domingo, 1 de junio de 2014

ESPECIAL HOY FIRMA: ALBERTO CHESSA.





DESOLADA CONCIENCIA… DE CERA
 



Confieso sin rubor que una de las cosas más estimulantes que le ocurrió a mi adolescencia fue el encuentro con Museo de cera. Esa enramada de nombres, versos, espejos enfrentados, guiños al lector, drapeados tipográficos y juegos astutos con la tradición de las más distinguidas disciplinas culturales no es posible que deje indolente a nadie que se atreva a recorrer con calma las salas de ese museo. Si acaso, abrumado; y presa del estupor si, como refiero, el visitante es un jovenzuelo en plena formación. Enseguida, bauticé una colección de poemas que fueron naciendo, en su mayoría, al socaire de mi lectura, Ceniza en el viento, pues había entrado en comunión con Anastasio “el Bizantino”, trasunto (uno de ellos) del autor de esos versos que me siguen estremeciendo siempre que los evoco: «La Luna brilla esta noche con toda su hermosura / sobre las naves y el puerto. / La ciudad duerme. Todos tienen un sitio / que pueden llamar suyo. / Sólo yo, el poeta, soy ceniza en el viento».

¿Quién era ese tal José María Álvarez que, durante un tiempo, se convirtió en algo parecido a un surtidor que, del mismo modo que manaba y proveía de imágenes y reflexión mi poesía incipiente, acababa también por encharcar cada composición que salía de mi mano, irremediablemente ya vicaria? Pronto me nació una gran curiosidad por conocer en persona a quien mostraba un regusto tal por el símil enigmático y, por tanto, agitador, nada convencional o repulido (en arte -si se me permite-, todo lo que no perturba es pompier). Algún día, tenía yo que conversar con un poeta quizá el más oriental (o bizantino, como su creación) de todos los de nuestra lengua y, a la vez, con afán y dicción propios de los europeos que dan vida a ese mundo de ayer que soñó despierto Zweig. Llegaría un momento en que pudiera preguntarle a ese hombre cómo carajo lograba hechizar de esa manera, embrujar los sentidos, acamar las angustias diarias, sólo con mencionar Istanbul a tiempo, con citar a Shakespeare o el buen nombre de Mozart como si fueran lo único que tiene sentido en este maldito segundo, y suspirar después de gozo porque los dioses todavía permiten la degustación animal de un cuerpo, de un vino, de la Luna casta y zorra, según, pues lo mismo se mete hasta el fondo de la copa para endulzarla que devuelve una escaleta en presente de la propia desolación.

No tardó mucho en llegar ese día. Álvarez coordinaba por entonces (los noventa mediados) unas jornadas de poesía en la ciudad de Murcia que llamaba Ardentissima. Por el embudo de una semana escasa iban apareciendo autores venidos de cualquier punto del mapamundi, en número tan descerebrado que, más que compartir mesa, debían pelearse a codazos por un hueco. Desde bien temprano en la mañana hasta la madrugada más negra, todo era un aluvión constante de recitales, debates, conferencias, exposiciones, y además de aquí para allá, en auditorios y en cafés de media tarde, museos y bares donde sólo hay agua en los lavabos. No me perdí ni una. Como el beato de misa diaria, no dejé de ir (por riesgo, quizá, de excomunión poética) a todas y cada una de las celebraciones. Sólo hubo otro individuo que no faltara a ninguna cita, y ese fue José María Álvarez, de manera que, al tercer o cuarto día, empezaba a mirarme extrañado -supongo- por tal fidelidad. Me saludaba enarcando las cejas, y yo le devolvía el gesto idéntico, sin atreverme a entablar una charla trivial con él, no tanto por timidez (que no lo soy; aunque tampoco su contrario) sino por no parecerle imbécil. Cuando quedaba poco para despedir aquella edición de Ardentissima, se me acercó su creador y me dijo: «Tú escribes, ¿verdad?».



 © Carmen Marí



Llamé (...en fin) Desolada conciencia a la gavilla de poemas (todos monólogos dramáticos; la mayoría, con nombres como el de Ovidio o Madame Bovary protagonizando los títulos) que le dejé    a Álvarez al término de aquella semana. Habría pasado un par de meses cuando me telefoneó para citarme en el Café del Arco. Prefiero ahorrarle al lector detalles de mi desasosiego en las horas previas a encaminarme a aquel lugar. Baste aclarar que era la primera vez que un poeta que forma parte de eso que, para entendernos (y, en ocasiones, también para desentendernos), llamamos el canon contemporáneo, se avenía a leer versos míos.
Estuvimos un buen rato conversando; o, más bien, respondiendo Álvarez, con educación y generosidad, todas las cuestiones sobre su poesía (y alguna sobre la poesía) que le iba planteando con vehemencia mal disimulada. Recuerdo deletrear los nombres y las obras de Yeats, Villon y San Juan de la Cruz (a quien, por cierto, he visto que Álvarez, en su último libro, ha vuelto a lo lascivo). También recuerdo cómo no se molestó, sino que trató de refutarlo con modales exquisitos, cuando le afeé con insolencia lo que consideraba a veces en sus libros un regodeo fácil en la provocación, la boutade o la retranca. Creo que por precaución (mi observancia de no perderme un recital tal vez le resultó simpática pero también algo atolondrada), le había pedido a un hijo suyo que se acercara al Café, diría que una hora más tarde de la que me dio a mí. El chico (de mi edad, quizá un poco mayor) llegó, saludó y tomó asiento junto a su padre, mientras, como es obvio, yo recogía mis cosas y me despedía con corrección y entereza fingida.

Por “mis cosas”, por aquello con lo que cargué de vuelta a casa, me refiero a Desolada conciencia. Poco antes de que llegara el hijo, Álvarez sacó esas hojas mecanografiadas que, unos meses antes, yo le había compuesto y confiado, y empezó a tachar con su bolígrafo uno tras otro todos los versos del poemario (todos no, claro está; pero aseguro que los indultados no conformarían la decena). Por supuesto, no había en ese gesto la menor saña. Con elegancia, con respeto, sin asomo de eso que sí que es una vildad, y más imperdonable aún cuando se ejerce sobre poetas noveles, como es la condescendencia, José María Álvarez fue podando (y aclarando por qué desdeñaba cada línea) el jardín de mi cándido libro culturalista hasta conferirle, a base de sobrelíneas, borrones y tachaduras, un aspecto más parecido al de un mural de Basquiat.

Mi gratitud por aquella tarde y, sobre todo, por aquella lección es duradera; por no decir infinita. Ese ejemplar no he querido tirarlo nunca.




                                                                                                                      Alberto Chessa
                                                           Madrid, 31 de mayo de 2014



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