martes, 19 de abril de 2016

HOY FIRMA: FRANCISCO LAYNA RANZ. "HOMENAJE A MIGUEL DE CERVANTES"


Homenaje a Miguel de Cervantes,
en su muerte


Yo ya he muerto. Es imposible que yo enuncie y que alguien escuche y crea que mi muerte ha sucedido. Sí es posible, sin embargo, leer esta imposibilidad y considerarla únicamente una anomalía cronológica. Nada se niega a la suprema capacidad de la escritura.[1]
           
Sabemos que después de un arrepentimiento más literario que religioso, el hidalgo Alonso Quijano, entre compasiones y lágrimas de los que le rodean, entrega por su fin su espíritu, sosegada y cristianamente. Y a petición del cura, un escribano da fe del fallecimiento y redacta testimonio del mismo. Este documento es la escritura legalista para evitar que alguien resucite las hazañas extintas, es decir, escritas, de don Quijote (II, 74). Dicho más claramente: testimonio notarial de la muerte del texto. Después de estas burocracias, Sansón Carrasco redacta el epitafio de su sepultura y Cide Hamete cuelga la pluma de una espetera. Que viva allí largos siglos sin que nadie atente contra todos los fueros de la muerte. No se trata de impedir la resurrección del personaje, sino de negar la vuelta de la hoja, el plus ultra del texto, la siguiente línea al punto y final. Entremos, pues, en materia: lo escrito solo es cuando deja de ser, cuando cesa. Podríamos decir que la historia de la escritura constituye una parte de la más general historia de la muerte.

            En el último capítulo del Quijote de 1605 todo concluye con la muerte de la escritura. A modo de colofón, se relata el hallazgo de los pergaminos escritos con letras góticas que dan noticia de la sepultura del caballero. A pesar de ese probable anuncio de continuación que se deja caer, los epitafios de los académicos de Argamasilla son concluyentes: "Yace debajo de una losa fría"; "Queda en mármoles escrito"; "Aquí yace el caballero bien molido y mal andante". La escritura está sepultada. Lauda, lápida, catafalco para las letras andantes.

Cervantes es muy dado a contemplar la muerte como una constante de todo aquello que vive. Poco después de abandonar el palacio ducal, don  Quijote observa la complacencia de Sancho mientras come y le suelta aquello de: ”Yo nací para vivir muriendo” (II, 59). Recurramos aquí a la imagen de Scherezade, el personaje por excelencia que  vive mientras narra, en un gerundio integralmente vivo, “viviendo mientras narrando”.[2] La escritura como transcurso es vida;  como escrito es muerte. Aquí está el sentido de las palabras de Cervantes en el prólogo de 1605. El asunto es bien conocido: apela al lector para dejarle saber que lo más laborioso de su libro es ese prólogo en proceso. Ese prólogo no que leíste, discreto lector, ayer, o has leído esta mañana o vas leer en un futuro, sino el que ahora mismo, en este instante, “vas leyendo”. Magnífica perífrasis de gerundio: la lectura es un continuo

            Por el contrario el libro es la memoria de la muerte, túmulo vivo en palabras de Lope de Vega. El jesuita Juan Eusebio Nieremberg así lo especifica en su intento de establecer las diferencias entre lo temporal y lo eterno. Dice: “los emperadores del Oriente, entre otras insignias de la majestad, llevaban en la mano izquierda un libro con las hojas de oro, al cual llamaban “Inocencia”, y estaba todo lleno de tierra y polvo, en significación de la mortalidad humana, para acordarse con esto de aquella antigua sentencia: ‘Polvo eres, y en polvo te convertirás’. No fue sin mucha  conveniencia estar en forma de libro este recuerdo de la muerte, para dar a entender de cuanta enseñanza y doctrina de su memoria, y que ella sola es escuela de grandes desengaños”.[3]

           
Esto nos lleva a la viejísima relación entre escritura y muerte y al diálogo platónico en el que Sócrates le habla a Fedro de Zeuz, dios del cálculo,  la geometría y las letras. Zamus, rey de Egipto, recibe en señal de pleitesía el hallazgo que hará más sabios y memoriosos a los hombres: la escritura.[4] Pero de inmediato queda defraudada su esperanza porque las letras –le dice el rey- producirán olvido en quienes las aprendan y, por consiguiente, el descuido de la memoria. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que presenta con entusiasmo, sino un mero recordatorio.[5] Todo esto es muy conocido. Y que las letras siempre responden una y la misma cosa, o sea, aquello que está escrito. La escritura no puede presentar otra ambigüedad que la que le provoque su lector. El texto escrito no ofrece más variantes esenciales que aquellas que introduzca quien lo lee.[6] Montaigne decía: “no he hecho mi libro más de lo que mi libro me ha hecho a mí”.[7] Es una idea que repite a menudo Steiner: “leemos un libro, pero, quizás más profundamente, el libro nos lee a nosotros”.

