martes, 21 de octubre de 2014

HOY FIRMA: AURORA LUQUE (II). "Louise Labé o Petrarca discutido"







Louise Labé, conocida, sobre todo, por sus inconfundibles sonetos amorosos, vive en Lyon en un tramo de su siglo semejante al momento Garcilaso peninsular: el sueño del Humanismo, la realidad de los nuevos mundos, la sociedad de los amantes de las letras, el alimento de los clásicos…Todavía se esperaba que las ninfas asomaran sus cabezas en los ríos castellanos, todavía Labé puede creerse ninfa del séquito de Diana. 





Labé comparte con Safo la hondura en la expresión del erotismo, la destreza verbal,  la sabiduría en el hallazgo de un tono inconfundible  y el logro de una escritura hecha a la vez de simplicidad y de refinamiento, que ambiciona la franqueza tanto como el dominio de la tradición. Y ambas se apoderan de sus respectivas tradiciones (Labé discute con Petrarca) para elaborar un discurso renovado y transgresor.



Cuando el alma sutil se le desgaja

todo ser animado va muriendo:

yo soy el cuerpo y tú su noble aliento.

¿Dónde te encuentras, alma bienamada?


 






Introducción a la edición en Acantilado


Seda e imprentas: la ciudad en la que nace Louise Labé en la segunda década del siglo XVI produce sedas y publica libros. La Lyon de tan bellas industrias era la encrucijada espléndida que miraba de un lado a la maestra Italia y de otro a la entonces pujante España y al inquieto Portugal, y se dejaba penetrar de la efervescencia de ideas que bajaba por el Ródano desde las laboriosas ciudades del centro y del norte de Europa.
Labé vive en un tramo de su siglo semejante al momento Garcilaso peninsular: el sueño del Humanismo, la realidad de los nuevos mundos, la sociedad de los amantes de las letras, el alimento de los clásicos…Todavía se esperaba que las ninfas asomaran sus cabezas en los ríos castellanos, todavía Labé puede creerse ninfa del séquito de Diana. En sus lenguas vulgares, aún frescas y elásticas, resplandece un poderoso discurso nuevo sobre el amor, nuevo a la vez que nutrido de Petrarcas y de viejos Ovidios. Destella una esperanza creadora que bien pronto sucumbirá a sombras oscurantistas y a claroscuros manieristas; alienta un fervor de libros intercambiados, un rumor de epístolas entrecruzadas entre hombres y mujeres curiosos, tan enamorados del latín terso como de sus jugosas lenguas nacionales vivificadas por el aliento de los clásicos, un ir y venir de editores que gozan sacando de las tinieblas a oradores y líricos antiguos en Venecia, en Amberes, en París… Cada traducción era un acontecimiento. Las guerras del dieciséis son también clásicamente crueles. Las nuevas cruzadas religiosas convulsionan ahora las ciudades europeas y acabarán malogrando aquel hermoso sueño. La propia Labé será atacada por Calvino en 1552.


Pocas y legendarias son las noticias sobre la vida de Louise Labé. No se tiene certeza del año de su nacimiento, que sus biógrafos sitúan en Lyon, la antigua Lugdunum y luego Florencia francesa, entre 1515 y 1524. Un hito simbólico aparece en el centro de ese arco de fechas: en 1520 se publica la traducción francesa del Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam.
Sin duda, la formación de Labé fue exquisita y esmerada: conocía el latín y el italiano y tenía conocimientos musicales. La tersura de sus textos transparenta la calidad de sus lecturas y la variedad de las fuentes en que bebe. No por ello ha dejado de causar perplejidad en toda época que una joven burguesa de Lyon, hija de artesanos, alcance de golpe y a la vez “el tono justo en el compromiso feminista, el divertimento mitológico y la gran poesía lírica [...] He aquí una cuestión que se quisiera poder responder” (François Rigolot). Es el “phénomène Louise Labé”.
La biografía de Louise no escapa al tópico renacentista de la conjugación de las armas y las letras. En 1542 tiene lugar el sitio de Perpiñán por Enrique II, entonces el Delfín. Cuenta la leyenda que Labé habría participado en él y por ello recibió el sobrenombre de Capitaine Loys. En 1790 un estandarte revolucionario lionés representaba a su paisana como heroína de la libertad.
Entre 1540 y 1544 Louise contrajo matrimonio con Ennemond Perrin, fabricante de cuerdas como su suegro. A ella se la conocerá en Lyon como la bella cordelera, la Belle Cordière. Por su obra, después, iría mereciendo otros apelativos: la Safo de Lyon, la Ninfa del Ródano.
En 1566 muere probablemente Louise Labé. Tiene, probablemente, 46 años. La mayoría de sus amigos ha muerto. Deja la mayor parte de sus bienes a un amigo florentino, Tomás Fortini.

