martes, 26 de abril de 2016

HOY FIRMA: FERNANDO LORENTE. "Cervantes y su tiempo. El licenciado Vidriera."


Cervantes y su tiempo.
El licenciado Vidriera


Desde un punto de vista político se denomina Siglo de Oro al periodo de tiempo comprendido entre el reinado de los Reyes Católicos y el de Carlos III; otros autores consideran que empieza con el  fin de la Reconquista y termina con la firma del Tratado de los Pirineos, en 1659. Por último están los que, ciñéndose estrictamente a dos hechos literarios, estiman que se inicia con la publicación de la Gramática castellana de Nebrija en 1492 y finaliza con la muerte de Calderón de la Barca en 1681, considerado el último gran escritor del periodo. Vaya por delante que yo prefiero la expresión Siglos de Oro, en plural, puesto que son casi doscientos años que rozan el siglo XV, ocupan completamente el XVI y alcanzan a tres cuartas partes del siglo XVII.


A lo largo de esta etapa España vive una época de indudable esplendor cultural y económico. La influencia de nuestro país en toda Europa es tan intensa que cualquier manifestación cultural surgida en nuestro territorio se asume casi sin discusión y se imita de inmediato.

En el ámbito científico destacan abundantes aportaciones en agronomía (propiciadas por el Descubrimiento del Nuevo Mundo) como el cultivo de patatas,  maíz, fríjol, cacao, pimiento, tabaco...; en geografía y cartografía se descubre la declinación magnética y el polo norte magnético y se inventa la carta esférica; en Matemáticas, se desarrolla el cálculo de probabilidades y se inventa el nonius; en derecho, la necesidad de legislar sobre los nuevos pueblos del continente recién descubierto fomenta el desarrollo del derecho natural y del derecho de gentes...

En un periodo tan dilatado de tiempo se desarrollaron dos movimientos artísticos de profundo impacto cultural: el Renacimiento y el Barroco, que supusieron cotas de creatividad insuperable: Velázquez, El Greco, Murillo, Ribera y Zurbarán despuntan en pintura;  Tomás Luis de Vitoria en música; en escultura Gregorio Fernández, Alonso Berruguete y Juan de Juni; en Filosofía destacan el ya citado Nebrija,  pero también Juan Luis Vives, Fray Bartolomé de las Casas y Francisco de Vitoria; en arquitectura, Juan de Herrera, Pedro Machuca, Diego de Siloé y Rodrigo Gil de Hontañón...  En literatura la  inventiva e imaginación de nuestros autores fue tanta que España dio pie a estéticas y géneros nuevos que influyeron notablemente en las letras universales: el género celestinesco (Tragicomedia de Calisto y Melibea), la novela picaresca (Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache), la miscelánea (Silva de varia lección, Jardín de flores curiosas), la comedia nueva (Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, de Lope de Vega, con muchos cientos de comedias salidas de su pluma), el entremés, la novela cortesana... Y en poesía el nivel es, definitivamente, descomunal: Garcilaso de la Vega, Juan Boscán, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Lope de Vega, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo... y Cervantes, por supuesto.

A Miguel de Cervantes, que nació en Alcalá de Henares en 1547, en el momento de máximo esplendor de los Siglos de Oro, le tocó bregar con esta `tropa´... Y desde luego que bregó.


Primeras letras

Cervantes tuvo una infancia y juventud muy viajera, dado que su padre, de nombre Rodrigo y de profesión cirujano barbero, cambiaba de residencia frecuentemente para solventar sus constantes estrecheces económicas y eludir el acoso constante por las deudas que iba contrayendo: así, entre 1547 y 1569 la familia residió en Alcalá de Henares, Valladolid, Córdoba, Sevilla y Madrid, donde Miguel iniciaría su producción literaria. Aunque era muy aficionado al teatro (se declaró asiduo espectador de las obras de Lope de Rueda), sus primeros textos conocidos son unos poemas publicados en 1569 en una antología que glosaba la vida de Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II recientemente fallecida. El editor de la obra, Juan López de Hoyos, humanista de reconocido prestigio, se refiere a Miguel como “nuestro caro y amado alumno”, y parece que fue él quien le introdujo en la lectura de autores clásicos como Virgilio, Horacio, Séneca y Catulo y en el estudio de los textos del humanista Erasmo de Rotterdam.

No se conoce el motivo de su desplazamiento, pero en el mes de diciembre de ese mismo año de 1569 Cervantes viajará a Italia. La única pista disponible es la que lo hace coincidir en el tiempo con una orden de arresto y amputación de la mano derecha de un Miguel de Cervantes que se busca por haber herido en duelo cerca del palacio real a un tal Antonio de Segura... Fuera o no el Cervantes perseguido “nuestro Cervantes”, lo que estaba claro es que este viaje iba a cambiar su vida radicalmente.


