martes, 19 de mayo de 2015

HOY FIRMA: FERNANDO LORENTE. "ASÍ HE LEÍDO A NERUDA".


Así he leído Tus pies toco en la sombra 
y otros poemas inéditos, de Pablo Neruda






Desde el mismo instante en que cayó en mis manos este librito, se despertaron en mí sentimientos encontrados: por un lado, la emoción indiscutible de leer por vez primera algo nuevo de este maestro indiscutible al que tanto debo, trenzada con la sucesión casi infinita de los versos de Neruda que leí e imité en mi adolescencia. Por otro, la desazón inevitable, la inquietud de enfrentar unos textos que pudieran desmerecer o empañar esa imagen de poeta poderoso, telúrico, resplandeciente, vanguardista, incontenible... Porque, si el propio autor podía haber prescindido de estos versos,  no incluyéndolos en sus más de cuarenta textos publicados en vida, ¿no sería porque él mismo los consideraba fallidos, tullidos, alicortos, insuficientes en algún aspecto irrenunciable?

Darío Oses, director de Biblioteca y Archivos de la Fundación Pablo Neruda, ofrece en la Introducción una serie de datos interesantes, entre los que destaca que estos poemas inéditos esquivaron la exhaustiva búsqueda que la viuda de Neruda, Matilde Urrutia, llevó a cabo; que solo cuando la Fundación Pablo Neruda se arremangó y dedicó a la tarea de elaborar un catálogo de los originales manuscritos y mecanografiados por el poeta fue cuando aparecieron estas inesperadas sorpresas; que la compulsión creadora de Neruda no la frenaba la ausencia de un soporte adecuado para escribir (parece que no tenía la sana costumbre de llevar siempre encima un cuadernito como hacíamos el común de los poetas mortales antes de la llegada de los móviles inteligentes), y que llegó a hacerlo en menús de restaurantes, programas musicales, papeles sueltos, etc.; que algunos poemas, después de mecanografiados, volvían a sufrir correcciones autógrafas del poeta; que, en su opinión, más de uno de estos poemas se le habían extraviado al mismo Neruda; que los poemas incluidos en el libro que comento van desde principio de los años cincuenta hasta poco antes de su muerte en 1973; y que no son variaciones de textos ya publicados, sino que tienen existencia propia, enmarcándose en los grandes temas de su producción. Cierra Darío Oses su introducción afirmando que “por su calidad literaria e interés, estos poemas merecen sin duda incorporarse a la obra impresa de Pablo Neruda”... Así que parece afilarnos los dientes, acrecentando unas expectativas ya de por sí considerables.

El académico Pere Gimferrer firma a continuación un breve prólogo en el que rápidamente desciende al detalle para hablar de los interrogantes que rodean al poema que cierra el volumen y al numerado 4, que no duda en considerar “el más valioso de todos”. En cuanto a este último habla de supuestos lapsus, redundancias o aliteraciones; en cuanto al que cierra el libro comenta la incierta modificación del nombre de los mascarones originales (es conocido por todos la afición al coleccionismo de Neruda, que poseía un surtido de mascarones de barcos en su casa de Isla Negra) y del sesgo político que adopta el poema a partir del undécimo verso. Después comenta que los numerosos poemas de verso corto, al estilo de las Odas elementales, prueban su procedencia de la fractura de endecasílabos a la italiana y de algunas omisiones y tachaduras... Yo me quedo, sin embargo, con su consideración final, que, en compleja justificación, alude al lector de Neruda que ya ha asumido de antemano o de forma simultánea su expresión poética nítida, inmanente por sí misma y rigurosamente original, que hace que estos poemas no hagan más que consolidar la “condición que de liberadora fortaleza verbal tienen estos poemas definitivos e irrefutables”.


El resto del texto incluye los veintiún poemas hasta ahora inéditos agrupados en dos categorías: los seis primeros se consideran “Poemas de amor” y los restantes, que se depositan en una sección titulada “Otros poemas”.





La edición facsimilar que sigue a los poemas no es exhaustiva, incluyendo únicamente los poemas manuscritos números 2, 5, 6, 15 y 16. Su fuerza radica en la contemplación del proceso de escritura del poeta que, con tinta verde y azul, escribe de manera tumultuosa, acotando al margen, tachando, reescribiendo... en los materiales más diversos.


