martes, 13 de septiembre de 2016

HOY FIRMA: ALEJANDRO COELLO. "José Echegaray: Un segundo en homenaje al viejo idiota"


Un segundo en homenaje al viejo idiota



2016 nos ha cogido a muchos desprevenidos. El centenario de la muerte de Cervantes, Shakespeare y Rubén Darío ha eclipsado el año sin dejar lugar a otros muchos exponentes de la literatura y esta vez el afectado es el olvidado primer Premio Nobel de las letras hispánicas, José Echegaray. Existe una bruma llena de prejuicios en torno a su obra que ha ocultado su figura y sus aportaciones al panorama literario y es de justicia, en el primer centenario de su muerte, recordarlo y dignificarlo, aunque sea un solo segundo en homenaje a ese «viejo idiota».

            Quizá no exista mejor definición para José Echegaray que la que apuntó Martínez Olmedilla en 1949: el madrileño tres veces famoso. El Premio Nobel de 1904 era un hombre de ciencia, de Estado y de teatro. Es considerado el primer matemático de España y fue presidente de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Durante el Sexenio Revolucionario (desde la Gloriosa en 1868 hasta la Restauración de 1874), fue ministro de Fomento y de Hacienda por el Partido Radical de Ruiz Zorilla. Se trata pues de un hombre comprometido con la cultura y el saber, que desarrolló en toda su vida un pensamiento afín a los liberales. Estas posturas políticas tuvieron repercusión en la última etapa de su vida, en la que los noventaiochistas comenzaron a denigrarlo, y probablemente también hayan favorecido a que el franquismo le diese la espalda.

Caricatura publicada en la revista Blanco y Negro.
El olvido de José Echegaray no tiene que ver con su obra, aunque su producción teatral esté plagada de dramas-ripios comerciales. Ya los noventaiochistas criticaron al dramaturgo por representar el pensamiento caduco del siglo XIX y además polemizaron la concesión del Nobel que se creíaque debería haber sido para el canario Àngel Guimerà, que escribió en catalán, o, en su defecto, para el también canario Benito Pérez Galdós. Esta situación, entre otras, provocó la enemistad de Valle-Inclán (un hombre harto revolucionario y problemático), quien lo redenominó «el viejo idiota» . Y es verdad que Echegaray representaba el mundo decimonónico, pero es un error interpretar su obra desde otra sociedad y otro tiempo que no sean decimonónicos. Es más, es un error no valorar que el dramaturgo naciese 1832 y que su mejor obra se produjese en las dos últimas décadas del siglo XIX. Sin duda su olvido se debe al poder intelectual de la generación del 98 que, sumado a la negativa de la crítica franquista y posterior para recuperarlo, ha dejado al drama echegariano sin nuevos juicios menos soslayados.
            Es por eso que hoy ponemos a Echegaray de nuevo sobre la mesa sin prejuicio, intentando superar la crueldad con la que ha sido criticada la dramaturgia echegariana. Miguel Bueno, en 1909, diría sobre su obra: «¿Por qué habíamos de amarle y de creer en él? Cuando pensamos en su teatro urge ante nuestros ojos una turbamulta de mujeres histéricas y de caballeros epilépticos que se expresan en verso vacuo y sonoro [...]. ¿Cómo hemos de amar a Echegaray? Harto hacemos con respetarle». Más tarde, en 1986, Ruiz Ramón también caería en los mismo prejuicios: «Su teatro, no importa cuál sea su asunto, es, radicalmente, ripio. En cualquiera de sus niveles: vocabulario, sentimiento, pensamiento, acción...». Algunos críticos, como Gonzalo Sobejano, han intentado mostrarse imparciales y reflexionar en torno a Echegaray sin ironías cruentas, con justicia.

            Si recordamos la escena española finisecular, nos vemos obligados a nombrar a un dúo especial: José Echegaray y María Guerrero. La aparición de María Guerero favoreció «a Echegaray brindándole ocasión de orientar su teatro, demasiado óseo y ronco [...], hacia una exploración de la sensibilidad femenina en variada gama: coquetería, resentimiento, honradez, duda, pasión, desequilibrio» (Sobejano, 1976). Es decir, Echegaray escribiría los dramas para Guerrero logrando una dramaturgia contemporánea y ella consolidaría la figura inmortal que hoy conocemos. En la obra de Echegaray tenemos que situar tres títulos fundamentales, todos éxitos de estreno en su época: El gran Galeoto (1881), Mariana (1892) y Mancha que limpia (1895), que fue el mayor logro en taquilla de Echegaray. Aunque su obra consta de muchos más dramas, estos tres demuestran el genio creador de Echegaray, imbuido por el retoricismo de la tradición hispánica; la calidad de su producción dramática y la asimilación de las nuevas tendencias teatrales de Europa.

