martes, 27 de mayo de 2014

HOY FIRMA: JUAN PABLO ZAPATER. "ANTONIO PRAENA, ALMA MÍSTICA Y CORAZÓN MUNDANO"







Antonio Praena es un claro ejemplo de vocación poética. Estoy seguro de que el adolescente que fue un día ya andaba escribiendo versos en algún secreto cuaderno, mientras sus compañeros y amigos quizás se preocupaban más de conseguir el último éxito del cantante o grupo de moda y de aprenderse el próximo baile que iban a exhibir en la pista de cualquier recién inaugurada discoteca en las inmediaciones de Granada. No se lo reprocho a ellos, de la misma manera que me alegro vivamente de que Antonio, que también de vez en cuando escucharía esas canciones y pisaría esas mismas pistas de baile, dedicara parte de su tiempo a leer buena poesía y a tratar de ser el protagonista primerizo de sus propias composiciones. Así debió ir naciendo, tras un sosegado aprendizaje y con la paciencia impaciente de quien desea verse convertido en un escritor publicado, su primer libro, Humo verde, que vio la luz el mismo año en el que nuestro autor cumplía los treinta junios y fue Accésit del Premio de Poesía Iberoamericana Víctor Jara (Amarú ediciones, Salamanca, 2003). Este poemario ya nos regalaba el aliento de una voz perfectamente construida, al tiempo que profundamente emocionada, como demuestran estos versos:


“Y pensar que nadie desabrochará mi camisa
con manos de paloma,
ni hará caracoles en el vello de mi pecho
porque ya tengo un amor que es Todo y Nada…

Y saber que soy un guerrero
que reza como un almendro.”



   Apenas tres años más tarde, el entregado poeta tendría nuevo libro, Poemas para mi hermana, con el que obtuvo el Accésit del Premio Adonáis 2006 (Rialp, Madrid 2007). En sus páginas Antonio Praena reúne veinticinco textos que constituyen una elegía discontinua dedicada al irremediable final de un afecto que le marcó en lo más hondo y prefirió dejar en el anonimato, enmascarándolo poéticamente bajo la hermosa y triste metáfora de la pérdida de un familiar querido:


“Toma en tus manos
este jersey tejido en nudos de memoria.

Consérvalo, porque algún día
recordarás las manos desgastadas
que lo tejieron en las noches de tu infancia.
Y no podrás volver. Y tendrás frío
cuando descubras que vivir
a veces es llorar.”



   Nadar entre las aguas del género elegíaco es muy arriesgado, todos lo
sabemos. Resulta fácil verse atrapado por los remolinos de la melancolía y acabar ahogándose bajo el oleaje de una desmedida aflicción. Antonio Praena, sin embargo, consigue siempre mantenerse a flote y así el equilibrio de su brazada poética, contenida, acompasada y precisa, nos invita a completar junto a él y junto a los seres más cercanos y queridos de su entorno familiar, la honda travesía de este libro:


“Tú no te acordarás, porque eras muy pequeña
–como los ruiseñores yo diría–.
En realidad mamá te canta a ti,
que eres los ruiseñores de pequeña,
y el agua de la acequia
está en mis ojos ahora mismo.”


   Esos ingenuos hechos cotidianos no son sólo momentos ciertos que rememora el poeta, pues en ellos germina una y otra vez la yedra de la reflexión que trepa por la pared del opaco presente extendiendo sus frágiles brazos para tratar de alcanzar el otro lado del muro, porque tal vez allí se encuentre una distinta luz reveladora que ayude a entender cómo compaginar todo el amor que se nos hace sentir con el impenitente y triste paso del tiempo, con la inesperada aparición del dolor y de la muerte:


“Es imposible amar fuera del tiempo,
nada infinito hay que se alcance sin su hebra,
aunque la hechura de su amor
nos muestre su belleza en sacrificio
sólo al perder a quien más hondo nos ha amado.”



   El tercer libro de poemas de Antonio Praena, publicado bajo el precioso y esclarecedor título de Actos de amor, obtuvo el Premio Nacional de Poesía José Hierro del año 2011 (Editorial Universidad Popular 2012) y evidencia un giro de intención formal con respecto a sus dos entregas anteriores. En él los textos son tratados con un cuidado exquisito en cuanto a la utilización de la métrica y el ritmo, escogiendo el heptasílabo y el endecasílabo como modos preferentes de estructura versal, elección que guarda perfecta coherencia con las palabras pronunciadas en algún momento por el propio poeta: “La forma nace para llevar la palabra a su máxima expresión de belleza y esta belleza ya contiene en sí misma una necesidad de ver juntas verdad y emoción, rigor artístico y profundidad vital.”


   También se observa en este poemario un cambio de actitud del autor, que se refleja sobre todo en la diversidad de registros todavía no mostrados en sus obras precedentes y en los contrastes de los tonos, a veces duros, a veces tiernos, que se utilizan para según qué textos de los que se incluyen dentro de las cuatro partes y el prólogo final en que se divide el libro. Porque Actos de amor, como su título adelanta, trata de cuatro de las dimensiones o categorías en las que el ser humano puede ver trascendido ese que sin duda es su más elevado sentimiento.

