martes, 1 de marzo de 2016

HOY FIRMA: JESÚS A. SALMERÓN GIMÉNEZ. "MONTAIGNE: EN BUSCA DE LA FELICIDAD"


Que un hombre semejante haya escrito ha aumentado el placer de vivir en esta tierra.

Nietzsche




Como lector, se me hace difícil imaginar qué vida hubiera tenido sin Montaigne. Él me ha regalado una perspectiva sobre lo humano de la que carecía hasta el momento luminoso en que comencé a leerlo, hace de eso ahora (como de casi todo) veinte años. Porque toda su obra, toda su filosofía tiene un único fin: enseñarnos a vivir. Y nos convence sin imponernos nada, sin prescripciones, tan sólo mediante la insinuación, el apunte leve -y hondo- que nos seduce sin pretenderlo. Para ello, este genial socrático del Périgord ("Fue él quien hizo bajar del cielo, donde no hacía sino perder el tiempo, a la sabiduría humana, para devolvérsela al hombre en el que reside su más justa y laboriosa tarea y la más útil”) establece como piedra angular de su pensamiento la máxima “Conócete a ti mismo”. Y lo hace de una forma natural y consistente, de una manera sorprendentemente laica y vitalista, enseñándonos a valorarnos a nosotros mismo y alejándonos de la depresión: “Todos nosotros hemos vivido y seguimos viviendo esas horas en que despreciamos nuestro ser. Montaigne, si va a ser nuestro maestro, nos insta a rechazar esos momentos como ‘la más bárbara de nuestras enfermedades’” (Harold Bloom).

Y es que Montaigne nos enseña, ante todo, a no sentirnos mal con nosotros mismos (“La peor desgracia para nosotros  es desdeñar aquello que somos”), y para ello nos señala salida de emergencias del infierno de los otros (los que nos juzgan y desaprueban), o nos abre la puerta de la cárcel de nosotros mismos, insatisfechos siempre con las imperfecciones de nuestro cuerpo y las limitaciones de nuestra mente, no precisamente maravillosa. Y nos da pistas, guías, mapas -en esa eterna, espléndida conversación que son Los ensayos- de cómo alcanzar el paraíso (que, como Mark Twain, preferimos por el clima, aunque los verdaderos amigos se encuentren, por su naturaleza atorrante y malhechora en el infierno –nunca pude, como Serrat, seguir el consejo de mi madre “cuídate mucho, Jesús, de las malas compañías”-: ¡intentaremos rescatarlos!) aquí en la Tierra, el placer de vivir: “el gusto de vivir, la curiosidad por lo distinto, el asombro respetuoso hacia la variedad de lo real, hacia la sagrada integridad humana”. (Antonio Muñoz Molina).


Vamos a los datos biográficos que conocemos con suficiente seguridad, conozcamos, en breve semblanza, al -pequeño de estatura; inmenso en inteligencia y generosidad- hombre que anduvo y respiró un día por este mundo. Todo empezó en un château propiedad de su familia paterna (sus padres eran de la nobleza: aunque no pertenecía a una aristocracia antigua, sino de varias generaciones de comerciantes, que habían ascendido socialmente por ambas partes), alzado en lo alto de una colina, cercado por robles y campos de henos, cerca de Burdeos, en el corazón de Francia. Allí nació Montaigne el 28 de febrero de 1533 y allí residiría toda su vida. Fue abogado, amigo del Rey de Francia y en dos ocasiones prefecto de Burdeos. Pero a los 38 años, hastiado de las obligaciones y las vanidades de la vida pública decidió retirarse a su castillo y pasar recluido el resto de su vida, leyendo, reflexionando y escribiendo. Y allí, en su torre circular con las paredes alicatadas de libros y las vigas del techo tatuadas con inscripciones en latín, el irreductible gascón al que le tocó vivir en uno de los períodos más trágico de Francia, el de las guerras de religión entre católicos y protestantes, que convirtieron el país en un paisaje dantesco de muerte y desolación, descubrió una forma nueva, inédita de escribir-lo que ha sucedido en contadas ocasiones a lo largo de la historia del pensamiento y de la literatura-, cuyo objeto de estudio era él mismo. Como escribió Sarah Bakewell: “Escribir acerca de uno mismo para crear un espejo en el que otras personas reconozcan su propia humanidad”. Y nos enseñó a vivir.

