martes, 24 de junio de 2014

HOY FIRMA: ROGER WOLFE. "RENOVARSE Y MORIR"




         La última vez que estuve en el Casino de Madrid, al que acudo con relativa frecuencia por motivos de trabajo, tuve la ocasión de comprobar, con gran tristeza y consternación, que la venerable institución de la calle de Alcalá ha sido miserablemente macdonalizada. Uno había llegado a convencerse, ingenuamente sin duda, de que a pesar del imparable proceso de estandarización que asola el planeta siempre quedarían ciertas cosas que no cambiarían nunca. En realidad se trataba de ejercicios de lo que en inglés llamamos wishful thinking; es decir, de la muy humana costumbre de obstinarse en ilusiones que en el fondo uno sabe que son espejismos mentales.

         La primera cosa que me chocó fue toparme en el pasillo de la entrada con un macaco mal trajeado que intentó impedirme el paso. El cretino en cuestión era claramente un cuerpo extraño; joven, aséptico, con rasgos físicos totalmente desprovistos de carácter y ese aire de mediocre chabacanería mercantilista que se encuentra uno en representantes de casas comerciales, jefes de sección de grandes almacenes y mandos medios del sector bancario. Llevaba una chapita en la chaqueta, de diseño rectangular, en la que se exhibía en negro sobre crema un nombre. Eso también me chocó, y mucho; el suceso, y todos sus detalles, eran insólitos. Normalmente te encontrabas en la entrada con una hermosa pero discreta señorita, que no se dirigía a ti a menos que tú te dirigieras primero a ella, y que te atendía con comedida solicitud y afable reserva en el caso de que quisieras dejar el paraguas en el mostrador de recepción o el abrigo en el guardarropa.

         El estilo de este imbécil no tenía nada que ver con lo descrito. Se me echó encima con los brazos alzados y las palmas de las manos extendidas, en típica actitud de cancerbero con exceso de celo, para preguntarme que a dónde iba.

         Sentí que me recorría de los pies a la cabeza, para luego ir a parar con un golpe de martillo pilón al epicentro de mi plexo solar, el latigazo de electricidad que desata mis desafortunados pero cada vez más frecuentes ataques de fulgurante cólera nerviosa.

         —Pues ya que me lo pregunta —le contesté, luchando sin demasiado éxito por conservar la calma—, vengo a un acto que se celebra aquí esta mañana.

         —¿Qué acto, caballero?

         —Un acto, ya le digo, que se celebra en el Casino esta mañana.

         —Sí, pero dígame cuál, si no le importa. Para esta mañana tenemos cuatro actos programados.

         —No me diga. Pues mire, lo siento mucho, pero no puedo decirle exactamente a dónde voy, porque no lo sé muy bien. He quedado aquí a las once con una colega.

         Lo cierto es que aquello era verdad; no sabía con certeza cuál era el nombre o título del acto al que me dirigía, ni conocía los pormenores exactos del servicio. Eso es algo que a los intérpretes nos pasa bastante a menudo, y aunque suene raro no tiene nada de particular; dependemos de la buena voluntad y de las dotes organizativas del cliente que nos haya tocado en suerte, que en muchas ocasiones suelen ser escasas, por no decir nulas, y nuestro trabajo, las más de las veces, es un puro albur. De todos modos, aunque hubiera conocido en aquel momento los detalles del asunto, al macaco aquel ya no le hubiera dicho nada ni aun conminado a punta de pistola.

         —Pero bueno, usted sabrá a dónde va, caballero. Tenga en cuenta que no puedo dejarle pasar si no me da la información que le pido.

         —¡Le estoy diciendo que no tengo ni idea! —clamé, alzando ya la voz, y visiblemente alterado—. ¡Que he quedado aquí a las once con una compañera de trabajo! ¿Me deja usted pasar a la cafetería? ¿Es posible?

