martes, 28 de abril de 2015

HOY FIRMA: JOÃO BARRENTO. "UN RITMO POÉTICO HUYENDO... HÖLDERLIN EN LLASOL".


«Un ritmo poético huyendo…»
Hölderlin en Llansol



En principio era una casa (la Casa de Quercus, el roble del poeta Hölderlin, símbolo también de su Alemania ideal), una casa que, para sorpresa del lector, desempeña aquí el papel de narradora, en un texto cuyo incipit viene marcado, no por el esperado verbo que nos sitúa en el tiempo de las historias, sino por la fuerza de las imágenes en el espacio aportada por los deícticos con que se abre Hölder, de Hölderlin: este, ese, aquí… Las figuras, vinculadas cada una con su propio árbol de vida —el roble para Hölderlin, que ya lo había celebrado en el poema Die Eichbaüme, traducido en su día por Llansol; el pino para Joshua, el Cristo que Hölderlin ve como «el dios por venir», luego de comprobar que los dioses de Grecia habían muerto; y el nogal para Giordano (Bruno, el «nolano» visionario)—, se encuentran, al comienzo, a las puertas del paraíso (prometido por Joshua), de la poca-locura (de Hölder, el poeta, en su exilio de treinta y siete años en la Torre de Tübingen, el cuerpo ausente y la mente ocupada con el remolino-poema) y la muerte prematura, por el fuego, del hereje (Giordano) que osó entender el universo como cosa viva y en devenir. A estos tres, llegados de lugares y tiempos diferentes, vienen a unirse sendas figuras de mujer —Myriam y Diotima—, en las que se funden, en anillo, madre, amante y hermana.




            Están reunidos los principales ingredientes narrativos que permiten identificar la marca de singularidad, el fondo de libertad imaginativa y la anulación de tiempo y espacio tan propios de la poesía, de gran intensidad de imágenes, prosa rítmica, más que narrativa, que encontramos en cualquier texto de Maria Gabriela Llansol.

            Hölderin habría dicho un día a Bettina von Arnim —una de las varias mujeres que habían empezado a frecuentar los círculos románticos alemanes, antes incluso de que comenzara el siglo XIX— que «todo es ritmo». Maurice Blanchot lo evoca en un libro de fragmentos (L’écriture du désastre, 1980) que, como tantos escritos de Hölderlin y Llansol, se mueve en órbitas excéntricas, bajo el signo del «enigma del ritmo». A su vez, Llansol anota en uno de sus cuadernos en 1985, en alusión al surgimiento de la locura mansa y el lugar del ritmo en el poeta alemán: «Cuando a Hölderlin se le empezó a llenar la cabeza de su naciente locura, miraba largamente un jardín siempre desierto (…) Se tomaba a sí mismo por un ritmo poético huyendo.»

