lunes, 23 de marzo de 2015

HOY FIRMA: MIGUEL MERINO. "ROJO Y NEGRO, EN EL ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE STENDHAL".


ROJO Y NEGRO



Recuerdo robar hace dos décadas un ejemplar de la traducción que de esta novela hiciera Consuelo Berges para Alianza Editorial, e intentar hincarle el diente sin éxito repetidas veces. Por fin lo he hecho. ¡Qué gozada! Y para incitaros a devorar el magnífico novelón de Stendhal, copio aquí el enlace al capítulo IX de la segunda parte, titulado «El baile», que es una joya en sí mismo y recomiendo leer entero (pág. 433)



Sus párrafos iniciales me hacen pensar anacrónicamente en una mezcla de Chandler con Rubén Darío. Imaginaos la escena: aristocrático salón palaciego a inicios del siglo XIX repleto de la nueva fauna social nacida del hachazo de la revolución y el posterior relámpago napoleónico, viejos y nuevos ricos, señorones y señoritos, trepas con talento, buscadotes, matrimonios por patrimonio, advenedizos de toda ralea, a cual más emperifollado y engolado, a cual más hipócrita, adulador y calculador, amanerados todos ellos hasta la náusea, atentísimos a las formas con el fin de maquillar su interior, su hedionda podredumbre, y todo ello sin dejar de bailar y charlar en aparente distensión. Entonces una marquesa le dice a su hija adolescente (una malcriada de buena crianza, acostumbrada a torear y despreciar a todo aquel que la pretenda y le muestre aprecio; id est: una personita indefectiblemente abocada a enamorarse de alguien que le muestre desprecio):


   —Estás de mal humor —le dijo la marquesa de La Mole—; te advierto que eso es de mal gusto en un baile.
    —Lo que estoy es con dolor de cabeza—contestó Matilde [hija de la marquesa] con aire desdeñoso—; aquí hace demasiado calor.
    En ese mismo momento, como para justificar a mademoiselle de la Mole [Matilde], el viejo barón de Tolly sufrió un síncope y se derrumbó; hubo que llevársele. Se habló de apoplejía; fue un incidente desagradable.
    Matilde no hizo el menor caso. Tenía por principio firme no mirar jamás a los viejos ni demás seres que se caracterizan por decir cosas tristes.
    Se lanzó a bailar para eludir la conversación sobre la apoplejía, que no era tal, puesto que a los dos días reapareció el barón. 

Diez páginas más tarde la aristocrática aprendiz de femme fatale ha caído enamorada del profundo desprecio de un joven y orgulloso plebeyo, uno de los grandes personajes de la novela mundial, Julián Sorel, ese rencoroso desclasado con descomunales ínfulas de pureza que trabaja como secretario del padre de la decimonónica pija. 
 
Escena de "Rojo y negro", de Henri Dubouchet.


Y ahí es donde está el otro gran filón de la novela: la historia de uno de los muchos jóvenes subalternos con altas pretensiones (hijos de la entonces naciente clase media) que tomaron como modelo la meteórica ascensión de la pirámide social perpetrada por Napoleón. Es decir: la historia de los afanes de venganza o ajusticiamiento de los súbditos más capaces, no desde la rebelión abierta sino desde el interior mismo de la jerarquía. O en otras palabras: la historia de cómo se puede despreciar y adorar a un tiempo el presente estado de cosas y a uno mismo. 




No hay comentarios:

Publicar un comentario