         Ya lo creo que era posible. De hecho, esto último se lo dije desde lejos, a medio camino ya de la cafetería, y con la clara y manifiesta intención de oponer resistencia física, si fuera necesario, para quitarme de encima a aquella sanguijuela humana envuelta en su traje de pacotilla y sus petulantes aires de sargento de cuartelillo.

         El sargento de cuartelillo tuvo lo que probablemente fuera el primer acceso de sensatez que le sorprendía ese día, y me dejó seguir mi camino sin darme más la paliza. (A veces Dios te concede estos respiros.)

         En cualquier caso, entré resoplando de ira en la cafetería. Y cuando alcé la vista vi a otro sujeto extraño, ataviado con un curil uniforme de color negro —camisa de cuello sacerdotal herméticamente abrochado, sin corbata, y botones ocultos—, secando un vaso tras el mostrador. No era el tipo habitual, porque al enjuto y espigado camarero que solía estar en esa barra lo conocía yo bien, de vista; era un profesional que vestía como es debido, con camisa blanca y chaleco o chaquetilla negros, y corbata o pajarita del mismo color, y llevaba siempre el pelo cortado como también mandan los cánones. El sujeto que con inexpresiva mirada ausente me contemplaba ahora desde el otro lado del mostrador era medio calvo y patilludo, de generosa barriga colgante y rostro sonrosado y fofo (una de esas blanditas y repelentes caras de no fumador). Lucía el habitual rape à la mode que exhiben tantos alopécicos que en tiempos recientes se las quieren dar de modernos, y dos o tres días de barba rojiza, de ésas que llaman «de diseño».


      ©  María Simó


       —Oiga —le dije, sin mediar preámbulo alguno, y con el aliento aún ligeramente entrecortado—, ¿sabe usted quién es ese individuo de la entrada?

         —Perdone, ¿cómo dice?

         —Ese individuo de la entrada. ¡No quería dejarme pasar!

         —Bueno, tiene que preguntar a la gente a dónde va. Si no, podría entrar cualquiera.

         —Pero antes no había nadie en la entrada. Yo llevo años viniendo por aquí, y nadie me había parado nunca. No soy socio del Casino, aunque estuve a punto de serlo; pero vengo con relativa frecuencia. En esta cafetería estuve precisamente hace muy poco, haciendo una entrevista. Siempre se ha podido entrar.

         —¿Cuándo fue eso?

         —Bueno, no lo sé. Quizá no fuera hace tan poco; pero no hará más de un año. Y no era la primera vez.

—Pues no lo sé, caballero. Aquí no puede entrar gente directamente de la calle. Tenemos que preguntar. A veces vienen grupos de turistas, que quieren visitar el sitio, pero no pueden entrar.

         

Lo que me decía el camarero no era estrictamente cierto. Si venías más o menos bien vestido, y tu pinta no era exactamente la de un delincuente, siempre había sido posible pasar. Lo curioso es que para acceder a la cafetería las normas del establecimiento exigían ir de corbata, y aquel lacayo, con su camisa de diseño, no hubiera podido llevarla aunque hubiera querido.

         —Yo incluso he comido aquí —continué. Y luego añadí, exagerando un poco y adoptando el tono ligeramente pedantesco que es el que a veces viene mejor cuando se dirige uno a esta clase de subalternos—: En innumerables ocasiones, se lo puedo asegurar.

         —Bueno, sí. Con reserva se puede pasar a uno de los restaurantes.

         Tampoco eso era verdad. Yo nunca había tenido que reservar mesa para comer en el Casino.

         —De todos modos, y ya que estamos —dije, pasando al ataque directo—, yo a usted nunca lo había visto por aquí. Aquí solía haber otro camarero; un hombre más bien flaco, moreno, un poco serio. Yo lo conocía de vista.

         El lacayo me echó una miradita entre incrédula y dolida.

         —Usted de quien me habla es de Ángel. Ya no está aquí; lo han mandado a otro sitio.