            Lo que pudo haber atraído a Maria Gabriela Llansol hacia una figura como Hölderlin —más allá del caso singular de un poeta que pasa la «mitad de la vida» al margen del mundo y de sí— probablemente tenga que ver con el lugar privilegiado del ritmo en su poesía y en su pensamiento sobre ella. Curiosamente, la primera obra de Hölderlin que Llansol adquiere no es la poesía, sino las Anotaciones a Edipo y Antígona (en el exilio de Lovaina, en febrero de 1969). Se trata de un pequeño tratado de poética del ritmo que, con los ensayos de traducción de las tragedia griegas, los «Fragmentos de Píndaro» y algunos de los grandes himnos y odas de la fase precedente a la llamada «locura», son buenos exponentes de la centralidad del ritmo en Hölderlin, así como una confirmación de las tesis de la anterioridad del ritmo con respecto al sentido, de una «física del discurso» que puede llevar la prosa de Llansol o los fragmentos finales de Hölderlin al límite de lo comprensible. Cuando, con Hölder, de Hölderlin (publicado en 1993, aunque ya estaba presente en los cuadernos manuscritos en los años ochenta), el gran poeta alemán entra en el paisaje textual de Llansol, adquiere un perfil humano, poético y figural que, poco a poco, en los fragmentos rítmicos que forman este texto, se va dibujando entre los polos de la naturaleza y la escritura, la pasión (en los poemas a Diotima, la amada que inventó el petit nom Hölder presente en el título de Llansol) y el éxtasis o la locura que en él parece ser la versión moderna, sublimada y extática, al tiempo que contenida y controlada, del antiguo furor poeticus. En Llansol el paisaje-Hölderlin se representa entre la humanización de la figura (recurriendo en ocasiones a imágenes muy crudas) y su fulgorización en una prosa donde también encontramos una tensión entre una cuasi visión y un lenguaje preciso, luminoso, rítmico y ritualizado; el júbilo poético controlado que es la marca inconfundible de la gran poesía de Hölderlin. Aquí, en Hölder, de Hölderlin, y también, más adelante, en Onde Vais, Drama-Poesia? (2000), la figura es recuperada y activada en el texto (pero no mitificada, como sucede en algunos poetas portugueses contemporáneos) a partir de temas vivos —la casa, la naturaleza, el árbol, las andanzas, el amor— o del exceso creativo, común a la figura original y a quien la recibe en su escrito —el trance, el lenguaje en el límite de lo decible y audible. Al entrar en el texto de Llansol Hölderlin se vuelve objeto de acogimiento («huésped de rara presencia») y figuración (proceso que deja atrás el personaje histórico y lo transforma en «figura», generando una nueva fuerza activa, con relaciones inesperadas), según las mejores y más originales reglas de la hospitalidad y la atención. Al recibir a Hölderlin en su texto, Llansol obra su reinvención poética, traduce la figura de forma paradójica, como el Borges precursor de Kafka o Pierre Ménard autor del Quijote. Ahora leemos a Hölderlin a la luz de Llansol y no al revés. Es Llansol quien lee a Hölderlin, lo «acrecienta» y modifica (y al leerlo lo da a leer otro), haciendo de él Hölder, incluso Höld; es el presente que (mejor) ilumina el pasado, sobre todo el que ha sido soterrado, olvidado o reprimido. Llansol sabe, por la lectura de Hölderlin que asimila a su texto, lo que no podría saber sin ella. Y lo dice en una síntesis que abarca lo esencial de esta figura en sí misma y en el texto que la acoge: «Supe por él que la naturaleza era un comentario, / que la casa era la gramática de aquella lengua, / que aquella lengua, de hecho, existía, aunque su uso exigía una responsabilidad desmedida hacia lo humano.» (Onde Vais, Drama-Poesia?, pág. 22). 

De este modo, en Llansol Hölderlin es «un campo de tensión», como leemos en un fragmento inédito de 1993 («______ si no fuera un campo de trigo, era un campo de tensión»). En Hölder, de Hölderlin esa tensión se manifiesta, en el plano textual, en la ya mencionada evidencia de los deícticos, huyendo a lo narrativo; pero también en un proceso recurrente, que veo como el trabajo disolvente del texto, donde todo se confunde en un escrito visionario, onírico, rayano en la alucinación: « el sueño tenía la composición de su cuerpo desnudo nunca entrevisto / y la sala que se extinguía en su memoria, sin dejar vestigios, / estaba abierta, apoyada en un nido / que era el seno naciente de Diótima / y del árbol… » Tensión también entre la inserción en el texto de datos biográficos explícitos (Diotima, el viaje a Burdeos, la Torre, etc) y la emergencia progresiva de Hölderlin como figura de la gran ausencia, de la pérdida, del vacío, del fuera-de-sí, del silencio, en camino del «sonido de hacer el último poema». El equilibrio inestable de la fase de reclusión en la Torre de Tübingen («los cuarenta años que estuvo entrepoemas», escribe Llansol en Os Cantores de Leitura, 2007) se hace evidente en un choque (que el breve texto Hölder, de Hölderlin también sugiere) entre los muchos poemas y odas de forma perfecta y los fragmentos que se interrumpen a mitad de la frase, fulguraciones intensas que manifiestan la pérdida del centro y la adopción de máscaras (como Scardanelli y otras) o la confusión de fechas. Tensión, también, entre la progresiva insinuación de imágenes de la decadencia (el «poema-poniente…, haciendo rodar el poliedro del tiempo», el «árbol demente», «el pobre tonto», en un eco del último retrato, «le pauvre Hölderlin») o del vértigo (el «remolino-poeta», «pozo» de «agua sin expresión») y, al mismo tiempo, el poema pleno, el canto «por detrás de cercas» que «volvía todo global y bello» —el paradigma último del poema para Hölderlin y del texto para Llansol, destinado (leemos en Onde Vais, Drama-Poesia?) a «crear lugares vibrantes adonde se pueda ascender por el ritmo, crear en el lenguaje común lugares de abrigo, refugios de una inexpugnable belleza, / reconocerse noble en la participación de la palabra pública, / del don de intercambio con lo vivo de la especie terrestre.»