            El aspecto mortífero de la escritura aparece más claro en comparación con la palabra pronunciada, con la vívida inmediatez de la oralidad. Dice Lope en la segunda jornada de El guante de doña Blanca:

            […] que muchas cosas que suenan
            al oído con la gracias
            que muchos las representan,
            descubren después mil faltas
            [si] escritas se consideran;
            que entre leer y escuchar
            hay notable diferencia,
            que aunque son voces entrambas
            una es viva y otra es muerta.

            Igualmente significativas son las palabras de Mateo Alemán: “la diferencia que hacen los vivos a los difuntos, los hombres a las estatuas, esa misma es la que llevan a los escritos a las palabras”.[8]

            El libro es un sucedáneo: uno lee sobre algo porque no lo puede tener o contemplar en sí mismo.[9] La escatología cristiana estuvo muy pendiente de esta naturaleza provisional del libro, porque todo en la vida cristiana queda aplazado.  Las sagradas escrituras lo dicen: Litera occidit, spiritus  autem vivificat” “la letra sola mata, mas el espíritu vivifica” (Corintios II, 3, 6).  Grisóstomo el despechado es menos testamentario: “Con muerta lengua y palabras vivas” dice en su canción desesperada[10]. Esta es la paradoja: el texto escrito está apartado de lo vivo humano, mientras que su estricta estabilidad visual, como dice Walter Ong, asegura su resurrección por parte de un número virtualmente infinito de lectores vivos.”[11] Lo cual significa el fracaso de Sócrates: como creía el dios Zeuz, la escritura se convierte en la alacena de la memoria. Desde San Jerónimo los libros se convierten en memoria eterna. Malón de Chaide hablaba  en 1587 de “viva memoria de que fueron en otro tiempo y supieron y escribieron.”[12] Y un contemporáneo de Cervantes, fray Pedro de Vega, insistía en lo mismo: “Escritura es vida de la memoria, que ya fuera muerta. Registro donde vuelve a hallar lo que una vez perdió, prende de nuevo lo que se había olvidado, y da vista a lo que ya estaba muerto y sepultado en las tinieblas del tiempo”.[13]

            Pero hay en el Quijote otra escritura no culminada: la mortífera, la detentadora de la muerte. Veamos los casos más relevantes:

            1) Primer ejemplo: Ginés de Pasamonte. El galeote está en pleno proceso de elaboración de su autobiografía. No se trata de un cronista ajeno a la propia voluntad, como sucede con don Quijote, sino de una absoluta simultaneidad entre vida, obra y muerte. Picado en su curiosidad, pregunta el caballero si el tal libro está ya terminado. La respuesta no tiene desperdicio: “¿Cómo puede estar acabado  si aún no está acabada mi vida?” Esta fusión es la que DQ no concibe. Los que escriben autobiografías nunca mueren en sus libros, pero tampoco nacen. Con el origen solo queda confiar en la experiencia ajena, que sea fiel a los hechos, de rigurosa y detallada memoria, que no incurra en recreaciones exageradas o directamente mentirosas. Es extraño cómo escuchamos lo que fuimos antes de nuestro propio recuerdo. El nacimiento y los primeros pasos entendidos como una fábula más. Y la muerte, claro: solo después de la vida será escritura culminada.
            2) Segundo ejemplo. Grisóstomo se suicida por el amor no alcanzado de la pastora Marcela. El caballero Vivaldo salva su canción desesperada, incumpliendo su voluntad última de seguro olvido para sus escritos, tierra para su cuerpo y fuego para sus textos. La canción se lee  mientras se cava la sepultura.
            3) Y último ejemplo: El florentino Anselmo, el curioso impertinente, escribe una declaración inculpándose de su mortífera curiosidad, y antes de finalizar su escrito el aliento  le falta y deja la vida sin acabar la razón de su testimonio.
            Llegada es la hora de poner fin a esta escritura, y ya se sabe lo que esto significa. Pero me he guardado un as en la manga, lo que sea necesario con tal de alargar en algo la vida. Lo que hasta aquí he escrito es una preparación para lo que ahora voy a comentar. La última palabra del Quijote de 1615 es la misma con que se termina el prólogo del Quijote 1605. La palabra “vale”.  En aquel ya lejano prólogo Cervantes se despedía escueto de su lector: “Y con esto, Dios te dé salud, y a mí no olvide. Vale”. Resistencia al olvido, como hemos visto. Diez años después una voz muy cercana a la de este primer prólogo cierra el libro para siempre, y aclara que su deseo fue poner en aborrecimiento de los hombres los libros de caballerías, y agradece que a causa de su don Quijote “van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale”. La palabra “vale” es un latinismo que significa despedida. En el Universal vocabulario en latín y en romance, de Alfonso de Palencia (1490), podemos leer: “vale es del que se parte como salve y ave del que viene. Otrossi a los muertos se dize vale. Es verbo de renunciación, y de hacer por el muerto plegaria”.[14] Supremum vale, el trance de la muerte, recoge el Diccionario de Autoridades. Es expresión que Cervantes empleó en varias ocasiones.[15] Incluso el Diccionario de la Real Academia recoge como acepción desusada que con los adjetivos “último” y “postrero” significa despedida que se da a un muerto.
            
