modo de cualquier goma, bálsamo, leño o hierba de mucha fragancia, no importa su origen y edad.

En un poema hay trabajo y sueño. En los poemas de Ludwig Zeller (y al decir poema hago casi omiso de géneros y englobo tanto sus escritos como sus dibujos y collages), hay trabajo y sueño [2]. Del primer componente, el trabajo, hablo de la labor del herrero y la labor del alquimista: golpear y moldear materiales en una labor ardua, violenta; mezclar materiales en una operación cargada de sutileza. Pero además está el sueño. El obrero y el filósofo se unen para ofrecer al mundo los frutos de su labor conjunta, fusión del furor y la delicadeza, al modo de durmientes que en vez de soñar y olvidar lo soñado con cada despertar, diseminan sus sueños como si de joyas se tratase. Enjoyar los días del hombre –dijo alguna vez mi inolvidable amiga Raquel Jodorowsky. Obrero y filósofo, obstinado soñador, el poeta. Un poeta, sin duda alguna, Ludwig Zeller.

Ludwig Zeller (por Vaclav Vaca)

Zeller es surrealista. ¿Qué significa ser surrealista ahora, pasada la primera década del siglo XXI? En una entrevista con Melanie Nicholson, el propio Zeller dice: Mira, uno ve una cosa a los 25 años y le parece maravillosa. Después pasa el tiempo, y uno va cambiando, tiene otras facetas. Pero lo principal del surrealismo, eso no ha cambiado en mí, sino que se ha ido madurando, desarrollando. Lo que me dio el surrealismo fue esa mayor libertad de expresión de que ya hablamos. Uno puede escribir de cualquier cosa -me parecía y me parece increíble. El surrealismo me sugería temas diferentes, me abría nuevos horizontes. Todo eso ha sido muy importante para mí[3] 

A partir de esta afirmación, colijo que, luego de tantas décadas de existencia, el surrealismo significa todavía ni más ni menos que una posibilidad de libertad. El automatismo, técnica central, piedra angular del surrealismo, sigue siendo una puerta abierta a lo inconsciente, a lo secreto, a lo inesperado. Técnica que no todos practican. Hay mucho temor a lo que pudiera aparecer –me dijo una mañana Roberto Aizenberg. Zeller no le teme a lo desconocido. Dice: He trabajado mucho con los sueños, y con una técnica muy interesante que se llama "sueño-vigil dirigido", que es un tipo de automatismo porque las imágenes van surgiendo por su cuenta, sin control racional. Pero después, claro, trabajo mucho con ese material para convertirlo en un poema. Sobre todo, descarto mucho material. Hay una gran diferencia entre el sueño anotado y el poema en su versión definitiva. Un poema puede pasar por cinco, ocho, diez revisiones. Se trata de partir del sueño, de lo maravilloso que nos toca vivir todos los días.[4]




Carlos Barbarito





[1] Bachelard, Gaston. La poética del espacio. Traducción de Ernestina de Champourcin. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1965. Breviarios, 183.
[2] Yo soy una de esas personas que tiene sueños intensos (En: Ludwig Zeller: Entrevista con Melanie Nicholson, Revista Chilena de Literatura, versión on line, 83, abril de 2013).
[3] Ibíd.
[4] Op.cit.

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