Por último encontramos una serie de notas de Darío Oses que puntualizan, dirigen o aclaran la lectura de cada uno de los poemas de forma magistral, especificando el soporte en que se escriben, datando el momento de su escritura con la máxima precisión posible, relacionándolo con las obras ya publicadas por Neruda, etc.

Una vez presentada la edición, voy ahora a describir mi impresión personal, después de haber leído el texto por lo menos tres veces... Y he de comenzar diciendo que me ha defraudado, así, como suena. La posibilidad de que el propio autor los hubiera considerado fallidos se me ha ido haciendo cada vez más patente... No veo ese poder nerudiano de sus grandes composiciones, ni hermosas imágenes en sus descripciones, ni arriesgadas metáforas o cualquier otro recurso retórico de interés, ni contribuciones esenciales a su obra poética conocida. En definitiva, la mayor parte de los veintiún poemas rescatados son prescindibles, diría incluso que algunos son claramente “perjudiciales”, puesto que a punto han estado de menoscabar la envergadura poética que en mi altar disfruta don Pablo… Entiendo bien ahora el silencio impuesto por el autor a estos versos, y no puedo evitar una sensación dolorosa ante la posibilidad de que no se haya respetado su voluntad, aunque solo sea por solidaridad de oficio, porque los poetas solemos saber mejor que nadie qué poemas propios no dan la talla respecto a las expectativas que hemos depositado en ellos... Contribuye a esta impresión desagradable el hecho de que cuando el maestro los escribió estaba en su plenitud creadora, puesto que son todos posteriores a la publicación de su Canto general en 1950, por lo que no cabe argumentar que estaba aprendiendo el oficio. Creo, simplemente, que eran producto de días sin inspiración, a los que todos tenemos derecho, y que lo mejor que hubiera podido ocurrir es que estos poemas jamás hubieran salido a la luz... Y voy a intentar justificar esta opinión deteniéndome en nueve de ellos.



El poema 1, datado entre 1959 y 1960, cuyo primer verso da título al libro, comienza así:


Tus pies toco en la sombra, tus manos en la luz,

y en el vuelo me guían tus ojos aguilares

Matilde, con los besos que aprendí de tu boca

aprendieron mis labios a conocer el fuego...


Podemos compararlo con el poema XV de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (publicado en 1924), que se inicia con estos cuatro versos:


Me gustas cuando callas porque estás como ausente,

y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.

Parece que los ojos se te hubieran volado,

y parece que un beso te cerrara la boca...


Ambos poemas son de temática amorosa y ambos están escritos en versos alejandrinos, aunque el segundo rima en asonante y el primero está escrito en versos blancos. En cuanto al vocabulario y las imágenes sugeridas, la distancia es abismal. “Tus pies...” es plano, con una dicotomía sombra/luz nada original, un vocablo “aguilares” poco afortunado desde mi punto de vista y con una repetición del verbo “aprender” en los dos últimos versos que establecen la comparación boca/fuego, con el elemento implícito “ardiente” u otro similar, tampoco nada del otro mundo. Sin embargo, “Me gustas...” arranca con un alejandrino aparentemente sencillo, en el que el adverbio “como” es la clave (probad a eliminarlo y tendréis una afirmación más bien sosa) para iniciar una serie de vigorosas imágenes sinestésicas bimembres... En fin, este poema, más de treinta años anterior al de “Tus pies...”, está colmado de una sensibilidad “modernista”, con unos rasgos eufónicos robustecidos por el sólido ritmo acentual y la predominancia absoluta de las vocales fuertes. En definitiva, una diferencia de calidad formidable.


El poema 4, como ya dijo en el prólogo Gimferrer, es “el más valioso de todos”, y yo honradamente opino lo mismo, por su factura, por su longitud y por la potencia sugestiva de las imágenes que incluye. Por lo que dice en dos de sus versos (“Sesenta y cuatro años arrastra este siglo y sesenta / en este año llevaban los míos...”) Neruda, que ha cumplido los sesenta, en ese 1964 publica una de sus grandes obras, Memorial de Isla Negra, en cinco volúmenes. Es un periodo de gran plenitud creadora y en esta obra el autor reflexiona sobre los momentos significativos de su vida en el contexto de la historia nacional, continental y global...

Si en este Poema 4 los versos son irregulares y muestran un progresivo pesimismo al contar la evolución social en su país, como si quisiera hacerse cronista para el hijo venidero de toda la injusticia, de toda la lucha, de todo el esfuerzo y de toda la sangre derramada para  llegar al ahora:


[...]