            El gran Galeoto está considerada la magna obra de Echegaray. No nos interesa, ahora, reseñarla, solo recaer en el diálogo-prólogo que prelude la obra. Estas escenas poseen un planteamiento artístico novedoso que roza ese carácter prevanguardista que se observa ya en algunos cuentos galdosianos, en La obra maestra desconocida (1831) de Balzac o en Ubú rey (1896) de Alfred Jarry. El protagonista, Ernesto, quiere escribir una obra en que «el principal personaje, que crea el drama, el que lo desarrolla, el que lo anima, el que provoca la catástrofe, el que la devora y la goza, no puede salir a escena» porque «en suma: ese personaje es... ¡todo el mundo!». Por eso, Ernesto reflexiona:

Mire usted: cada individuo de esa masa total, cada cabeza de ese monstruo de cien mil cabezas, de ese titán del siglo que yo llamo "todo el mundo", toma parte en mí, toma un instante brevísimo, pronuncia una palabra no más, dirige una sola mirada, quizá toda su acción en la fábula es una sonrisa; aparece un punto y luego se aleja: obra sin pasión, sin maldad, indiferente y distraído.



Hay en esta obra una modernidad desconcertante que nace del pensamiento de Echegaray. Sin embargo, la otra obra que nos incumbe con mayor atención, reponde a una gran sensibilidad artística porque la curiosidad de Echegaray lo lleva a introducir en sus dramas su pasión por la modernidad teatral europea, en especial el asombro que le causan el teatro realista de Henrik Ibsen y el simbolista de Maeterlinck. Hablamos de Mariana (1892), la obra que consolidó la carrera de María Guerrero y que, a mi modo de ver, representa el mayor acto de regeneración teatral que  intentó Echegaray, y probablemente el teatro español del final del siglo XIX. En este momento, el dramaturgo se preocupó por despojarse de altos retoricismos en el lenguaje, introdujo una estructura teatral con una acumulación de intriga in crescendo y creó al personaje principal, Mariana, con los valores del fin de siglo. Echegaray, con su librepensamiento, planteó un nuevo concepto moral en torno a la burguesía española que reclamaba un personaje con profundidad psicológica que se encontrara en un mundo incapaz de comprenderlo. 

Este personaje ya aprece perfilado en la novela realista española de Clarín y Galdós, sin embargo, en el teatro parece el primer intento y logro. En este drama, aparece una mujer que odia a los hombres porque los hombres la han hecho así. Su conflicto interior sale a escena encarnado en la duda de si amar y ser deshonesta consigo misma o si desamar y ser honesta consigo misma. Ya no se trata del mundo, sino del ser. Con esta obra, Echegaray, en palabras de Emilia Pardo Bazán, encarnó «el intento de buscar nuevos rumbos y tantear todos los géneros y aventurarse por todos los caminos» (Sobejano, 1976). La Mariana de Echegaray responde a esa sensibilidad de las protagonistas antiheroicas de las novelas de Flaubert o Galdós, del drama ibseniano o, incluso, de la producción de Oscar Wilde. Por eso, arriesgando en esta afirmación, no es alocado ver en esta obra el intento de crear el nuevo drama nacional o la apertura de un nuevo camino que andaría Jacinto Benavente y luego cerrarían Valle-Inclán y Lorca a su manera secular de crear. Es más, el Premio Nobel se le concedió por su capacidad para amoldar la nueva escena a la realidad española, esfuerzo que valoraron alguna vez Clarín y Pardo Bazán y que admiraron Bernard Shaw o Pirandello (quizá porque nadie es profeta en su tierra).

            Pero nuestro objetivo no era entrar con profundidad y detenimiento en Echegaray y su obra, sino recordarlo de alguna manera. Darle unos segundos más de reconocimiento. Devolverle su esfuerzo. Escucharlo sin prejuicios porque, aunque siempre se le evita, es una cita indiscutible del teatro español. Porque hasta los viejos idiotas merecen esa oportunidad.



Bibliografía.

Bueno, M (1909). Teatro español contemporáneo. Madrid: V. Prieto
Espín Templado, M. P. (2011). La escena española en el umbral de la modernidad. Estudios sobre el teatro del siglo XIX. Valencia: Tirant Humanidades.
Ferreras, J. I. y Franco, A. (1989)  El teatro en el siglo XIX. Madrid: Taurus.
Hernández, L. Clarín, Galdós y Pardo Bazán frente al teatro de José Echegaray. Furman University. Recuperado el 9 de septiembre de 2016: <http://www.cervantesvirtual.com/portales/pardo_bazan/obra-visor-din/clarn-galds-y-pardo-bazn-frente-al-teatro-de-jos-echegaray-0/html/01a32ce6-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html>
Martínez Olmedilla, A. (1949). José Echegaray (el madrileño tres veces famoso). Su vida – su obra- su ambiente. Madrid: Imprenta Sáez.
Ruiz Ramón, F. (1986). Historia del teatro español (desde sus orígenes hasta 1900). Madrid: Cátedra.
Sobejano, G. (1976). «Echegaray, Galdós y el melodrama» en Anales gandosianos. Recuperado el 9 de septiembre de 2016: <http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/anales-galdosianos--17/html/p0000007.htm#I_19_>

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