martes, 17 de mayo de 2016

HOY FIRMA: RAMIRO ROSÓN. "REGAR LAS ESTRELLAS"


Regar las estrellas



Algunos apuntes sobre Héctor Vargas Ruiz 
[La Laguna, 1972 – Santa Cruz de Tenerife, 2014],
 acompañados de una breve selección de su poesía.


Foto: Gemma Mederos


Nacido en 1972 en La Laguna, Héctor Vargas cursó sus estudios de secundaria en el instituto Poeta Viana, situado en Santa Cruz de Tenerife. Allí se destacó como colaborador en los programas de Radio Poeta, una pequeña emisora de radio que mantenía el instituto en aquella época. No tardaría en vincularse estrechamente a la actividad de algunos locales míticos de La Laguna, entre ellos el Blues Bar (antaño conocido como Blues de Bar) y el Café Siete, convirtiéndose en una figura conocida en el entorno artístico de la noche lagunera: de este modo, colaboró en numerosos eventos como lecturas, recitales de poesía y música, actuaciones teatrales y cuentacuentos. Esta actividad coincidió con un periodo en que la vida cultural de La Laguna se desarrolló con especial intensidad, entre mediados de las décadas de 1990 y 2000, pese a llevarse a cabo con frecuencia en espacios ubicados al margen de las instituciones oficiales de la cultura.

A lo largo de su vida, trabajó como administrativo en diversas empresas, pero la literatura fue siempre su verdadera vocación. Héctor publicó poemas, relatos y ensayos en diferentes revistas de carácter alternativo o surgidas en los ambientes estudiantiles de la universidad de La Laguna, como Anochece que no es poco, Assabiya, El Brinco, Lagenda, Lagotera, La Tapa, Papel Mojado, QM y Raciocidio. También formó parte de dos grupos de teatro universitario: Teatro Negra (1995-1996) y Teatro.es (2004). La escritura de Héctor se vio reconocida cuando ganó el Premio de Poesía Ciudad de La Laguna en el año 2000 con su libro Crepitaciones (Ayuntamiento de La Laguna, 2002). Unos años más tarde saldría a la luz su poemario Entropía de bolsillo (Ediciones Idea, 2007). Estos dos volúmenes de poesía constituyen sus únicas obras individuales que se han impreso hasta la actualidad. No obstante, algunos de sus textos narrativos pueden encontrarse en varias antologías de relatos breves, como los libros Acrobacias (Asociación Beecham, 2003), Lunátic@s (Asociación Beecham, 2005) y Relatos del Blues Bar (Baile del Sol, 2007). En sus últimos años siguió desarrollando su faceta de actor teatral, sobre todo en las llamadas Misceláneas del Café Siete (veladas de literatura, teatro y música que se celebraban cada quince días en este local), hasta su fallecimiento, que tuvo lugar en Santa Cruz de Tenerife en mayo de 2014.

Su poesía otorga un carácter decisivo a la expresión oral, más allá de todo academicismo, enlazando con autores como Blas de Otero, Gabriel Celaya o José Agustín Goytisolo, pues Héctor la concebía como un género destinado ante todo a leerse en público. Consciente de que los orígenes de la poesía se encuentran en la oralidad, convertía el acto de recitar en todo un espectáculo lleno de vida, rescatando la creación poética del frío mortal de los depósitos de libros y de los salones institucionales donde pone sus huevos la carcoma. Solía decir que se veía a sí mismo como un juglar cuando subía al escenario de cualquier local de La Laguna para leer sus poemas, llevando siempre un característico sombrero, con el que se transformaba en un personaje literario para unir la poesía y el teatro de forma indisoluble. Sabía crear una profunda afinidad con el público gracias a su carisma en las tablas, pero nunca manifestaba una actitud intimidante, sino siempre acogedora, ganándose la simpatía de la gente desde que el espectáculo comenzaba. Por este motivo se le podría considerar como un animal de la escena, que demostraba un gran dominio de la actuación y aprovechaba todas las posibilidades de la improvisación teatral, con un fuerte gusto por el humor absurdo y los equívocos verbales.