Estancia en Italia y cautiverio

Cervantes viaja por Italia, al principio al servicio del cardenal Acquaviva y un año después alistándose en la compañía del capitán Diego de Urbina. Participa en varias batallas: Lepanto, en 1571, donde fue herido;  Navarino (1572), Corfú, Bizerta y Túnez (1573)... Entre batallas y convalecencias hospitalarias, siguió recorriendo el país y vivió dos años en Nápoles hasta que, por fin, decide volver a España. Embarca en esta ciudad el 20 de septiembre de 1575, pero su nave es separada por una tormenta de la flotilla de cuatro galeras en la que viajaba y cae presa de corsarios berberiscos. Víctima de las cartas de recomendación que portaba Miguel, firmadas por el mismísimo Juan de Austria, sus captores lo creen persona adinerada y exigen por él un sustancioso rescate. Como consecuencia de las muchísimas dificultades que su familia encuentra para reunir los 500 escudos de oro exigidos, pasa cinco años infernales preso en Argel, hasta que es liberado el 19 de septiembre de 1580.


Vuelta a España. Necesidad de escribir para vivir

La situación económica en la que queda la familia de Cervantes, tremendamente endeudada tras el pago de su rescate, hace que Miguel busque desesperadamente ingresos, pretendiendo cargos que le ofrezcan seguridad económica, publicando obras teatrales que le proporcionen dinero, y llevando a cabo tejemanejes de dudosa legalidad cuando no consigue las ganancias necesarias, que en un par de ocasiones darán con sus huesos en la cárcel.

Durante su estancia en Italia, Cervantes, que era persona inquieta intelectualmente y de una voracidad lectora acreditada, había entrado en contacto con su literatura leyendo con interés las obras de Dante, Petrarca, Boccaccio, Bandello, Sannazaro, Ariosto, Tasso, Luigi Pulci, Teofilo Folengo... Estos autores influyen clara y profundamente en su escritura, y el enorme caudal de experiencias vividas acabará aflorando en su producción literaria. Publica en 1584 El trato de Argel y La Numancia, dos tragedias de corte clasicista, a las que más tarde seguirán otras tres “comedias de cautivos”: El gallardo español, La gran sultana y Los baños de Argel.

En 1585 publica La Galatea, una novela pastoril que incluye abundantes poemas y que ya introduce alguna innovación en el género, puesto que la conforman cuatro historias secundarias que acaban por concluir en la acción principal y dejan la puerta abierta a una continuación, que nunca llevará a cabo.
Entremezclados con la producción conocida, estrenó bastantes comedias y entremeses, de los que conservamos unos veinte, pero que debieron ser bastantes más.  Lo que los estudiosos no ponen en duda es que ningún autor despuntaba por encima de él hasta la aparición de Lope de Vega. Por fin, en 1605 se publica la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha; en 1613 las Novelas ejemplares; en 1614 la obra en verso Viaje del Parnaso; en 1615 la segunda parte del Quijote y Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados; y póstumamente,  en 1617, una novela bizantina titulada Los trabajos de Persiles y Sigismunda.


Las Novelas ejemplares

A estas alturas ya sabemos que Cervantes tuvo la “mala suerte” de coincidir en el tiempo con poetas prodigiosos como Góngora y Quevedo, con los que competía abiertamente, y que hicieron que no “destacara”, aunque su obra tuviera una indudable calidad. También sabemos que fue un reputado dramaturgo, con una producción bastante amplia de comedias y entremeses, hasta que apareció Lope de Vega, desbancándole con su nueva forma de concebir las comedias, hecho este reconocido por el propio Cervantes, que no dudó en tildar a Lope de “monstruo de la naturaleza”, rindiéndose  ante su ingente producción dramática. Así que el cerco se cerraba a su alrededor y de la necesidad hizo virtud y probó fortuna con la prosa.

Como ya comenté más arriba, algunos comportamientos de Cervantes en su afán por conseguir dinero no fueron todo lo legales que sería de desear...  En 1597 fue encarcelado en Sevilla de septiembre a diciembre por quedarse parte del dinero que recaudaba y manipular la contabilidad, y se cree que durante estos meses de cárcel se le “ocurrió“ el Quijote.