        
    En su convivencia de cerca de quince años con Hölderlin, el poeta (por la lectura, por la escritura, por la traducción), Llansol anota en las páginas del propio libro, como tantas veces hace (en este caso, en el Cahier de l’Herne dedicado a Hölderlin el 19 de abril de 1993), tras la lectura de un texto en prosa atribuido al poeta (In lieblicher Blaüe: En Bleu adorable, en la versión leída por Llansol, En un azul apacible, en mi traducción), algunas líneas donde imagina ese «campo de tensiones» que fue Hölderlin como compañero suyo de la infancia, en juegos que tienen como telón de fondo un cielo «azul apacible». Aquí, en el fragmento de Llansol y en el texto de Hölderlin famoso por el comentario de Heidegger sobre la frase «Con pleno mérito, aunque poéticamente, habita el hombre esta Tierra», la convergencia se hace evidente, los textos se responden en eco de sus motivos mayores: la tensión entre «la medida del hombre» y la trascendencia, con el poeta como mediador; la creencia en el «dios por venir» (Joshua como nuevo Dionisios en Hölderlin, el júbilo de existir o «el perfil de la esperanza» en Llansol), entre «la vida que es muerte y la muerte que es también una vida» (Hölderlin), sin que en esto haya ya en ninguno de los dos resto alguno de simbolismo cristiano.

            Hölder, de Hölderlin sigue la trayectoria de la locura del poeta, que no sabemos bien dónde empieza, del mismo modo que tenemos alguna dificultad para establecer, en los modos de la escritura de Llansol, los límites entre el impulso poético de la imagen y la entrada en la zona de la visión o la alucinación. Aragon aborda sutilmente este movimiento, tanto de Hölderlin como de Llansol, al sugerir en un largo y extraordinario poema titulado «Hölderlin», que estamos en los límites entre el ser y el no-ser, en una zona entre lo real y lo posible que en Llansol recibe el nombre de «entreser». Me hago eco de algunos versos de Aragon: 

         Il est commode assurèment de tout éxpliquer par
                                   La folie où commence la folie
                                    Orphée
                                   Lui descend dans l'incompréhensible enfer
                                   À la recherche d' Euridyce  Et Diotima
                                   Peut-être dans ces jours dont on ne saura jamais rien
                                   L'avais-tu suivie au fond du non-être
                                   La folie où commence la folie Hölderlin
                                   Survivre quarante et une années
                                                                                              Voilà bien
                                   La folie (…)
                                   L'inexplicable n'est pas ce que folie explique…


Lo que comúnmente se designa como «locura» es también para Llansol una forma de extrema lucidez, la capacidad de «ver el Ser y recitarlo de nuevo» en una lengua nueva, como escribió el poeta Fernando Guerreiro también a propósito de Hólderlin. Llansol manifestará más de una vez su necesidad de situarse al margen, fuera de la literatura que «está muriendo, incapaz de explorar lo extraño de lo humano, lo extraño de que las cosas existan… » Y, de una forma aún más clara, en un cuaderno manuscrito de 1999: «La locura es un conocimiento inconexo y desorganizado, sin eje ni progresión. Más nuevo y más desconocido es visto como más locura, cuando al final, en el texto, más nuevo y más desconocido es más lucidez.» (Cuaderno 1.53, pág. 48).

            Es también esta la lucidez del poeta que «lleva una libertad infinita sobre los hombros», del «hombre desmultiplicado» en Hölder,de Hölderlin. 



                               João Barrento (EspaçoLlansol)
                                               Traducción del portugués: Atalaire     
                   

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