Por encima de todo buscaba la emoción directa en la poesía, lo cual también se reflejaba sobre el escenario: sensitivo, delicado, tierno, poseía una hermosa voz y recitaba sus poemas con una cadencia especialmente melodiosa, manejando con maestría las inflexiones vocales para adecuarlas al tono de cada verso, de cada frase, de cada palabra. Por las tardes se le podía encontrar escribiendo en los cafés culturales de La Laguna, como el Época o el Siete, o dando un paseo por las calles de la vieja ciudad para descubrir la poesía a la vuelta de cualquier esquina, en los verodes[1] que crecen sobre los tejados, en el vuelo fugaz de las palomas o en el rostro de la joven estudiante que camina hacia la universidad con sus libros en la mano. Pero en las horas nocturnas, cuando desarrollaba su trabajo como actor, su personalidad afloraba con más nitidez que en cualquier otro momento, pues le gustaba la noche y a menudo se abandonaba a sus poderes magnéticos, recorriendo sus pasadizos secretos bajo el fulgor de las estrellas. Sin lugar a dudas, puede afirmarse que vivió como un poeta, guardando un compromiso incondicional con la poesía, pues sentía la obligación de decir la verdad en la escritura, la carga moral de revelarse a sí mismo con absoluta sinceridad, más allá de las imposturas estéticas y los discursos ideológicos de cartón piedra.

En el trato personal se destacaba por su calidad humana, siendo, como diría Machado, en el buen sentido de la palabra, bueno; y aunque los ritos sociales impongan que se hable de todos los muertos en términos semejantes, por más odioso y despreciable que resultara el difunto en su vida, en este caso no se puede faltar a la realidad de los hechos. Héctor sabía ser y estar en toda ocasión, haciendo gala de una amabilidad extraordinaria incluso en los momentos más difíciles de su vida, que no dudaba en compartir abiertamente con sus amigos más cercanos, y con frecuencia se comportaba de forma servicial hasta el punto de la abnegación, pues no le importaba perjudicarse por ofrecer su ayuda a los demás. Mantenía una intensa vida social gracias a su carácter extrovertido, pero en el fondo pertenecía a esa clase de personas que, pese a disponer de una gran facilidad para las relaciones humanas, también pueden mostrarse reservadas en público. Su voluptuosidad alegre, que se traducía en un hedonismo libre de culpas y remordimientos vanos, le permitía disfrutar del presente con especial intensidad, pues, como dice Montaigne en sus Ensayos, hay que retener con todas nuestras uñas y dientes el uso de los placeres de la vida, que los años nos quitan de entre las manos unos después de otros. De hecho, Héctor sólo temía los agravios de la vejez, la decadencia física y mental que los años traen consigo; y pese a sus caídas recurrentes en la melancolía guardaba siempre un carácter jovial, con una maravillosa disposición a reírse de todo y una vitalidad increíble, que sabía cómo ver la luz escondida tras en las situaciones más oscuras y servía de columna moral a sus amigos y conocidos cuando necesitaban un hombro para sostenerse.

Respecto a sus convicciones personales, solía definirse como racionalista y ateo, pues no creía en la trascendencia en el sentido cristiano de la expresión; en cambio, la única forma de trascendencia para él consistía en reintegrarse a la naturaleza después de la muerte, por lo cual mostraba de forma inconsciente una sensibilidad cercana al panteísmo. No en vano Spinoza, el gran panteísta, fue acusado de ateísmo con vehemencia por sus contemporáneos, y aún algunos historiadores de la filosofía lo consideran como un ateo encubierto. Amaba la naturaleza, pues le gustaba bañarse en las aguas atlánticas y andar por las veredas de los montes. Su poesía refleja a menudo el paisaje de Canarias, que le inducía un estado contemplativo, sobre todo en su vertiente marítima; y en algunas ocasiones incluye referencias a la cultura aborigen y popular del archipiélago, pero no desde una identidad nacionalista, sino desde la inmediatez y la frescura de quien se acerca a los orígenes de su tierra con una mirada carente de prejuicios.

