viernes, 17 de abril de 2015

HOY FIRMA: MARÍA RUBIO DEL AMOR. "EL VICIO DE LA SOLEDAD (en el primer aniversario de la muerte de García Márquez)".



EL VICIO DE LA SOLEDAD


           
El niño que fue Gabriel García Márquez creció empeñado en ser poeta. Aprendió a leer y a escribir tardíamente, pero eso no le impidió devorar a los ocho años la poesía del Siglo de Oro que le llevaría a tener una formación esencialmente poética hasta casi los veinte años. Sus palabras escritas se entregaban a la poesía frente al empeño de su profesor de bachillerato en lo contrario; éste alababa sus poemas para después encaminarlo al mundo de la narración. Escribió entonces su primer cuento, que influenciado por las lecturas de Freud tituló “Psicosis obsesiva”, una historia de una muchacha transformada en mariposa que vivió diversas aventuras en su metamorfosis. Al igual que Cortázar era Julio Denis como poeta, Márquez fue Javier Garcés, y en los últimos años del bachillerato escribió sus mejores sonetos piedracielistas (“La espiga” o “Si alguien llama a tu puerta”). Más tarde ya escribió algunos con su nombre completo y  se publicaron en un suplemento periodístico: “Geografía celeste” y “Poema desde un caracol”. No perdió nunca ese gusto por la poesía, pero las lecturas de Kafka y Borges lo llevaron de nuevo al arte de contar, y se dio cuenta de que quería ser escritor, comenzando su carrera con el primer cuento de Ojos de perro azul e ingresando en el periódico El Universal.

            No pretendo contar aquí una biografía de Gabo, como lo conocían sus amigos más cercanos, sino dar unas impresiones sobre él, sobre lo que proporciona su lectura y hacer un homenaje a tan grande escritor que nos dejó, como no podía ser de otra manera, el mes de las letras, y de las mariposas.



             Su obra completa, en la que se aprecia un continuo juego literario de ficción contada desde una realidad ciertamente vivida por el escritor antes de convertirse en literatura, le sirvió de terapia para quitarse un peso que arrastraba desde niño, cuando su abuela, que se movía en un mundo de difusas fronteras entre vivos y muertos le contaba historias de fantasmas que lo marcaron de por vida; “ (…) porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”, el final de su gran obra vislumbra para mí a la soledad como personaje principal que, de la mano de las vivencias de los demás personajes traza sus destinos y los condena. A veces pienso que a García Márquez le obsesionó tanto este tema que se vició en él y no pudo dejarlo de lado, creo que él mismo se condenó a esa soledad que atrapaba a Macondo; se convirtió en escritor mucho antes para poder encerrarse en un cuarto y ser solitario, pero se desveló en este instante. (Quizás soñó algún día que alcanzaría los cien años y cerraría el círculo al que condenó a las estirpes de Cien años de soledad, quizás).

            Con sus novelas y sus cuentos nos sumerge en ese realismo mágico que convive con la soledad y la desidia de la vida. Lo consigue sin aburrir al lector, que debe ser partícipe de la lectura para construir lo que no se cuenta, porque siempre deja puerta abierta a la imaginación manteniendo la constante expectación. A colación de ello, explico, a través de las palabras de Gabo, la curiosidad de por qué Álvaro Mutis se convirtió en su primer lector de originales:

            Mi víctima absoluta de ese sistema salvador ha sido Álvaro Mutis desde que escribí "Cien Años de Soledad". Casi todas las noches fue a mi casa durante 18 meses para que le contara los capítulos terminados, y de ese modo captaba sus reacciones aunque no fuera el mismo cuento. Él los escuchaba con tanto entusiasmo que seguía repitiéndolos por todas partes, corregidos y aumentados por él. Sus amigos me los contaban después tal como Álvaro se los contaba, y muchas veces me apropié de sus aportes. Terminado el primer borrador se lo mandé a su casa. Al día siguiente me llamó indignado:

           
"Usted me ha hecho quedar como un perro con mis amigos", me gritó. "Esta vaina no tiene nada que ver con lo que me había contado". Menos mal que lo que  he mandado es mejor, bromeó Mutis.

            La soledad lo acompaña siempre, junto a su disgusto por las multitudes, el fastidio que le producían las exhibiciones propagandísticas y su odio por la fama, porque como él decía “ el escritor debe escribir, pero no más”. Todo ello contrasta con esa excéntrica manera de vestir, de ropas sueltas y blancas, de sombreros hedonistas, hasta tal punto que en la recogida del premio Nobel fue vestido con un liquiliqui, vestimenta tradicional del Caribe oriental.  Siempre había flores amarillas en su mesa de trabajo y su primer cuento habla de una mariposa, por ello, lo imagino en un cielo mágico al que han llegado las mariposas amarillas que soltaron en su funeral, con su sombrero vueltiao y una caña en las manos de la que cuelgan pescaditos de oro, y con un cartel posado en las rodillas con una de sus frases: “Nunca dejes de sonreír, ni siquiera cuando estés triste,  porque nunca sabes quién se puede enamorar de tu sonrisa”.



Poema desde un caracol

Yo he visto el mar. Pero no era
el mar retórico con mástiles
y marineros amarrados
a una leyenda de cantares.

Ni el verde mar cosmopolita
-mar de Babel- de las ciudades,
que nunca tuvo unas ventanas
para el lucero de la tarde.

Ni el mar de Ulises que tenía
siete sirenas musicales
cual siete islas rodeadas
de música por todas partes.

Ni el mar inútil que regresa
con una carga de paisajes
para que siempre sea octubre
en el sueño de los alcatraces.

Ni el mar bohemio con  un puerto
y un marinero delirante
que perdiera su corazón
en una partida de naipes.

Ni el mar que rompe contra el muelle
una canción irremediable
que llega al pecho de los días
sin emoción, como un tatuaje.

Ni el mar puntual que siempre tiene
un puerto para cada viaje
donde el amor se vuelve vida
como en el vientre de una madre.

Que era mi mar el mar eterno,
mar de la infancia, inolvidable,
suspendido de nuestro sueño
como una paloma en el aire.

Era el mar de la geografía,
de los pequeños estudiantes,
que aprendíamos a navegar
en los mapas elementales.

El mar de los caracoles,
mar prisionero, mar distante,
que llevábamos en el bolsillo
como un juguete a todas partes.

El mar azul que nos miraba,
cuando era nuestra edad tan frágil
que se doblaba bajo el peso
de los castillos en el aire.

Y era el mar del primer amor
en unos ojos otoñales.

Un día quise ver el mar
-mar de la infancia- y ya era tarde.
 
LA RAZÓN, La Vida Universitaria, 
Bogotá, 22 de julio de 1947


María Rubio Del Amor


María Rubio se define como camaleónica. Nació en 1985 y desde entonces busca precisar su verdadera vocación, pero tiene tantos gustos que le cuesta decidirse. Estudió Filología Hispánica porque ama la literatura, pero trabaja en un bar mítico de Murcia, El Sur, donde tanto artista ha filosofado sobre el arte. En sus ratos libres teje con aguja e hilo o con palabras inventa historias, según sus apetencias y su estado de ánimo, y en su día día lucha por el camino de una sonrisa eterna.


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