domingo, 24 de abril de 2016

HOY FIRMA: LUIS SAN MARTÍN. "LOLITA, LA LENGUA Y EL PLACER ESTÉTICO"


LOLITA: 

LA LENGUA Y EL PLACER ESTÉTICO



Lolita, publicado en París en 1955, es el libro más conocido de Vladimir Nabokov, escritor ruso de cuna aristocrática cuya familia se exilió a Alemania en la época de los bolcheviques, lo que inauguró su sentimiento de permanente desarraigo. Este lo sufrió especialmente en Estados Unidos, la antítesis de Rusia en ese momento, país donde se ambienta gran parte de la trama a veces tan road movie y cuya matriz lingüística es ese inglés que aprendió de pequeño gracias a sus institutrices y que usó tan musicalmente, casi como nativo, al escribir esta novela. Lo-lee-ta, aparece al inicio de la novela en su idioma original, una pronunciación como un viaje fonético de la lengua humana a través de tres sílabas, acostándose al final sobre la parte trasera de los dientes.

Dos películas se han basado en este libro: la de Kubrick primero (1962) y la de Lyne (1997) después. La de Kubrick parece ser más reconocida —¿por la trayectoria del director? — y en ella la nínfula de Humbert Humbert goza deliberadamente de más tiempo sobre este mundo, creemos que para no herir susceptibilidades. Suponemos, mejor dicho. Añadiéndole un par de años a Dolores Haze para quitarle inocencia adrede, sin lograrlo, afortunadamente el título de la película remite inmediatamente al libro. Siguiendo este camino, de ser posible, que quien lo lea se dirija al original en inglés; las traducciones traicionan, lo sabemos, sin desmerecer ese gran trabajo que ha generado tantos lectores hinchas de sus autores, los que no podrían conversar entre ellos —culpen a la Torre de Babel— aunque hayan disfrutado de los mismos libros en sus idiomas respectivos.
Si en la traducción al español de Francesc Roca los juegos con el logos, las imprecaciones y elocuencias del francés, los trucos precisos, los números interrelacionados y las pistas detectivescas e irónicas tan propias de Nabokov saltan a la vista a medida que se lee y examina el texto, seguramente en el inglés en el que fue escrito estos detalles son más humbertianamente escabrosos y, por qué no, sabrosos. Porque al aproximarse a sus palabras es necesario analizar, interpretar, investigar, volver, releer, lo cual confirma en ese genial paroxismo llamado Pálido fuego. Es lo que logra el escritor, en este caso alguien que se sienta frente a ti y empieza a contarte una historia con el fin de deleitarte y sobre todo confirmar con un rictus satisfecho que sus ideas sobre la literatura tienen mucho sentido si las puede demostrar con su propia ficción, teniéndole a ella como base de su propia fuerza artística e intelectual.
"Para mí, una obra de ficción sólo existe en la medida en que me proporciona lo que llamaré, lisa y llanamente, placer estético, es decir, la sensación de que es algo, en algún lugar, relacionado con otros estados de ánimo en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la norma." (Nabokov)
Las traducciones traicionan, sí o sí, y lo mismo parece reconocer Nabokov en el epílogo de 1956 cuando alude a eso que dijo un crítico norteamericano sobre la novela, tildándola de una aventura amorosa del escritor con la novela romántica. ¿Romántica? Por ningún lado, no hay consentimiento en la mayoría de los encuentros, ni siquiera es erótica del todo, pues nunca es explícita, siempre hay un desvío; manda la psiquis atribulada del personaje elegante, patético y caricatura de centroeuropeo, provocando la sonrisa del lector a cada capítulo de la tragicomedia. Pero vamos… dice el autor, sobre el comentario del crítico: la novela parece más una aventura de amor, como la de Lolita y Humbert el Terrible, entre Vladimir y la lengua inglesa, entre la debacle íntima de tener que abandonar su ruso natural y las costumbres que refleja, aquel que usaba para narrar y maldecir cuando daba sus primeros trompicones literarios y mofarse del moralismo a ultranza, en pos de poder adaptarse al Estados Unidos de mitad del siglo pasado, tan apegado a la educación formal de la ética; racista y católico, para ilustrar. Así y todo, es una novela impresionante, idealista en su gesto contra el psicoanálisis de Freud y los símbolos de Jung, inolvidable en su acción de abominar de una sociedad inundada en tabúes que no da paso a la diferencia de un hombre que se sabe pagano y violador de las buenas costumbres. Un personaje que además se siente irremediablemente impotente y reprimido, aunque ojalá comprendido por quien lea su historia escrita en la prisión, donde se encuentra por aparentes desviaciones cuya procedencia intenta desentrañar.
"Esperaban esa sucesión de escenas eróticas cada vez más fuertes; cuando éstas se detuvieron, también se detuvieron los lectores, aburridos, y abandonaron el libro. Sospecho que éste es uno de los motivos por los cuales en ninguna de las cuatro empresas editoriales leyeron el original hasta el fin. No me importó que lo consideraran o no pornográfico. Su negativa a comprar el libro no se basaba en mi tratamiento del tema, sino en el tema mismo." (Nabokov)