La muerte de Héctor se sintió como un enorme vacío entre sus amigos cercanos, quienes no han dejado de extrañar y recordar su presencia desde entonces. Quiso el azar o la necesidad que poco después de su fallecimiento abriera sus puertas en La Laguna el Atelier des fous, un café-librería que mantuvieron el poeta Sergio Barreto y su pareja, Mónica Mederos, durante casi un año, desde junio de 2014 hasta abril de 2015. En una columna del local, Sergio decidió escribir de arriba abajo un verso de Héctor (Jamás pienso olvidarme de regar las estrellas), como homenaje a quien había sido una de sus mejores amistades. En mi faceta de pintor y dibujante aficionado, le propuse que me dejara hacer una pequeña pintura mural en torno a aquel verso y le agradó la idea. Pasé varias tardes dando forma a aquella pintura, subido a una silla y con mi caja de óleos sobre una mesa adyacente, mientras los clientes del café detenían sus miradas en mi trabajo. La obra representaba un niño (se trataba de un símbolo del propio Héctor, pues en el fondo había sido un niño grande toda su vida, sin perder jamás la inocente lucidez que caracteriza a la infancia) subía al cielo de la noche, pintado en un brillante azul oscuro, por una escalera de mano plantada en un paisaje de colinas verdes. Encaramándose de este modo a las alturas, el niño echaba agua a las estrellas con una vieja regadera de latón, mientras un brote de laurel crecía al pie de la escalera. Por desgracia, la crudeza de la recesión en la que España todavía navega a la deriva, gracias a los mercaderes del sufrimiento ajeno, obligó a que el Atelier des fous cesara su actividad y el mural desapareció con el cierre de este café, aunque se conservan algunas fotografías que dan cuenta de su existencia. He aquí, en definitiva, la historia de Héctor, un hombre que regaba las estrellas con su mano creadora, que supo hacer de su vida una obra de arte. Ahora sólo cabe escuchar la voz del poeta con atención,  recuperando su memoria y conociéndolo en profundidad a través de su palabra.

 
Mural dedicado a Héctor Vargas, en el desaparecido café Atelier des fous. Foto: Ramiro Rosón




Riéndome de mí

(la maravillosa medicina que todo hace sanar)

En fin, nuevamente volveré a dejar un puñado de crisantemos sobre la tumba de aquel que fui. Me desperezaré un poco al salir lenta y torpemente de la crisálida (ya lo comentaba Gregorio Samsa: las metamorfosis son siempre algo molestas y un tanto repulsivas). Y, hasta la inminente ocurrencia de la próxima mutación, me ocuparé en ajustar los sistemas de defensa, cerrar herméticamente cada arriesgada escotilla, rebosar los pulmones de viento, alzar el periscopio por encima de las nubes, municionar la sincera recámara de sonrisas y, previa apertura de la cajita de los demonios de bolsillo, lanzarme otra vez al disfrute de la excitante y ardua lucha que es vivir hasta lo hondo. Inmersión. Je, je, je...

(De la revista La Tapa: nº 16, septiembre de 2003)


Ansiadas vacaciones

necesito unas vacaciones
y alejarme de mí por un tiempo
y marcharme de mí adonde no pueda encontrarme
y viajarme más allá del horizonte de mis recuerdos
no sé cuánto ni cómo
pero alejarme
y recostarme plácidamente en la hamaca del olvido
quizá un segundo
tal vez mil siglos
o al menos un metro
pero alejarme y descansar de mí

(De Crepitaciones)


Oliéndote

tus ojos derraman caricias en mi orilla
espantando a la muerte
eres todo el océano de todas mis venas
y aún más
eres oasis de líquida sombra refrescante
en el desierto árido de mi arena

tu piel es la sábana
la sábana sincera
con la que ansío arropar cada instante
de mis huesos
tu corazón es el latido
latido inmenso
que expande nuestra carne
más allá de cualquier tierra

puedo olerte aquí
aquí dentro
tierna y acurrucada
puedo leerte en temblores soñolientos
puedo escribirte con las sangres de mi pecho
para que tú recites
hasta que nos zozobre el alba

(De Crepitaciones)


Tengo que vivir

En recuerdo de David, 
buen compañero de trabajo, buen amigo.


sé que moriré que muero que estoy muriendo
lo sé
pues desde antes muero
ahora muero un poco
y el otro poco morirá después
siempre muriendo
yo lo sé

sé que a cada mudo segundo
las despiadadas ratas fétidas del hondo sepulcro
la fragilidad de mis huesos van royendo
lo sé
a veces lenta
a veces rápida
y siempre constantemente
indiferentes a mi risa o a mi llanto
persistentes
en su aliento de arrancarme todo aliento
de vida
hurgando en mis entrañas noche y día
día y noche carcomiendo mis cimientos
transitando en mi vigilia
o indagando entre mis sueños
poco a poco voy muriendo
yo lo sé

pero no
no
no quiero
me niego a ser esclavo carcomido de brazos cruzados
estatua impasible ante su herrumbroso derrumbe
inminente
inevitable
no
quiero vociferar a la muerte
quiero aullar desde el fondo de sus oscuros oídos
severos
sordos
mustios
sórdidos
fríos
y gritarle
vete
aléjate
márchate a esperar tu turno
que aún me quedan olores por ver
que aún colores me restan por oler
amaneceres melodías atardeceres mediodías
por sentir
un millar de palabras por escuchar y por decir
cientos miles millones más por hacer
y el amor
anhelando enraizar
ansiando florecer
debo vivir
deseo vivir
tengo que vivir

(De Crepitaciones)




Cerveza, nicotina y blues


A mi hogar y refugio nocturno:
el Blues de Bar.