Sesenta y cuatro años arrastra este siglo y sesenta

en este año llevaban los míos, ahora

de quién son los ojos que miran los números muertos?

Quién eres amigo, enemigo de mi paz errante?

Sabes cómo fueron los días, la crónica,

las revoluciones, los viajes, las guerras,

las enfermedades, las inundaciones, el tiempo que a veces pareció un

[soldado vencido,

cómo se gastaron zapatos corriendo por las oficinas de otoño,

qué hacían los hombres dentro de una mina, en la altura plateada de

[Chuquicamata

o en el mar antártico de Chile infinito dentro de un navío cubierto de

[nieve

No importa, mis pasos antiguos te irán enseñando y cantando

lo amargo y eléctrico de este tiempo impuro y radioso que tuvo

colmillos de hiena, camisas atómicas y alas de relámpago,

para ti que tienes los ojos que aún no han nacido

abriré las páginas de hierro y rocío de un siglo maldito y bendito,

de un siglo moreno, con color de hombres oscuros y boca oprimida

que cuando viví comenzaron a tener conciencia y alcantarillado,

a tener bandera que fueron tiñendo los siglos a fuerza de sangre y

[suplicio.


En el poema “La injusticia” de Memorial de Isla Negra, primer tomo, queda clara su ideología de forma temprana, puesto que este volumen refleja sus vivencias de 1904 a 1921:


Quien descubre el quién soy descubrirá el quién eres.

Y el cómo, y el adónde.

Toqué de pronto toda la injusticia.

El hambre no era solo hambre,

sino  la medida del hombre.

El frío, el viento, eran también medidas.

Midió cien hambres y cayó el erguido.

A los cien fríos fue enterrado Pedro.

Un solo viento duró la pobre casa.

Y aprendí que el centímetro y el gramo,

la cuchara y la legua medían la codicia,

y que el hombre asediado se caía de pronto

a un agujero, y ya no más sabía.

No más, y ese era el sitio,

el real regalo, el don, la luz, la vida,

eso era, padecer de frío y  hambre,

y no tener zapatos y temblar

frente al juez, frente a otro,

a otro ser con espada o con tintero,

y así a empellones, cavando y cortando,

cosiendo, haciendo pan, sembrando trigo,

pegándole a cada clavo que pedía madera,

metiéndose en la tierra como en un intestino

para sacar, a ciegas, el carbón crepitante

y, aún más subiendo ríos y cordilleras,

cabalgando caballos, moviendo embarcaciones,

cociendo tejas, soplando vidrios, lavando ropa,

de tal manera que parecería

todo esto el reino recién  levantado,

uva resplandeciente del racimo,

cuando el hombre se decidió a ser feliz,

y no era, no era así. Fui descubriendo

la ley de la desdicha,

el trono de oro sangriento,

la libertad celestina,

la patria sin abrigo,

el corazón herido y fatigado,

y un rumor de muertos sin lágrimas,

secos, como piedras que caen.

Y entonces dejé de ser niño

porque comprendí que a mi pueblo

no le permitieron la vida

y le negaron la sepultura.



Como puede apreciarse el lenguaje aquí es más comedido, menos triunfal y rimbombante, buscando la descripción desnuda de la necesidad y huyendo de los epítetos innecesarios. La tristeza, la autenticidad, la violencia que impide la vida y acerca la sepultura se hacen tan próximas que casi se palpan...



El Poema 5 tiene un cierto interés:


Por el cielo me acerco

Al rayo rojo de tu cabellera...

de tierra y trigo soy y al acercarme

tu fuego se prepara

dentro de mí y enciende

las piedras y la harina.

Por eso crece y sube

mi corazón haciéndose

pan para que tu boca lo devore,

y mi sangre es el vino que te aguarda.

Tú y yo somos la tierra con sus frutos.

Pan, fuego, sangre y vino

es el terrestre amor que nos abrasa.



Este poema, en heptasílabos y endecasílabos, manuscrito por Neruda en una página de un menú muestra una anotación de Matilde Urrutia que lo fecha en el 29 de diciembre de 1952. Por tanto es coetáneo de Los versos del capitán  (publicado anónimamente en Italia), de Las uvas y el viento y de las Odas elementales. Comparado por ejemplo con el poema “La tierra” de Los versos del capitán:



La tierra verde se ha entregado

a todo lo amarillo, oro, cosechas,

terrones, hojas, grano,

pero cuando el otoño se levanta

con su estandarte extenso

eres tú la que veo,

es para mí tu cabellera

la que reparte las espigas.



