martes, 17 de junio de 2014

HOY FIRMA: NATXO VIDAL GUARDIOLA. "PALABRITA DEL NIÑO JESÚS"


 

Se lo he escuchado decir a Joaquín Sabina muchas veces, a la hora de explicar sus avatares (digamos) poéticos. Yo siempre quise ser Antonio Muñoz Molina, dice el tío, y acabé siendo Antonio Machín. Pues bien, a mí me ocurrió lo mismo. Pero al revés: yo siempre quise ser Andrés Calamaro y acabé siendo Andrés Sánchez Robayna. Es un decir, claro.

Lo que quiero decir (lo que de verdad importa) es que creo que los poetas de mi generación, al contrario (o de modo distinto, por no ser tan tajante) que nuestros poetas mayores, debemos a la música (a la música popular, entiéndase: el rock, el pop…) lo que ellos a los clásicos: nuestro primer acercamiento a la poesía, nuestras primeras citas, a solas, con las palabras. No hace falta que diga nombres, pero los diré. Dylan, Cohen, Rolling Stones, Beatles, Cave, Marley, Clapton, los viejos maestros del blues, Buckley… para los de vena anglosajona. Sabina, Serrat, Auserón, Aute, las líricas de Enemigos o Siniestro Total, Milanés, Silvio, Calamaro, los cantautores prehistóricos de ambos lados del océano… para los de corte castellano. Añadan los nombres que quieran. Ellos nos llevaron de la mano, por primera vez, a lanzar versos sobre el agua. Y luego, efectivamente, llegaron los demás.

Lo defendí un día, en una mesa de poesía. Blanca Andreu casi me tira la silla a la cabeza, lamentándolo mucho, dijo. En realidad (luego tomamos copas, y charlamos un rato, y se lo pude decir) no llegué a entender lo que lamentaba. Las cosas que afirmaba que yo había perdido. Aquellas inyecciones de poesía, a los 15 años, abrieron en mi mente surcos que no se han cerrado todavía. Ahora, tres libros publicados y 3000 años después, volvería a hacerlo. 



Escuchar canciones, digo, antes de leer poemas (he dicho antes de y no en lugar de, que luego os ponéis quisquillosos). Volar sobre los versos tristes de Cohen, patinar sobre el slide de Clapton celebrando una noche maravillosa, dirigir la barca alucinada de Calamaro río arriba, buscando a Kurtz o maldecir a todos, desde el jergón de Josele Santiago…… solo con palabras. Es lo que les cuento a los chavales cuando voy a leer a los institutos, donde yo sí que lamento el modo en el que pretenden acercarlos a la poesía, eliminando posibilidades. Talando árboles. Entonces abren los ojos, cambian la mirada y piensan en Melendi, en Vetusta Morla, en Miley Cyrus, en Lady Gaga, en Maldita Nerea. Y yo hago de tripas corazón (las cosas no siempre salen bien, después de todo). Pero ellos comienzan a pensar que, tal vez, el rollo ese de la poesía no esté tan mal. Y luego yo me siento en el primer bar y pido una cerveza. Y brindo por Aleixandre, por Claudio, por Cernuda.

Y ya lo sé: nunca seré Andrés Calamaro. Pero le debo la poesía. 




CRÍMENES PERFECTOS

¿Sentiste alguna vez
lo que es tener el corazón roto?

¿Sentiste a los asuntos pendientes volver, 
hasta volverte muy loco?

Si resulta que sí, 

si podrás entender lo que me pasa a mí esta noche, 
ella no va a volver 
y la pena me empieza a crecer adentro.
La moneda cayó por el lado de la soledad y el dolor.
Todo lo que termina, termina mal, poco a poco.
Y si no termina, se contamina más, 

y eso se cubre de polvo.

Me parece que soy de la quinta que vio el Mundial 78, 

me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor.
La moneda cayó por el lado de la soledad, otra vez.
No me lastimes con tus crímenes perfectos, 
mientras la gente indiferente se da cuenta.
De vez en cuando, solamente, 

sale afuera la peor manera.

Si resulta que sí, 
si podrás entender lo que me pasa a mí esta noche, 
ella no va a volver 
y la pena me empieza a crecer adentro.
La moneda cayó por el lado de la soledad y el dolor.
La moneda cayó por el lado de la soledad, otra vez.


 Andrés Calamaro







BIENAVENTURANZA Nº 11

Lo que no dice nadie
es que por cada una
de esas cigarras vagas
hay un millón de hormigas
sistemáticamente organizadas
habitando cálidos hormigueros;
cada lechera alegre
otro millón de lobos.
Rompamos este verso
por los que siempre pierden en los cuentos
porque de ellos
es la literatura del futuro:
una literatura de cigarras
para echarse a cantar en los veranos
hecha de carne viva, de partos dolorosos.
Una literatura así,
como nosotros.






Natxo Vidal Guardiola (Monóvar, Alicante, 1978) es profesor superior de música en la especialidad de trombón. Suyos son los libros de poesía Atrás no es ningún sitio (Universidad de Murcia, 2006, Accésit en el VI Premio de poesía Dionisia García) y Sal en los ojos (Los papeles del sitio, 2012, candidato al Premio de la Crítica Literaria Valenciana). Aparece en la antología de relato breve Semana de pruebas (Lagartos editores, 2009) y colabora regularmente con la revista de arte y literatura El coloquio de los perros. Aparece en numerosas revistas y foros, y en los últimos años ha sido visto por los bares de varias ciudades en compañía del cantautor José María Ramón, que pone voz y música a sus poemas (con el espectáculo conocido como Versos en los dedos). En 2013 publica con Huerga y Fierro el poemario La niña que juagaba a la pelota con los dinosaurios.







No hay comentarios:

Publicar un comentario