martes, 18 de noviembre de 2014

HOY FIRMA: JAVIER PUIG. "EL DÍA DE LOS TIEMPOS. SOBRE LA POESÍA DE ELOY SÁNCHEZ ROSILLO"




Eloy Sánchez Rosillo y el misterio de vivir



 Unos versos no contienen por sí mismos poesía, igual que una prosa no excluye su posibilidad. El poeta cree que lo es porque su pensamiento se configura en un lenguaje que nace de lo íntimo, ajustado a unos patrones distintos a los de la comunicación verbal,  impregnado de un sentimiento que es paréntesis en la vida cotidiana. Luego, otros muchos van más allá, construyen su propia visión, que es una forma de explicarse lo que buscan. A menudo, se apoyan en las modas, se sienten acogidos por una generación coincidente. Pero, lo que realmente autentifica a los poetas es su profundidad, su apuesta por un conocimiento que no es fácilmente transmisible, su hurgar en la propia visión enriquecida de las cosas. Hacerse poeta es una arriesgada exploración de las vivencias que lo expresan. Como decía Octavio Paz: “es entrar en el ser”. Sin esa temeridad, es posible que se consigan poemas hermosos, monumentos a la sensibilidad, pero no la penetración en lo desconocido, en lo verdaderamente grande y sublime.



                En su último libro, Antes del nombre, he vuelto a comprobar - y ahora  más que nunca - que la poesía de Sánchez Rosillo es un profundo ejercicio de proximidad, de inmanencia, vivido desde el mismo día de los tiempos. Su ámbito inmediato se mueve entre la emoción de vivir, el sentimiento intimista y el asombro irresuelto: “Y nada inquiero, nada me pregunto. /Ante un asunto así, tan delicado, /sólo hay lugar en mí para el asombro.” Inmerso en la vida, mirando en derredor, se sitúa en la microscópica historia del presente, en la feracidad de la existencia. Escribe desde el mundo hacia dentro, desde dentro hacia el mundo: “por estos ojos salgo yo a la vida/ y entra en mí cuanto existe…”. Se hace preguntas sobre lo que lo envuelve. Se maravilla de estar en la vida, de ser él conciencia de instantes de privilegio: “un secreto sentir casi indecible/de que las cosas sean como son, /de que pueda yo verlas y entenderlas/y acercarme a su ser, y oír sus voces.”


                El poeta atiende al presente, pero a él acude también la vivencia del pasado, los rescoldos de la fugacidad, el tiempo propagándose en otros lugares, en otras voces. Se interna en la vida en busca de una unidad, de un instante que concite todos los devenires. Descubre al hombre como espectador de la existencia antes que como autor de sí mismo; un hombre dependiente de la realidad que recibe, que alcanza experiencias únicas, pero pertenecientes a la suma prodigalidad de los seres. Su tarea es observar la naturaleza, el tiempo, como a compañeros inherentes a quienes uno desea hablar desde una pretendida amistad. 


Sus versos son un canto a la vida, un reconocimiento de sus dones, junto a un atenuado lamento de su hiriente separación. Ante ese aislamiento, lucha con una mirada integradora, con el abrazo a la inmensidad reducida a su sentir completo. Ser un hombre es la naturalidad de estar insertado en el mundo. Consciente de sí mismo, instalado en su frontera, propone la lentitud, la paralización capaz de acoger la propiedad esencial de la vida. Lo que lo vive es la descripción del momento presente que forma parte del circuito de la vida, del tránsito diverso. En su afán de confluencia, se cita con la naturaleza confusa, espera un lejano eterno retorno: “un volver a vivir desde el principio/y esta vez para siempre”. De ahí la leve nostalgia, las palabras que tratan de describir la posteridad del silencio, la revelación inefable, la fragilidad de un presente fugaz.


                Su poesía es aproximación espiritual que genera la victoria de la gratitud frente al mundo: “si miras cualquier cosa un largo rato/ y dejas que entre en ti, que te vacíe de tu oscuridad/y que en tu ser halle cobijo y sea, /verás y sentirás que cuando miras/tú eres mundo también, /que en ti la vida se entrecruza y canta, /y que todo es sagrado.” Todo su mundo poético alienta en un ámbito de recogimiento abierto, en un ser maravillado: “Qué misterio insondable ese reflejo, /que esté yo aquí y que esta noche exista”; elevándose sobre la atrocidad del sentimiento, buscando un más allá en el espíritu: “los dominios del alma empiezan más allá, /donde ya no se advierte el parpadeo/de las últimas luces del sentir”. Entrar en el alma, salir de la tensión del corazón, es la elevación que se propone: “El alma nada sabe del sollozo”. “Apártate del corazón. Aléjate/de sus dictados taciturnos, /de sus querencias caprichosas, /y que prosiga solo sus quehaceres, sin ti”.


