martes, 16 de febrero de 2016

HOY FIRMA: MARIO GRANDE. "REIVINDICACIÓN DE LA POESÍA NEGRA AMERICANA"


REIVINDICACIÓN DE LA 
POESÍA NEGRA AMERICANA


En resumidas cuentas, la diáspora los dispersó, la esclavitud los marginó, independencias y revoluciones los ningunearon, la abolición dio paso a la segregación racial, a lo largo del siglo XX la retórica de la integración los ha excluido y ahora la globalización los aboca a un panorama inquietante en el siglo XXI: la antigua mano de obra esclava, barata, ejército industrial de reserva, ya no es necesaria, son mero gasto.













Y componen, escriben esa experiencia de la historia. No es cosa de ahora. Desde mucho antes de las coplas del pregonero negro que cuenta Machado de Assis en su novela Don Casmurro. Juan Valera, secretario de la embajada española en Rio de Janeiro entre 1851 y 1853, dejó escrito en la Revue des Deux Mondes de 1855 que «como los negros son esclavos la mayor parte, no aprenden a leer ni escribir y solo oralmente pueden conservar los frutos de su imaginación; por lo que es difícil que haya en el Brasil una gran literatura negra, como ya la hay en Haití (...). Pero no hay duda en que, si no los negros, los mulatos son muy notables poetas en el Brasil, y en que los mejores poetas del Brasil son mulatos.»


Adelantado a su tiempo como en otros temas, en un contexto esclavista y antiafricano que negaba a los negros incluso la condición humana, Valera reconocía la gran literatura negra de Haití, al tiempo que destacaba las presiones para que se abriera paso la literatura negra en Brasil, por sus difíciles relaciones con la llamada literatura «nacional», entendiendo por tal la literatura de la élite dominante, que identificaba nacional con no-europeo, no-negro, no-indio. El juicio podría extrapolarse a otros países.

Un siglo después, poco había variado el cuadro general. Con las excepciones de Jorge Amado, Alejo Carpentier o Lydia Cabrera, «lo negro» está ausente en la obra de los más conocidos escritores del «boom» latinoamericano, cuyas fuentes, influencias y preocupaciones son «blancas» (aunque irónicamente el lugar más famoso de la literatura americana en español sea Macondo, un topónimo localizable en media docena de países africanos). Quizá como consecuencia de una tradición política y literaria caracterizada por la desmemoria del pasado, cuando no de abierto rechazo a los negros, como fue el caso de Borges. Una tradición que «no ve» la diversidad, que carece de un  proyecto integrador multirracial.

¿Podía haber sido de otra manera?

Quién sabe. Lo cierto y verdad es que aparte de las fuentes, influencias y preocupaciones blancas, existieron también el Harlem Renaissance o la idea de la Négritude,  además de la oralidad y una experiencia de la historia ajena a los discursos oficiales. Por eso fueron surgiendo voces de los olvidados, poniendo sobre la mesa el pasado que no se quería ver. Voces que conforman un nuevo sujeto, que pide sitio y viene a repensarlo todo.      

Existe poesía negra en todos los países americanos a donde los europeos llevaron esclavos africanos. Es una verdad de Pero Grullo, aunque hay que reseñarlo porque a estas alturas muchas antologías continentales o de países determinados siguen publicándose como si no. Sería inconcebible una antología de poesía norteamericana sin Maya Angelou o Langston Hughes; nicaragüense sin Carlos Rigby o Yolanda Rossman; guatemalteca sin Guisela López; hondureña sin Indira Flamenco o Yvonne Dennis; costarricense sin Shirley Campbell; panameña sin Demetrio Korsi o Yvette Modestin; cubana sin Nancy Morejón o Nicolás Guillén; portorriqueña sin Luis Palés o Ángela María Dávila Malavé; haitiana sin Jacques Viau o Villard Denis/Davertige; dominicana sin Manuel del Cabral o Mateo Morrison; jamaicana sin Claude McKay; guadalupana sin  Guy Tirolien o Sonny Rupaire; sin olvidar al Premio Nobel de St Lucia, Derek Walcott; guayana sin Leon Gontran Damas; martiniquesa sin Aimé Cesaire, Edouard Glissant; guyana sin Martin Wylde Carter; colombiana sin Mary Grueso o Jorge Artel; ecuatoriana sin Luz Argentina Chiroboga o Yenny Nazareno; boliviana sin Juan Angola; peruana sin Cecilia del Risco; brasileña sin Solano Trindade o Conceição Evaristo;  uruguaya  sin Francisco Moreno o Cristina Rodríguez Cabral; argentina  sin Gabino Ezeiza o Higinio Cazón.

Eso sin hablar del son jarocho de México, las décimas de los países andinos, la literatura de cordel, la literatura periférica emergente o la rica tradición oral vinculada a ritos y festividades. Y su estrecha vinculación con la música y el canto desde el blues y el son caribeño o el danzón a la tonada, el reggae, la samba, el tango y el mundo del hip hop.

¿Qué diría hoy Juan Valera?

¿Encajan estas poesías hoy en esquemas nacionales, fragilizados por la globalización?



  
Mario Grande


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