Cervantes publicó la primera parte del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha en 1605, y creo que nada nuevo puedo yo decir que destaque la importancia crucial de lo que supuso esta obra en la literatura universal... Estamos ante la primera novela moderna, polifónica, que no se conforma con un único punto de vista sobre la realidad, sino que la interpreta y reinterpreta desde varios ángulos y personajes al mismo tiempo. Con el Quijote la realidad se hace tan compleja que en su afán de explicarla cabe casi todo. Como dice Cervantes por boca del cura es una “escritura desatada” en la que conviven todos los géneros: épica, lírica, tragedia, comedia, chistes, discursos, filosofía, parodia.... Su éxito fue inmediato, y se tradujo a varios idiomas europeos en breve plazo de tiempo, pero la rentabilidad para Cervantes no fue mucha, dado que la obra sufrió varias ediciones pirata. Lo que importa para los fines de este artículo es que Juan de la Cuesta, el impresor que sacó a la luz el Quijote, quiso aprovechar su tirón editorial para publicar las Novelas ejemplares, doce obras que siguen el modelo  de la novela italiana. No hay que olvidar que algunos teóricos defienden que el propio Quijote pudiera ser originariamente una de estas novelas ejemplares, que fue creciendo al hilo de su propia escritura. A este respecto las coincidencias del Quijote con el Entremés de los romances, obra también atribuida por algunos autores a Cervantes, no sería del todo disparatada.

Lo que está fuera de toda duda es que Cervantes había escrito sus Novelas ejemplares entre 1590 y 1612 y que estas constituyeron un nuevo género, ya que en la literatura española no existía nada parecido. Lo único que circulaba eran adaptaciones o traducciones de los novellieri italianos. Fue Cervantes quien lo adaptó al  castellano y le dio rango de género independiente, y él mismo era consciente de ello. Dice en el prólogo de las novelas:

“... yo soy el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas  novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa”.

Rasgos esenciales de estas Novelas son su finalidad ética, el mesurado equilibrio entre seriedad y comicidad, el delicado estudio de la psicología de los personajes, la búsqueda de la enseñanza a través de lo agradable, la indudable importancia del diálogo entre los personajes y su evidente aproximación al drama. Su temática parece recorrer, efectivamente, los asuntos de la tradición italiana del relato breve, y todas ellas parecen insertas en un marco subyacente que establece ciertas relaciones entre las mismas, bien sea de género, temática, ambiente, lengua, etc. Es tal la sutil complejidad de sus contenidos y la acción y reacción entre los mismos, que solo con estas Novelas Miguel de Cervantes se habría ganado un puesto destacado en la literatura española, sin considerar el Quijote.

Vayamos ya, por fin, a la novela de El licenciado Vidriera.


El licenciado Vidriera

Nada más iniciar la lectura de esta novela, surge la conexión inmediata de su protagonista con don Quijote, el personaje por antonomasia de Cervantes: ambos son intelectuales, ambos enloquecen, ambos tienen un encuentro final que les “devuelve” la lucidez... No es casual esta conexión, puesto que Cervantes escribe El licenciado entre las dos partes del Quijote.


En todo caso, la novela es un viaje de ida y vuelta a Tomás, su protagonista indiscutible. Al principio de la obra estamos ante “un muchacho de hasta edad de once años” que no quiere desvelar su nombre ni su origen porque siente vergüenza, y no lo hará hasta que pueda honrarlos. No es casual que se halle el chaval a orillas del Tormes como el famoso Lazarillo,  pero con una voluntad justamente contraria: no hará cualquier cosa para vivir, ya sea legal o ilegal, sino que defiende su vocación de estudio y perfección humanística y descarta absolutamente la vida de “pícaro”. Cuando por fin comienza su formación en la Universidad de Salamanca reconoce llamarse Tomás Rodaja. Cuando enloquece por la ingesta de un membrillo envenenado (por rechazar el amor de una mujer) se transforma en el Licenciado Vidriera, un pobre hombre atormentado, con una vastísima cultura que no le sirve para vivir realmente, al ser presa de un delirio irracional que le hace creerse de vidrio. Cuando recupera la cordura, mediante la intervención de un religioso poseído por la gracia, pasa a ser el Licenciado Rueda. Cervantes le hace crecer de forma magistral con la “simple” modificación de su apellido, puesto que rodaja es el diminutivo de rueda. Cierra el círculo nuestro autor con la frustración que trae la dura realidad. Ante la pérdida de auditorio que antes acudía a él en busca de consejo, el Licenciado dice:

“Por amor de Dios que no hagais que el seguirme sea perseguirme y que lo que alcancé por loco, que es el sustento, lo pierda por cuerdo. Lo que solíades preguntarme en las plazas, preguntádmelo ahora en mi casa, y vereis que el que os respondía bien, según dicen, de improviso, os responderá mejor de pensado”.

Pero su queja es vana. Al darse de bruces con esta realidad, que a su modo de ver solo premia a los peores:

“¡Oh Corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes y acortas las de los virtuosos encogidos, sustentas abundantemente a los truhanes desvergonzados y matas de hambre a los discretos vergonzosos!”

Decide volver su mirada a la vida militar, que en la estima de Cervantes estaba en lo más alto, para acabar el trabajo que había iniciado con su vida:

“Esto  dijo y se fue a Flandes, donde la vida que había comenzado a eternizar por las letras la acabó de eternizar por las armas, en compañía de su buen amigo el capitán Valdivia, dejando fama en su muerte de prudente y valentísimo soldado”.