Veo los monumentos

de antigua piedra rota,

pero si toco

la cicatriz de piedra

tu cuerpo me responde,

mis dedos reconocen

de pronto, estremecidos,

tu caliente dulzura.



Entre los héroes paso

recién condecorados

por la tierra y la pólvora

y detrás de ellos, muda,

con tus pequeños pasos,

eres o no eres?



Ayer cuando sacaron

de raíz, para verlo,

el viejo árbol enano

te vi salir mirándome

desde las torturadas

y sedientas raíces.



Y cuando viene el sueño

a extenderme y llevarme

a mi propio silencio

hay un gran viento blanco

que derriba mi sueño

y caen de él las hojas,

caen como cuchillos

sobre mí desangrándome.



Y cada herida tiene

la forma de tu boca.

Vemos que su métrica es similar, aunque más variada: la inmensa mayoría de los versos son de siete sílabas, pero los hay de cinco y de nueve. En cuanto al contenido, aunque ambos hablan de la cabellera de la amada, lo hacen de forma muy distinta: en el Poema 5 vislumbra esta desde lo alto y podría suponerse que es parte del fuego que enciende en su interior y que cocina su corazón como pan, ofreciendo su sangre como vino y considerándose, en una especie de antonomasia pletórica de narcisismo, ellos dos la tierra con sus frutos: pan, fuego, sangre y vino.

El poema “La tierra”, por el contrario, es mucho más “maduro” en cuanto al contenido: en él es la tierra la protagonista, la que entrega todos sus frutos (a la cabellera de la amada le permite repartir únicamente las espigas en otoño), la que soporta los “monumentos rotos“ y a ella misma, la que sepulta a los héroes, de la que arrancan el viejo árbol enano...  El final, que corona una pesadilla, la ausencia de la amada que le ha desangrado dejando caer sobre él hojas como cuchillos, contiene una imagen impresionante, adecuadamente realzada por una estrofa de dos versos: “Y cada herida tiene / La forma de tu boca”. Sencillamente magnífica.


El Poema 10  es una oda inconclusa a la oreja. Desde mi punto de vista es, con mucho, el peor poema del libro, y quizá fuera su pésima calidad lo que impulsó a Neruda a dejarlo inconcluso. Fue encontrado en un cajón que contenía manuscritos de diversas odas, que luego fueron incorporadas a varios textos como a las Odas elementales, a las Nuevas odas elementales y a las Navegaciones y regresos.


Maravillosa oreja,

doble

mariposa

escucha

tu alabanza,

yo no hablo

de la pequeña

oreja

mas amada

hecha talvez de nácar

amasado

con harina de rosa

no,

yo quiero

celebrar una oreja



Como puede observarse, nada que ver, por ejemplo, con la “Oda al cráneo” de Nuevas odas elementales, llena de admiración, ternura y asombro:




No lo sentí

sino
cuando caía,

cuando perdí

existencia
y rodé

fuera
de mi ser como el hueso

de una fruta

aplastada:

no supe

sino sueño

y oscuridad,

luego

sangre y camino,

súbita

luz

aguda:

los viajeros

que levantan tu sombra.

Más tarde el lienzo de la cama

blanca como la luna

y el sueño al fin pegándose

a tu herida

como un algodón negro.

Esta mañana

extendí un dedo sigiloso,

bajé por las costillas

al cuerpo

maltratado

y únicamente

encontré

firme como un casco

mi pobre

cráneo.

Cuánto

en mi edad, en viajes, en amores,

me miré cada pelo,

cada arruga

de mi frente,

sin ver la magnitud

de la cabeza,

la huesuda

torre del pensamiento,

el coco duro,

la bóveda de calcio

protectora

como una caja de reloj

cubriendo

con su espesor de muro

minúsculos tesoros,

vasos, circulaciones

increíbles,

pulsos de la razón, venas del sueño,

gelatinas del alma,

todo

el pequeño océano

que eres,

el penacho profundo

del cerebro,

las circunvoluciones arrugadas

como una cordillera sumergida

y en ellas

la voluntad, el pez en movimiento,

la eléctrica corola

del estímulo, las algas del recuerdo.

