viernes, 6 de marzo de 2015

"Leopoldo María Panero murió solo, no tenía a nadie".




"Leopoldo María Panero murió solo a los 65 años". 

Eso decía Antonio Huerga, su editor, a las pocas horas de morir. Y cuenta cómo su muerte era en sí una incertidumbre, porque nadie decidía sobre si incinerar o enterrar, así de duro lo decía. Su hermano mayor, Juan Luis, también acababa de morir meses atrás, y una semana antes su amiga de la infancia, Ana María Moix.


Con Panero pasaron los últimos años de su vida Charo Fierro y Antonio Huerga. “No tenía a nadie”, decía Antonio. Un poeta que se había convertido en un monstruo de circo a veces, en el muñeco al que ir a fotografiar en las últimas Ferias del Libro en Madrid. El loco, el Panero maldito. 


Poco después, mediado el 2014, Huerga&Fierro publicó su “Rosa enferma”, el libro de poemas inéditos que dejó Leopoldo. Y sigue publicando uno a uno sus poemarios: Teoría, Narciso en el acorde último de las flautas, Last River Together, El último hombre, Poemas del manicomio de Mondragón, Contra España y otros poemas no de amor o Locos. Ahora buscan título para un nuevo libro de prosas inéditas de Panero, que saldrá en breve. 


Han sido y son sus editores, y como bien decía Antonio Marín Albalate en el artículo que le dedicaba en nuestro HOY FIRMA, "Leopoldo los amaba". Soportaron lo bueno y lo malo de los últimos años del poeta. Podrían contar muchas anécdotas, pero hoy queremos compartir con vosotros ésta: una de las primeras veces que Leopoldo visitó la editorial. 

Gracias a nuestros amigos Antonio Huerga y Charo Fierro, a Antonio Marín Albalate, a José María Álvarez, a Montserrat Villar y a Luis Antonio de Villena por querer participar de este homenaje al poeta Leopoldo María Panero.







Corrían los años 80. 

Por aquel entonces teníamos la sede editorial en plena Gran Vía, concretamente en el número 66 y en la séptima planta. Compartíamos planta con empleados de la British Airways. Subir en ascensor hasta nuestra planta era una aventura: ascensor de madera de principio de los años 50, conserje-ascensorista que se encargaba de parar en el piso en el que se bajaba la persona en cuestión mediante una manivela con la que se servía  para el arrancar y parar.


Leopoldo y Antonio Huerga.


Una mañana, como tantas otras, se presentó Leopoldo María Panero. Se montó en el ascensor.  Al rato se puso a mear en plena ruta. Hasta ahí, bien. Pero es que compartía viaje con un ejecutivo de la British. El escándalo fue antológico: el ejecutivo acusándole no ya de haberle salpicado sino que esa acción era una verdadera agresión de orden público. 

Una vez en comisaría de la Calle Leganitos (a unos metros de donde teníamos la Editorial), conseguimos que no le denunciaran…

A pesar de todo, Leopoldo María Panero seguía visitando nuestra Editorial.










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