Labé es conocida, sobre todo, por sus inconfundibles sonetos amorosos. Se conservan veinticuatro en el conjunto de sus Oeuvres, publicadas en Lyon en el año 1555 en la imprenta de Jean de Tournes. Los sonetos, junto a tres elegías y un diálogo también de tema amoroso (el Debate de Locura y Amor), configuran una muestra exquisita de los más selectos géneros cultivados en las letras renacentistas. A la obra propia de Labé sigue un ramillete de poemas de homenaje, redactados en diversas lenguas (latín, griego, italiano y francés), cuyos autores son, en su mayoría, amigos y contemporáneos de Labé. Todo ello apunta a la camaradería literaria que alentaba en el Lyon de mediados del siglo XVI. El grupo lionés será, efectivamente, una petite pleïade avant la Pleïade: Clement Marot, Pernette du Guillet, Maurice Scève, Pontus de Thyard (traductor de Marsilio Ficino y León Hebreo) son algunos de los poetas que lo integran. En su origen subyace un suceso simbólico: en 1533, Maurice Scève pretende haber descubierto la tumba de Laura de Noves, la amada de Petrarca, en Aviñón. Reabrir la tumba de Laura equivalía a invitar a Petrarca a vivir en Francia. 


En sus versos, Labé se sabe hija -díscola a veces- de Petrarca, nieta de Ovidio y bisnieta de Safo añorante de su herencia. Y sin saberlo –sólo dos odas de Safo se alcanzaban a leer a mediados del XVI- Labé comparte con la autora de Lesbos el logro de una escritura hecha a la vez de simplicidad y de refinamiento. La lírica de ambas ambiciona la franqueza tanto como el dominio de la tradición. Y ambas se apoderan de sus respectivas tradiciones (Safo discute con Homero y Labé con Petrarca) para elaborar un discurso renovado y transgresor. Comparten otros méritos: la hondura en la expresión del erotismo, la destreza verbal y la sabiduría en el hallazgo de un tono inconfundible. Labé vive en un momento de ebullición creativa de su lengua. El francés de su tiempo, señala Karine Berriot, “estaba cargado de una intensa vibración afectiva que ligaba las músicas del sonido y del sentido en lo más profundo de la sustancia de las palabras, como testimonian tantas páginas de un sabor y de una exuberancia inigualables”. Imaginación, dinamismo y alegría conquistadora: estas características del francés vulgar son rasgos también de la propia Locura, de la Folie personificada en el Debate labeano. El Debate de Locura y Amor, delicioso contrapunto al Cancionero, se nutre de lo mejor de su siglo y deviene neto músculo renacentista: los sustanciosos diálogos griegos de Platón y Luciano, el centelleante retablo de las metamorfosis ovidianas, los fervores neoplatónicos de Ficino y León Hebreo, las especias picantes de Rabelais, la inquietud y humor del Erasmo más libre. Sonetos, elegías y un diálogo: Louise Labé representa la más pura fibra del dieciséis. Y hoy, en el veintiuno, nos contagia, como muy pocos, el más puro placer de la escritura.



Aurora Luque




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