martes, 2 de junio de 2015

HOY FIRMA: PEDRO SÁNCHEZ SANZ. "LA MÚSICA PIADOSA DEL ASESINO".



LA MÚSICA PIADOSA DEL ASESINO


Carlo Gesualdo, crimen y polifonía 
en el Renacimiento italiano.




 Aquella noche de octubre de 1590, las estancias del palacio resonaron con los aullidos de dolor de las víctimas y los furiosos gritos de sus verdugos. Unos, llenos de pavor, suplicarían clemencia, los otros, escupiendo su ira, pedirían justicia, la restitución del honor mancillado.   


 Esa noche de otoño napolitano, Carlo Gesualdo, Príncipe de Venosa, tras confirmar sus sospechas y con un plan bien urdido, asesinó salvajemente, con saña incluso, a su esposa María de Ávalos y al amante de ésta, sorprendidos en flagrante adulterio.

 A esta escena dantesca de violencia con espadas, puñales, disparos, desmembramientos y rostros desfigurados le sobrevuela una música, en siniestro contraste, de lánguido misticismo. Es un madrigal para cinco voces: las de las víctimas, María y Fabrizio, la del asesino, Gesualdo, y las de sus dos esbirros. Cinco voces discordantes entre las que sobresale una frase recurrente, que da título a la obra: Tu m´uccidi o crudele (Tú me matas, oh cruel), en la que se repite como una letanía, la palabra gridando (gritando).



 Los psiquiatras forenses actuales están convencidos de que un hecho de significación traumática puede ser el detonante que convierta a cualquier individuo de vida intachable en un asesino en serie. De igual modo, en todo gran artista salta, en algún momento crítico del proceso creativo, una chispa que prende la llama de la genialidad. En el caso de Gesualdo, ese punto de inflexión podría estar en la noche de sus crímenes, pues a partir de los asesinatos compuso sus madrigales más desafiantes, con la constante del dolor y la muerte como tema de inspiración. Todos podemos ser el doctor Jekyll y el señor Hyde, paseando de la mano por la fina raya que separa genio y demencia; sensibilidad sublimada en el arte y violencia salvaje en la vida.



 Desde niño, Gesualdo recibió clases de composición y cultivó el arte musical más para su propio placer que por necesidad profesional, no tenía nada que demostrar, ni tenía que agradar en la corte para ganar su sustento. Gesualdo escribía para sí mismo, sólo así pueden los expertos explicarse lo avanzado de su lenguaje armónico, de un cromatismo extremo, y sus originales innovaciones formales en el madrigal polifónico.

 La abigarrada expresividad en sus obras y su empleo de la fuga de voces encadenadas preceden y anuncian el universo barroco. El nuevo orden se puede entender, sin entrar en las profundidades y múltiples matices del Barroco, como una reacción lógica ante las extravagancias, el capricho, el elitismo y la exquisitez que moldearon muchas obras artísticas de finales del siglo XVI. La expresividad musical de Gesualdo, llevada al límite, y la complejidad técnica de sus composiciones sirvieron de inspiración para compositores del siglo XX, como Schnittke o Stravinsky, y otras figuras de la vanguardia musical de principios de siglo, que reivindicaron su música disonante como inusualmente moderna.



 En una atenta escucha de los madrigales de Gesualdo, se podría resumir la impresión suscitada por sus obras en intensidad y desequilibrio, una intensidad sustentada en el protagonismo de todas las voces, que actúan como solistas en una construcción alambicada y disonante, se podría hablar así de “densidad expresiva” en su música. La discordancia de registros y tonos crea un desequilibrio por momentos frágil, pero que demuestra al final una unidad sólida, como una bella reja de hierro forjado del Renacimiento, pues el resultado es armónico a pesar de la aparente desconexión de las voces.



 De la violencia cometida, Carlo Gesualdo fue liberado de toda responsabilidad, pues se consideró un acto de reparación de una ofensa, el adulterio, que convertía al Príncipe en víctima. El proceso fue conveniente y diligentemente archivado al día siguiente de su apertura. A Gesualdo se le atribuye poco después el asesinato por asfixia de uno de sus hijos, ante la sospecha de que pudiera no ser suyo sino del amante asesinado y descuartizado, otro hecho que serviría para engordar su leyenda de aristócrata arrastrado por sus pasiones. Su furia violenta es comparable a la de otros nobles de instintos asesinos, rayanos en la psicopatía, como Gilles de Rais, compañero de armas de Juana de Arco o la condesa Erszébet Báthory, más conocida como “la condesa sangrienta”.



 Desde la muerte de su otro hijo en 1600, vivió atormentado hasta el día de su muerte, enclaustrado en sus posesiones, alejado de su segunda esposa y de los círculos musicales de la corte de Ferrara, sometido a una férrea disciplina de trabajo musical, llevando a cotas sorprendentes la riqueza expresiva del madrigalismo. Puede uno imaginarlo escribiendo su Tristis est anima mea (Triste está mi alma), construyendo  gemidos, susurros y silencios en su música, atravesada de lánguida melancolía, penitencia impuesta quizás por sus terribles actos, creando una atmósfera de misterio piadoso. Gesualdo compone porque lo necesita interiormente, para dar rienda suelta a su frenesí creativo y equilibrar de alguna forma su mente convulsa. Pero la caricia apaciguadora de la música no fue suficiente. En sus últimos años se rodeó de un grupo de jóvenes servidores cuya misión era la de seguirlo en todo momento y atizarlo con látigos, parece que se sometió a prácticas masoquistas con escenas de flagelación. En 1613 se le encontró muerto, desnudo, después de una de estas sesiones para expiar sus culpas, una especie de exorcismo muy en consonancia con su personalidad excesiva y con su aureola tenebrosa.



 La escena final de su vida, su último acto de contrición, bien podría acompañarse con la música de su Ahi, disperata vita (Ah desesperada vida) como banda sonora de una historia cruenta de excesos , recogimiento piadoso, y angustioso final en el que cinco muchachos fustigan al Príncipe y gritan, o cantan, a su alrededor. Uno quizás le escupiría su desprecio, un segundo alabaría su genio musical, le conminaría otro al arrepentimiento, un cuarto le recordaría sus crímenes y el último intentaría expulsar sus demonios. Cinco voces en una, la suya propia, la de un hombre de personalidad compleja, de múltiples caras que se abandona, en agónica huida de este mundo, a una espiral de paroxismo, en la que repite la palabra fuggendo (huyendo) hasta componer un madrigal para su propia muerte.   

  
                                   Pedro S. Sanz





Pedro Sánchez Sanz nace en Sevilla en 1970. Actualmente reside en Jerez de la Frontera, donde trabaja como profesor. Como escritor ha publicado, hasta su séptimo y último poemario, "Un relámpago atrapado en un puño" (2014), un libro de relatos, y ha sido co-editor de la revista literaria y cultural El Ático de los Gatos.
Ha obtenido distintos premios por su obra, entre los que destaca el Premio Internacional Platero, otorgado por el Club del Libro en Español en Naciones Unidas (Suiza) por su relato “El Indiano”.

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