Sánchez Rosillo traslada la emoción estética a la palabra fascinada, al tono que venera,  que, poco a poco, va superando el ligero tamiz de tristeza, la recurrencia a la añoranza. Apenas le hace falta concretar sus fijaciones. No le importa reincidir en los ciclos, porque el poeta, desde los recesos de la vida, pervive en la contemplación del girar del tiempo. Es un tiempo de meditación en el que se posee y se deja poseer por el mundo, en el que, gozoso, claro, se funde con él: “Canta, insistente, un pájaro/ahí afuera, es decir, dentro de mí/ (como suelen cantar), /en mi ser que celebra”. Se convierte así en un ser ofrecido y receptor, que busca la precaria relación con lo eterno a través del hondo reencuentro consigo mismo. Reemprendido su ser íntimo, entra en las luces del interior, y se nutre a través de la mirada, del oído; aunque siempre acuden el recuerdo y la expectación: “nunca se sabe nada de la vida”, o “qué enigma este vagar inexorable, /que a un sueño se asemeja.”


La poesía de Sánchez Rosillo me va pareciendo cada vez más afín al misticismo. En el suyo, no se accede a una divinidad concreta sino a una sacralidad intuida: “Qué extraña luz en la intuición…”. Y no se realiza a través de la suspensión de todas las potencias, como relataba Teresa de Jesús, sino con la intervención de los sentidos, de la potente naturaleza que somos: “no se accede allí nunca /por los trabajos de la voluntad, /ni porque el corazón lo ansíe. /Se entra por gracia viva de lo vivo, /por acorde animal de lo creado.” Atento, busca lo enigmático en una “respiración que alienta en todo/y quiere ser oída para ser.”, y se acerca al misterio a través de la contemplación: “El mero estar ahí de cada cosa/es suficiente luz, signo bastante.” 







En libros anteriores, desde la carencia, deambulaba a menudo por los tiempos. Ahora, es como si hubiera resuelto una perspectiva errónea: “Supe de la añoranza y del lamento. /Ahora celebro y canto”.  Últimamente, y más desde su libro anterior, El sueño del origen, se aferra a una vislumbre de eternidad. Allí ya lo sabía: “No hay transcurso”. Una de sus pretensiones de siempre ha sido la de partir de la nada, escribir de la casi nada, hasta alcanzar un discurso puro, una sustanciación esencial. Cada vez más, sus poemas son los crepitantes vestigios de una sutil meditación. En sus versos, se habla a sí mismo, como si asumiera la figura espiritual del Testigo, o tal vez, simplemente, a veces, como necesaria fuga de la prisión del yo: “hoy no quiero encontrarme a ese que soy. /Andar solo, sin mí, qué maravilla.” Muchas veces el tema es el día, o una partícula de él; el día extendiéndose, su creciente y misteriosa conformación.


Sus palabras buscan ser luz, revelación transformadora para sí mismo que, al enunciarse, quiere ser compartida; una amorosa indicación en la senda de cada uno de sus lectores: “Si sólo fueran bellas en sí mismas, / o a cosas sólo hermosas remitiera, /no tendrían sentido mis palabras. /Lo alcanzarán tal vez porque su adentro/-hecho de luz y música-/descienda hasta mi alma y fructifique/en entender y amar.” Su trayectoria poética es un aprendizaje de la paz, de una sabiduría que, desde el asombro cotidiano, busca la reconciliación con el tiempo.



ADENTRO



En el más hondo adentro

de cada cosa hay un silencio puro,

un lugar muy secreto e inviolable,

donde la mano palpa un agua antigua,

un regazo caliente.

No se accede allí nunca

por los trabajos de la voluntad,

ni porque el corazón así lo ansíe.

Se entra por gracia viva de lo vivo,

por acorde animal con lo creado.

Quien consigue asomarse sin esfuerzo

- con naturalidad, con inocencia

que acata y que no inquiere –

a esa oquedad colmada

podrá escuchar un algo que no es ya

la sola cosa misma,

el lenguaje o el alma propios de ella,

sino el latido unánime, enigmático,

que une entre sí lo múltiple y lo mueve,

una respiración que alienta en todo

y quiere ser oída para ser.




CUANDO MIRAS DESPACIO



Si te quedas mirando largamente

cualquier cosa del mundo

- un gorrión, una mujer, un árbol,

un río, un desengaño, tal poema

por el que pasa un río

y una mujer desengañada y sola

y en el que alza un árbol al que acuden

los gorriones mientras cae la tarde-,

si miras cualquier cosa un largo rato

y dejas que entre en ti,

que te vacíe de tu oscuridad

y que en tu ser se halle cobijo y sea,

verás y sentirás que cuando miras

tú eres mundo también,

que en ti la vida se entrecruza y canta,

y que todo es sagrado.




Javier Puig




Javier Puig nació en Barcelona (1.958). Desde 1.988 reside en Orihuela. Ha publicado poemas, cuentos y aforismos en la revista Empireuma, así como artículos en diversas publicaciones impresas, especialmente en La Lucerna. Desde hace dos años, semanalmente, viene publicando artículos, mayoritariamente sobre literatura y cine, así como fragmentos de sus diarios inéditos, en diversos blogs como el de Muñoz Grau, “Historias para no dormir(se)” (www.mgrau.es), Frutos del tiempo (http://frutosdeltiempo.wordpress.com/) o MinutoCero (http://www.minutocero.es/). También ha colaborado en diversos libros colectivos así como en exposiciones poéticas. 

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