Me toqué la cabeza,

descubriéndola,

como en la geología

de un monte

ya sin hojas,

sin temblorosa melodía de aves,

se descubre

el duro

mineral,

la osamenta

de la tierra,

y

herido aún

en este

canto alabo

el cráneo, el tuyo,

el mío,

el cráneo,

la espesura

protectora,

la caja fuerte, el casco

de la vida,

la nuez de la existencia.



El Poema 14 es un texto “extraño” dedicado a la muerte de los otros y, en mi opinión, otro de los poemas con cierta calidad, especialmente los primeros y los últimos versos:


Y los caballos dónde están?

De tanto vivir y morir

las personas bien educadas

de tanto decir buenos días,

decir adiós con parsimonia

no se despidieron a tiempo

[...]

El hombre está ocupado ahora

ocupado en cavar su tumba.



Hay que ver lo que es el silencio

en las afueras de Valdivia

por eso no conocerá

la comunidad del subsuelo

la comunión de las raíces

porque estos muertos fallecidos

murieron antes de morir

[...]


Puede compararse con el poema “Cerca de los cuchillos” de Las manos del día, que fue publicado por esas fechas y que trata también el tema de la muerte, pero ahora desde un punto de vista subjetivo. Aquí incluyo las estrofas finales:



[...]

Ahí viene otro, dijo ladrando el perro.


Y yo con mis ojos de frío,

con el luto plateado

que me dio el firmamento,

no vi el puñal ni el perro,

no escuché los ladridos.



Y aquí estoy cuando nacen las semillas

y se abren como labios:

todo es fresco y profundo.



Estoy muerto,

estoy asesinado:

estoy naciendo

con la primavera.



Aquí tengo una hoja,

una oreja, un susurro,

un pensamiento:

voy a vivir otra vez,

me duelen las raíces,

el pelo,

me sonríe la boca:

me levanto

porque ha salido el sol.


Porque ha salido el sol.




El Poema 17, según Darío Oses, quizá fuera la entradilla para “La insepulta Paita” de Cantos ceremoniales, aunque después lo desechó, sustituyéndolo por un prólogo. Si el señor Oses tuviera razón, es difícil encontrar el motivo de su eliminación, puesto que este poema sí tiene la calidad necesaria para formar parte de los Cantos ceremoniales. Quizá Neruda pretendiera incorporar un poema menos extenso y con un tono más solemne, no tan subjetivo… Destaco unos versos que me parecen  especialmente logrados:


[...]

Acostumbrado a los adioses

no gasté los ojos: en dónde

están encerradas las lágrimas?

La sangre sube de los pies

y recorre las galerías

del cuerpo pintando su fuego.

Pero dónde se esconde el llanto?

Cuando llega el dolor acude.

[...]

no sé hacia dónde van las olas,

ni dónde me lleva la nave.

No tiene mar ni tierra el día.


Como ya he comentado, el Prólogo “sustituto” es más objetivo y solemne, reafirmándose esta condición por una secuencia de tres vocativos hacia el final:


Desde Valparaíso por el mar.

El Pacífico, duro camino de cuchillos.

Sol que fallece, cielo que navega.

Y el barco, insecto seco, sobre el agua.

Cada día es un fuego, una corona.

La noche apaga, esparce,  disemina.

Oh día, oh noche,

oh naves

de la sombra y de la luz, naves gemelas!

Oh tiempo, estela rota del navío!

Lento, hacia Panamá, navega el aire.

Oh mar, flor extendida del reposo!



El Poema 19 está dedicado al teléfono, del que se declara enemigo acérrimo a la vez que esclavo. En la producción poética de Neruda no existe, por ejemplo, una “oda al teléfono”.  Muestra, alternando versos serios y jocosos, la metamorfosis gradual…


Del incomunicado,

del ignorante hostil que yo fui siempre

desde antes de nacer, entre el orgullo

y el terror de vivir sin ser amado


a la transformación risible de…


 … ser telefín, telefonino,

telefante sagrado


para admitir la posibilidad de su derrota definitiva y conversión irreversible…


… en teléfono,

en instrumento abominable y negro

por donde comuniquen los demás

el desprecio que me consagrarán

cuando yo ya no sirva para nada


Este poema parecía concebido para integrarse en el libro Defectos escogidos, pero al final Neruda no lo incluyó.