En Montaigne, el acto de escribir se torna jubiloso: Sus reflexiones fluyen como las aguas de un meandro, oscilantes, caprichosas, alegres, honestas: “Quizá una de las claves del duradero interés no académico que suscita Montaigne es que no vivió para pensar sino que pensó para vivir: sus reflexiones, ondulantes y a menudo contradictorias, poseen la irremediable inquietud de la existencia real". (Fernando Savater). La ironía, la generosidad y el sentido de la alegría se van desplegando en Los ensayosNo hago nada sin alegría”, unos sentimientos que se extienden y se apoderan del lector de inmediato, y así, a medida que se llena, nos va expandiendo el alma. De su lectura emergemos renovados, mejores que éramos al sumergirnos en el populoso río de la sabiduría de sus líneas, y con una inmensa dicha. Como escribió Emerson: “Conservo en el recuerdo el deleite y la maravilla de haber convivido con él. Tan sinceramente hablaba a mi pensamiento y a mi experiencia, que tengo la impresión de ser yo quien ha escrito el libro en alguna vida anterior”.

La felicidad, cualidad que pocos escritores alcanzan y escasos filósofos buscan, y no el conocimiento abstracto, es el objetivo de Montaigne, el deseo práctico y gozoso de aprender a vivir (y a morir): “
No busco otra cosa que la ciencia que trata del conocimiento de mí mismo y que me enseña a morir bien y a vivir bien”.

Como he contado alguna que otra vez, descubrí a Montaigne a través de otra lectura «No me canso de leer los Ensayos de Montaigne» –escribe Pla en El quadern gris– “Paso con ellos horas enteras, de noche, en la cama. Me producen un efecto plácido, sedante, me dan un delicioso reposo. Encuentro en Montaigne una gracia casi continua, llena de incesantes e inagotables sorpresas. Una de ellas proviene del hecho de que Montaigne tiene una idea muy precisa de la insignificante posición del hombre en la tierra”. Y desde entonces no he parado de leerlo; inicié una lectura, un diálogo, una conversación que se torna siempre deliciosamente urgente porque la eternidad se nos acaba” (Sabines) y que dará término el mismo día que lo hagan mis días (lúcidos) en la Tierra.


Montaigne escribió que enseñar a un niño no es llenar un vacío sino encender un fuego. Y esa llama es la que brilla en mis ojos (infantes -a pesar de la inevitable desolación del tiempo-en la noche inmensa y clara del conocimiento y de la vida), mientras escribo estas torpes letras que intentan reflejar el esplendor de sus Ensayos: una fuente viva de luz y de calor que arde para siempre en mi alma, una llama encendida por la virtud placentera y alegre del genial bordelés.

"Montaigne escribió que enseñar a un niño es encender un fuego"


Jesús A. Salmerón Giménez



Jesús A. Salmerón Giménez  (Cieza, Murcia, 1959). Sociólogo, desarrolla  su labor profesional en la Comunidad Autónoma de Murcia, en el área  de Protección a la Infancia. Buen lector, con cincuenta años de experiencia, impulsó la revista literaria El Caimán y es colaborador ocasional en las publicaciones de La Sierpe y el Laúd. Seleccionado en la antología Narradores Murcianos (volumen II), publicada por la Editora Regional de Murcia, 1986, con el cuento Demonios de esparto. En 2014, su cuento mínimo El origen del Universo obtuvo el primer premio en el IV Certamen Microrrelatos Libres - Memorial Isabel Muñoz  (diciembre, 2014). Actualmente, colabora  en la revista digital Notas.


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