Por lo expuesto hasta ahora, puede afirmarse ya que esta novela no es un mero repertorio de aforismos y enseñanzas útiles al uso de las misceláneas de la época, como afirman, entre otros, William C. Atkinson (1948) o Alberto Blecua (1986).

Sí es cierto que Cervantes aprovecha para opinar, juzgar y arremeter contra diversas profesiones, y que su hábil maniobra de endosar un trastorno delirante al personaje para justificar su incapacidad para mentir, su necesidad de decir la verdad descarnada, me ha recordardo La metamorfosis o el asno de oro, de Lucio Apuleyo: si en esta obra el protagonista es transformado en burro por su interés desmedido por la magia, en El licenciado Vidriera, su protagonista sufrirá el delirio de sentirse de vidrio por su desinterés por el amor. Y estas verdades, eso sí, salen de una tirada de muchas páginas seguidas:

“-Sepa el señor licenciado Vidriera que un gran personaje de la Corte le quiere ver y envía por él.
A lo cual respondió.
-Vuesa merced me excuse con ese señor, que yo no soy bueno para palacio, porque tengo vergüenza y no sé lisonjear”.

Critica larga y detalladamente a los poetas, con una especial atención a los petrarquistas, pero salvando a los buenos, de los que “siempre dijo bien y los levantó sobre el cuerno de la luna”.
Critica a los pintores, afirmando que los buenos imitan a la naturaleza “pero que los malos la vomitaban”.

Critica a los malos editores y libreros, echándoles en cara que impriman más ejemplares de los que dicen al autor y vendan de más en su provecho. Critica a los boticarios, a los médicos, a los jueces, a los sastres, a los banqueros, a los pasteleros, a los alguaciles, a los murmuradores... Sin embargo solo se encuentran alabanzas netas, sin crítica negativa, para los autores y los escribanos:

“El trabajo de los autores es increíble, y su cuidado, extraordinario, y han de ganar mucho para que al cabo del año no salgan tan empeñados que les sea forzoso haber pleito de acreedores. Y con todo esto, son necesarios en la república, como lo son las florestas, las alamedas y las vistas de recreación, y como lo son las cosas que honestamente recrean”.

“Los escribanos han de ser libres, y no esclavos, ni hijos de esclavos; legítimos, no bastardos de ninguna mala raza nacidos. Juran de secreto fidelidad y que no harán escritura usuraria; que ni amistad ni enemistad, provecho o daño, les moverá a no hacer su oficio con buena y cristiana conciencia (...) es la gente más necesaria que había en las repúblicas bien ordenadas, y que si llevaban demasiados derechos, también hacían demasiados tuertos, y que de estos dos extremos podía resultar un medio”.

A lo largo del texto se percibe una sutil, pero decidida, defensa de la corriente erasmista. Su experiencia italiana marcará de arriba abajo la novela, describiendo con todo lujo de detalles las ciudades italianas que su personaje visita, y que siguen el mismo itinerario que él siguió, la crítica a los poetas petrarquistas hecha desde el profundo conocimiento que de los mismos adquirió en su país, y la visión más objetiva de España que le otorgó la distancia de combatir en suelo extranjero...

Cervantes tiende a relativizarlo todo, y la resignación que se desprende de la obra, y que corre pareja con la sufrida por él mismo, le hace descreído, y solo guarda respeto por la escritura y lo militar: Igual que  Garcilaso de la Vega, en su Égloga III, alternaba las armas y las letras (“tomando ora la espada, ora la pluma”) , Cervantes siempre llevó a gala ser persona valiente (lo demostró en sus intentos de fuga, en los que asumió toda la responsabilidad y no delató nunca a compañero alguno) y siempre se sintió orgulloso de las heridas recibidas en combate (recuérdese la defensa de las mismas en la segunda parte del Quijote), y nunca dejó de escribir, trabajando hasta los últimos días de su vida.

Ahora, cercano ya el cuarto centenario de su muerte, es más indiscutible que nunca la importancia decisiva que su escritura en general, y su Quijote en particular, tuvo en las letras universales.  Y si don Miguel ansiaba alcanzar la fama, la gloria, y creyó que el camino adecuado para él era servir a su patria como soldado:

Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron: que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga, y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años.

Afortunadamente para toda la humanidad, la alcanzó, y para siempre, dejándonos sus novelas, tan colmadas de él mismo que pareciera leérnoslas despaciosamente, con esa delicia del verbo magnífico, mesurado, insustituible… Con esas ganas de salir a recorrer nuevos países a la búsqueda de nuevas maravillas que contar.


 Fernando Lorente



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