         Todo aquello era de lo más extraño, pero yo no acababa de caer. Me sentía un poco desorientado. En cualquier caso, el camarero me sirvió un café con leche más o menos bebible, y no me quiso cobrar. Supongo que el detalle pretendía ser una ofrenda de paz.

         Poco después llegó la intérprete a la que esperaba y pasamos al salón grande de la planta baja en el que íbamos a trabajar.

         En el transcurso de la mañana aproveché una de mis pausas de media hora (los intérpretes simultáneos nos turnamos cada treinta minutos; uno pasa a traducir, y el otro descansa) para darme una larga y más tranquila vuelta por el edificio. El macaco de la entrada me echó alguna que otra mirada, pero ya no me volvió a molestar. Estos dictadorcillos sólo se propasan con quienes sospechan que pueden hacerlo sin peligro; si de alguna manera creen intuir que perteneces a la jerarquía, te dejan bien tranquilo, por si las moscas. Ir impecablemente trajeado, y envolverse en un aire de misterio, tiene en ese sentido sus ventajas. «Así te ven, así te tratan», decían antiguamente las abuelas; y es una gran verdad (con la que dicho sea de paso estoy totalmente de acuerdo; ética es estética, y viceversa, y siempre lo será).

       
 
  Lo gracioso de la situación, por supuesto, es que los intérpretes, a pesar de nuestra enorme importancia (si falla el intérprete se te puede hundir el congreso, o el simposio, o la reunión), somos habitualmente tratados con mal reprimido desprecio por los organizadores de los actos en los que participamos, que nos consideran un odioso y costosísimo mal necesario, que además los humilla recordándoles que si nosotros estamos allí es porque el personal no domina como Dios manda los idiomas necesarios para hacerse entender.

Todo esto, y seguramente algunas cosas más, se me había ido pasando por la cabeza mientras paseaba por los conocidos interiores del vetusto edificio, que tan benéfico efecto habían tenido siempre sobre mí; el lugar era un verdadero remanso de paz, que te transportaba a un mundo más estático, más calmo, sereno y distinguido, que yo nunca había conocido, aunque irónicamente fuera capaz de añorarlo, y que en todo caso ya no es posible encontrar más que en anacrónicos escenarios dignos de un museo, como el del viejo Casino de Madrid.

         Observé, de todos modos, que los pasillos, los salones y las salas tenían un aspecto ligeramente desmejorado, y que algunos rincones parecían estar sufriendo los efectos de la incuria y la dejadez: un panel de cristal roto, en una de las puertas; el aseo de caballeros, con pequeños charcos de agua por el suelo, el pestillo del retrete arrancado, y papeles tirados por encima del lavabo; las alfombras, deshilachadas y llenas de manchas... El mantenimiento de un lugar como el Casino debe de costar un dineral; una auténtica fortuna.

         En el gran hall abovedado, con sus dos escalinatas laterales, que constituye el vestíbulo propiamente dicho del edificio, me paré un momento a hablar con el flamante ujier. Aquel hombre, con su magnífico y arcaico traje, que recuerda el uniforme de gala de un soldado español del siglo XIX, ocupaba su sitio de costumbre tras el mostrador de mármol situado junto a la entrada principal. Era el único elemento del conjunto que parecía no haber sufrido la sutil transformación que yo había detectado en todo lo demás.

         —¿Cómo va la cosa? —le pregunté—. ¿Se aburre usted mucho aquí?

         —Bueno, aquí estamos. Al pie del cañón.

         —Oiga..., ¿este sitio no ha cambiado? Lo encuentro diferente. Ahora hay alguien ahí arriba, en la entrada, que te pregunta a dónde vas. Es ese chico joven que anda de un lado para otro con un bolígrafo y un tablero en la mano, y que francamente no es muy agradable. Y lleva una chapita en la chaqueta.

         —Sí, sí. Ya sé quién me dice.