Todo esto viene a propósito de la celebración de una muerte. Cuatrocientos años desde que Cervantes pusiera un último punto y final, y la página en blanco fuera el sinónimo del silencio definitivo y absoluto. Impresiona ahora leer en este 2016 los preliminares del Persiles. En el prólogo intenta una despedida en pocas palabras: “¿Adiós gracias, adiós donaires, adiós, regocijados amigos. Que yo me voy muriendo”. Y en la dedicatoria a Don Pedro Fernández de Castro la brevedad afecta tanto a la frase como al tiempo que queda de vida: “ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo ésta”. Lapidario, nunca mejor dicho. Las últimas letras de una vida resuelta en escritura. Hace cuatrocientos años.
Vale.

Francisco Layna Ranz
(New York University y Middlebury College)





[1] Francisco Layna Ranz. “Todo es morir y acabóse la obra. Las muertes de don Quijote”. Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America 30. 2 (2010): 57-82
[2] Julio Baena. “La muerte al salir del texto: Prólogo, cuentos y cuentas en Cervantes”. En Georgina Dopico Black y Francisco Layna Ranz, eds. USA Cervantes. 39 cervantistas en Estados Unidos. Madrid: CSIC / Polifemo. 153-176.
[3] Juan Eusebio Nieremberg. De la diferencia entre lo temporal y lo eterno. Madrid: BAE, 1957. 9a y b.
[4] Platón. Fedro. En Diálogos. Madrid: Gredos, vol. III, 1988.
[5] Jacques Derrida. “La farmacia de Platón”. En La diseminación. Madrid: Espiral / Fundamentos, 1975.
[6] Emilio Lledó. El surco del tiempo. Meditaciones sobre el mito platónico de la escritura y la memoria. Barcelona: Círculo de lectores, 1994, 121.
[7] Michel de Montaigne. Ensayos. Madrid: Cátedra, 1987, vol. II, 18. 416.
[8] Mateo Alemán. Ortografía castellana. México: El Colegio de México, 1950. 120.
[9] Hans Blumenberg, “alegorías de letras”, en La legibilidad del mundo, Barcelona: Paidós, 2000, p. 41.
[10] Clemencín ve aquí la presencia de un romance de la novena parte de l Romancero general de Flores: “Si quieres amar de burlas / y ser de veras querida, / vayan tus palabras muertas / donde van mis obras vivas”  Don Quijote de la Mancha, Madrid Ediciones Castilla, , ed. IV centenario, p. 1139a
[11] Walter Ong, Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, México: Fondo de Cultura Española. P. 84.
[12] Malón de Chaide, La conversión de Magdalena (1588), en Porqueras Mayo, El prólogo en el Renacimiento español, Madrid: CSIC, 1965, p.128
[13] Fernando J. Bouza. “Escritura, propaganda y despacho de gobierno”. En Antonio Castillo. Escribir y leer en el siglo de Cervantes. Barcelona: Gedisa, 1999. 85-109.
[14] Alfonso de Palencia. Universal vocabulario en latín y en romance. Madrid: Comisión Permanente de la Asociación de Academias de la Lengua Española, 1967.
[15] Por ejemplo en La Galatea. En Obra completa, vol. I ed. de Florencio Sevilla Arroyo y Antonio Rey Hazas. Madrid: Alianza Editorial, 1996. 36. Comedia famosa del gallardo español. En Comedias y entremeses, vol. I, ed. de Rodolfo Schevill y Adolfo Bonilla. Madrid, 1915. 36. Los trabajos de Persiles y Segismunda, ed. de Carlos Romero Muñoz. Madrid: 1997. 164.

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