La noche pasea coqueteando por las calles
y penetra al interior del bar. Pulula
entre decenas de espaldas empapadas
en sonrisas y en alcohol, macerándose
por el néctar seductor de la oscuridad.
De su propia nocturnidad se embriaga la noche
y lentamente se nimba de nicotina amarillenta.
Desperezándose y esparciéndose
a sus anchas.

Nos envuelven
los efluvios sangrantes de un blues.
Como un caramelo amargo,
como un dulce humo pegajoso.
Introduciéndose en los intersticios
impregna de caricias y arañazos todos
y cada uno de nuestros más oscuros
rincones.

Tambaleándose deambula
un borracho,
acompañado de su soledad
y esa atávica felicidad etílica.

Cada noche tiene su borracho.

Muchas veces soy yo
ese borracho.
Y tanteando en el sótano de los instintos
y tonteando con mis naufragios y sirenas,
deambulo solitario y tambaleante.

Porque sea como fuere,
en cualquier lugar entre
el ocaso y el alba,

cada noche tiene su borracho.

(De Entropía de bolsillo)



No lo permitiré


Que otros practiquen –si les divierte– idiosincrasias de felpudo. 
Que otros tengan para las cosas una sonrisa de serrucho, una mirada de charol.

Oliverio Girondo


Jamás pienso olvidarme de regar las estrellas,
ni de esparcir millos[2] para que picoteen las mariposas.
No voy a dejar que arraiguen en mis miembros telarañas
y nunca permitiré que el olvido me recuerde.
Mis ansias no se agotarán de perseguir cada rodante
y sonante primavera, totalmente desnudos
mis prados otoñales, con sus fronteras abiertas
a todos los huracanes, besos, lluvias, soles y caricias.
Con mi corazón desencajado de sus quicios
y empuñando siempre y siempre y siempre
un risueño e iridiscente sonajero de sorpresas.

(De Entropía de bolsillo)


Cuestión de preferencias

Tú puedes decir: espíritu, alma, etéreo…
Yo prefiero sencillamente:
cartílago, carne, mucosa, nervio, hueso.
Podrás hablarme del cielo o del infierno.
Por mi parte alegaré tierra y océano.
Podrás tú enumerar
las doctrinas y el sacrificio, la redención y el pecado.
Llanamente yo responderé:
el huracán candente de la palpitante pasión.
Puedes nombrar la eternidad y el infinito.
Entonces contestaré:
el manantial de una flor brotando de una tumba;
el amanecer ardiente de un microorganismo inquieto
parido desde las entrañas del ocaso frío;
un hijo con los labios de su madre,
con los ojos de su padre;
un amigo recordándote…
Tú podrás afirmar indiscutible y categóricamente:
dios.
Yo humildemente escojo,
entre vivas libertades y sangrantes incertidumbres,
la palabra hombre.

(De Entropía de bolsillo)


Decisión

Lo he decidido:
mañana voy a vestirme de vida;
aún la noche es negra y ya me muerde la impaciencia.

Está decidido:
me pondré una camisa infinitamente celeste,
con su estampado de algodonosas nubes
y sus botones de brisa evanescente;
me enfundaré el pantalón oceánico,
con sus fragantes perneras de sal espumosa
y los bolsillos repletos de arena;
me calzaré unos zapatos de tierra blanda,
con sus cordones fértiles,
con sus suelas recién regadas.

Lo tengo decidido:
tomaré el bastón de ir siempre adelante,
y cubriré mi cabeza con un sombrero verde y florecido,
que mantenga encerrado en su sombra
a todos mis pensamientos sombríos.
Luego, me mirarán mis ojos
desde la ventana del espejo,
y sonreiré y sonreiré y sonreiré…
hasta que emane de mi rostro
la ardiente luz del alba.

(De Entropía de bolsillo)



Ramiro Rosón





[1] Planta autóctona de Canarias, que suele encontrarse en los barrancos y en los tejados de las casas tradicionales.
[2] En el habla canaria, granos de maíz.


No hay comentarios:

Publicar un comentario