¿Cómo habría sido Confesiones de un viudo de raza blanca, el título alternativo que enuncia el falso prologuista, de haber estado escrita en ruso? Muy distinta, puede ser, aunque sería necesario aprender el idioma para averiguarlo. Con probabilidad algunas escenas de amor forzado tendrían una visualidad distinta y habrían resplandecido más las costumbres entre las cuales creció Nabokov, la idiosincrasia de San Petersburgo, el paisaje conformado por sus amigos y las personas de su juventud, la infinita capacidad de expresión y comodidad que entregan las lenguas y dialectos propios —la riqueza léxica del ruso a sus ojos— que ven nacer y decir sus primeras palabras a los vástagos de su tierra. Y probablemente, también, habría sido prohibida en Rusia solo por ser él su autor, y por lo tanto habrían existido menos opciones de ser rechazada por todas las editoriales que la rechazaron en Estados Unidos, todo esto dependiendo de la inventiva del eventual traductor del ruso al inglés. Pues, a pesar de que el narrador elude el cliché sonoro y anafórico del erotismo y la pornografía, hundiéndose en un pantano mental para explicar cómo se acerca y penetra el cuerpo pubescente de la nínfula, juguetea con claves maliciosas que prevén las respuestas que recibió por parte de los editores, las que decían más o menos así: cambia el protagonista de niña a niño granjero (¿por qué?); haz menos extensa la segunda parte; no hay ninguna persona buena en el libro; nos van a encerrar a los dos si la publico.
Lolita provoca placer estético e incluso va más allá al llamar al escándalo con su originalidad y las piruetas lingüísticas. Es un círculo virtuoso: el hecho de que el protagonista sea un pedófilo y su amada una niña de metro cincuenta incita a la lectura. Luego, lees la novela. El miedo de Humbert. La sensualidad de Dolly. El hombre que vislumbra revolucionado los ojos sugerentes de la pequeña tras sus gafas de sol. Éxtasis. La unión de ambos. Placer estético. Finalmente, te asombras de las técnicas y asistes a sus libros para entenderlo cada vez más, porque te queda la impresión incontestable de que siempre vas a volver a él. Con su historia, como quiso y consiguió, Nabokov nos seguirá hablando mediante Humbert desde la cárcel. Y la conmiseración surgirá cada vez que él quiera.

Luis San Martín



Cofundador y administrador de Loqueleímos.com. Licenciado en Lengua y Literatura. 
Lector por necesidad. Editor como excusa para leer. Si hay responsables, 
son William Faulkner, Carl Sagan y Roberto Arlt.
www.loqueleimos.com/2015/10/columna-lolita/



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