         —Y al de la cafetería no lo conozco de nada. Lleva un uniforme diferente; una camisa negra, de ésas que visten los sacerdotes, sin corbata, y sin chaqueta. Es todo muy raro. ¿Esto lo ha comprado alguien? Alguna gran cadena, quiero decir...

         —Pues mire —me contestó el ujier, con inconfundible tono de resignación—, así es. Lo ha adivinado usted.


 Aquel hombre, era evidente, estaba deseando hablar; pero no las tenía todas consigo. Decidí ser absolutamente franco y candoroso, para tranquilizarle, y al mismo tiempo tirarle de la lengua.

         —¡Así que es eso! ¡Ya me parecía a mí! De modo que el Casino lo ha comprado una cadena. ¡Es verdaderamente lamentable! ¡A dónde vamos a ir a parar!

         —Pues sí —repitió el ujier—. Sí, señor; así es. Entre usted y yo, esto es una pena. ¡Ahora somos empleados de RH! Por eso lleva todo el mundo la chapita. A mí me han dejado, de momento, el uniforme...

         RH: la gran cadena, desde hace algunos años ya «global», de asépticos hoteles macdonalizados, que al paso que va acabará comprando hasta los Paradores de Turismo.

         —No me lo puedo creer. ¡No me lo puedo creer! Pero ¿es que ya no hay nada que se salve? ¡Esto es una tragedia en toda regla!

         —Pues me alegro de que usted lo diga, porque no parece que a nadie le importe demasiado. Y no tiene remedio. Al final acabarán con todo. ¡Y vamos a ver si no nos ponen en la calle!

         —El Casino de Madrid...

         —Sí, ya ve. ¡Hasta el Casino de Madrid! Aquí no hay nada que se salve...

         De regreso en la cafetería, me fijé en que el camarero se había puesto también la chapita en la camisa. Por lo visto se le había olvidado hacerlo antes. Le pedí otro café, sin comentarle nada más sobre la diabólica transformación del vetusto establecimiento. Hubiera sido inútil. A estos autómatas, por otra parte, los adiestran precisamente para interactuar mediante diálogos estrictamente preestablecidos. Tienen, para cada hipotética situación que se les pueda presentar, una serie de respuestas aprendidas de memoria, que repiten mecánicamente, como magnetófonos cuando pulsas una tecla. No pueden salirse del guión. Si los apuras mucho, se callan, o alegan ignorancia, o falta de competencia, o te remiten a algún fantasmagórico «encargado» que nunca está presente, o sencillamente vuelven a su respuesta inicial, enfrascándote en un perverso juego de argumentos circulares, totalmente vacíos de contenido, diseñados para hacerte desistir.

         Lo que aún se puede hacer en la cafetería del Casino, siempre y cuando te mantengas dentro de los límites estrictos de las dos salas de que consta, es fumarte un cigarrito. (España de momento sigue siendo, en ese aspecto, y a pesar de la «ley antitabaco», más o menos diferente. Pero los mafiosos de la OMS y de la UE, junto con sus cómplices, los criminales organizados de las multinacionales farmacéuticas, y todos los demás interesados activistas de la industria antitabáquica, no duermen nunca; la prohibición total es imparable, y está sin duda al caer.)

      Me senté con el café en uno de aquellos maravillosos butacones de cuero y me lié un bendito cigarrillo. Cuando lo encendí me volví hacia el camarero, que estaba sirviéndole a alguien una cerveza. Me fijé otra vez en el nombre que exhibía en la chapita: José Manuel.

         «Ese nombre —pensé—, si no se lo han cambiado es porque han tenido un lapsus.»

         ¡José Manuel! Totalmente desfasado; inadmisible. ¡Estamos en el glorioso siglo XXI! La próxima vez que vaya por el Casino —y a partir de ahora me temo que ya no iré más que por obligación—, no me cabe duda de que a nuestro amigo lo habrán rebautizado.

         Vivir para ver.

ROGER WOLFE

Septiembre de 2009


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