El Poema 20 glosa con admiración el mundo de los viajes espaciales, con un entusiasmo esperanzado:


[…]

porque los astronautas

no iban solos,

llevaban nuestra tierra,

olor de musgo y bosque,

amor, enlace de hombres y mujeres,

lluvia terrestre sobre la pradera,

algo flotaba como

un vestido de novia

detrás de las dos naves del espacio:

era la primavera de la tierra

que florecía por primera vez,

que conquistaba el cielo inanimado

dejando en las alturas

la semilla

del hombre.


Esta aceptación positiva de los viajes espaciales choca con la actitud contraria, mostrada en “El perezoso”, incluido en el libro Estravagario (1958), que termina con una negativa radical a la “posibilidad de mudanza planetaria”:




Continuarán viajando cosas

de metal entre las estrellas,

subirán hombres extenuados,

violentarán la suave luna

y allí fundarán sus farmacias.

[…]

No quiero cambiar de planeta.


Posteriormente, en La barcarola (1967), admite la posibilidad de un hipotético viaje espacial en su “onceno episodio” titulado “El astronauta”:


I

Si me encontré en estas regiones reconcentradas y calcáreas

fue por equivocaciones de padre y madre en mi planeta:

me aburrieron tanto los unos como los otros inclementes:

dejé plantados a los puros, desencadené cierta locura

y seguí haciendo regalos a los hostiles.


II

Llegué porque me invitaron a una estrella recién abierta:

ya Leonov me había dicho que cruzaríamos colores

de azufre inmenso y amaranto, fuego furioso de turquesa,

zonas insólitas de plata como espejos efervescentes

y cuando ya me quedé solo sobre la calvicie del cielo

en esta zona parecida a la extensión de Antofagasta,

a la soledad de Atacama, a las alturas de Mongolia

me desnudé para vivir en el calor del mundo virgen,

del mundo viejo de una estrella que agonizaba o que nacía.



El Poema 21 es un tanto críptico. Parece que habla de dos mascarones de barco. Como comenté al principio, Neruda tenía una colección de mascarones en su casa de Isla Negra, y dos de ellos eran las efigies de Jenny Lind y del pirata Henry Morgan. Si esto fuera cierto, el propósito de la modificación de sus nombres (aparecen como Roa Lynn y Patrick Morgan) no se intuye. El final del poema es un tanto apocalíptico:


[…]

pero continúan las aguas

en la oscuridad, conversando,

contando besos y cenizas,

calles sangrientas de soldados,

inaceptables reuniones

de la miseria con el llanto:

cuanto pasa por estas aguas!:

la velocidad y el espacio,

los fermentos de las favelas

y las máscaras del espanto.


Hay que ver lo que trae el agua

por el río de cuatro brazos!


El año en que escribía este poema (1968), Neruda elaboraba Fin de mundo, y quizá fuera el ambiente que dominaba el paisaje de ese texto el que influyó el del poema 21. El mismo Prólogo, titulado “La puerta”, se desarrolla en una atmósfera irrespirable:



Qué siglo permanente!


Preguntamos:

Cuándo caerá? Cuándo se irá de bruces

al compacto, al vacío?

A la revolución idolatrada?

O a la definitiva

mentira patriarcal?

Pero lo cierto

es que no lo vivimos

de tanto que queríamos vivirlo.


Siempre fue una agonía:

siempre estaba muriéndose:

amanecía con luz y en la tarde era sangre:

llovía en la mañana, por la tarde lloraba.



En fin, creo que con el comentario de estos nueve poemas queda justificada suficientemente mi opinión de que la publicación de este libro era innecesaria, aunque solo sea por su nula aportación a la obra de Pablo Neruda, y que varios de ellos la desmerecen tanto que mejor hubiera sido no haberlos conocido… Me esfuerzo en Quiero pensar que los editores creían de verdad en las palabras que aparecen en la cubierta: “Estos poemas suponen el mayor hallazgo de las letras hispanas en los últimos años. La enorme relevancia de esta obra inédita reside en que pertenecen a un periodo que abarca desde principios de los años cincuenta hasta poco antes de su muerte, en 1973. Son, por lo tanto, posteriores a Canto General (1950) y fueron escritos en la época de madurez de Pablo Neruda”. Y creo que, precisamente por las razones que exponen, hubiera sido mejor que siguieran perdidos, durmiendo el sueño de los textos innecesarios.


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