  


En la primera de ellas, De la misericordia espirituales, dedicada como su encabezamiento indica al amor incorpóreo, el poeta granadino nos habla de la voluntaria aceptación de un destino, del abandono de una forma de vida, hasta entonces la única por él conocida, por otra en la que prevalecerá la renuncia a su bienestar exterior y la consecuente entrega de su riqueza interior a un mundo por conocer. Figura paradigmática de ese proceso vital es la de Francisco de Asís, a quien Praena dedica estos delicados versos:

“Un hombre se desnuda ante la nieve.
Abraza a sus amigos y uno de ellos
le toma suavemente de la mano: –Francisco, no nos dejes.” 



   La segunda parte del libro, introducida por el epígrafe Mundo, canta a la amistad hasta elevarla a la sublime condición de amor puro, una variedad de hermanamiento incondicional que no entiende de deudas diferidas, porque nunca reclama algo a cambio de aquello que da:


“Te doy lo que no tengo: aquí va todo.
Libértame de mí, méteme dentro.
Gozoso de perder, gano la vida.
Entrando en tu pupila, nazco entero.”



   En el tercer apartado, el titulado Carne, es el amor mundano el que reclama su lugar en mitad del itinerario existencial del poeta. La lucha eterna entre su cuerpo y su razón, esos enemigos íntimos que unas veces se enfrentan y otras veces se alían, también constituye finalmente un combate de amor, que a menudo deja vencedores y vencidos:


“Me fui fuera de ti
para poder volver un día
curado de la bestia que me ocupa. 
He vuelto a la cordura y me he perdido.
He vuelto a la cordura y estoy muerto.”



   En la cuarta y conclusiva parte del libro, De la misericordia corporales, Antonio regresa de pleno a la inocencia, a ese candor que inevitablemente lo invade cuando se siente resguardado bajo el techo protector del amor familiar. Un candor que de pronto desaparece en los dos poemas que integran el Prólogo final, donde se abraza el amor a la vida y se hace un examen de conciencia proclamando la pequeñez de la propia pena, cuando la comparamos con aquellas otras que asoman cada día a la ventana desde la que contemplamos el mundo.


   Y así llegamos al último volumen de poemas publicado hasta ahora por Antonio Praena, Yo he querido ser grúa muchas veces, que resultó galardonado con el XXVI Premio Tiflos de Poesía (Colección Visor 2013). Este sorprendente endecasílabo que da título al libro y despierta la sana curiosidad de todo aquel que lo conoce, hace referencia, en palabras del autor, al paralelismo que estas máquinas de la construcción tienen con el alma humana ya que, al igual que ella, encuentran su espacio natural entre el cielo y la tierra. Más aún, si atendemos a los símbolos que otorgan unidad al poemario, nos daremos cuenta de que los pájaros, el aire, los aviones y el vuelo están permanentemente presentes a lo largo y ancho de sus páginas, compartiendo ese mismo paisaje urbano que ocupan cada día las altas grúas.


“Yo he querido ser grúa muchas veces,
recibir la nevada antes que el mundo,
los pájaros, los rayos matutinos,
y ser desmantelado cuando acabe
la obra en la que elevo humilde carga.”



   Declaraciones como esta nos regala Praena en un libro que supone un ir todavía más allá en algunas de las propuestas éticas y estéticas que ya hemos analizado al hablar de su obra inmediatamente anterior, que contiene una poesía que combina sin brusquedad ecos del pasado con imágenes del rabioso presente, que mezcla lo espiritual con lo material, lo trascendente con lo cotidiano. Un buen ejemplo de ello reside en el poema titulado “Nido en la niebla”, que voy a tomarme la libertad de transcribir completo:


“Cuando en las madrugadas, a vuelta del delirio,
se me hielan los huesos,
cuando en los centros comerciales estoy solo,
cuando acepto,
cada vez que lo acepto,
que al dar la vuelta a aquella esquina
dejaste sólo niebla,
cuando el no de los hombres se consuma
y el sí de Dios es carne aniquilada,
no sé muy bien por qué,
me acuerdo de aquel nido.”



   Hay que reconocer que esa originalísima fusión poética, que cierto sector de la crítica ha intentado definir como una moderna “mística de lo humano”, no es sencilla de concebir ni de plasmar. Quizás de algún modo pueda ser considerada, salvando los siglos que la separan, como heredera lejana de las obras de Juan de Yepes y de Teresa de Cepeda, pero en los textos de Antonio Praena entra en juego un matiz más terrenal, más humano que místico, me atrevería a decir.

   Lo que resulta incuestionable es que estamos ante una voz personalísima capaz de armonizar culturas tan distantes en el tiempo y en la concepción del mundo como la grecolatina y la postmoderna, ante un poeta que con igual naturalidad nos habla de la contemplación de un tríptico en la Galería Uffici y del agradecimiento que siente hacia la taxista madrileña que lo condujo al hotel, después de una noche de juerga y de pecado.

   La poesía de Antonio nada excluye de la vida, porque en la vida todo acaba formando parte de un inmenso rompecabezas cuyas piezas nunca terminan de encajar a la perfección, pues de lo contrario llegaríamos con demasiada prontitud al final del juego. Sentirnos imperfectos, pensará para sí, es sentirnos vivos y de esa manera seguir conociendo y conociéndonos, acrecentando día a día nuestro amor por las cosas, nuestro amor por el otro, nuestro amor a ese Dios que cada cual concibe a su imagen y semejanza.


  En Yo he querido ser grúa muchas veces, como ese stripper virtual que en un poema desnuda su cuerpo ante la web-cam para los ojos de una desconocida, Antonio Praena desnuda sin temor su alma, y lo hace para todos y cada uno de nosotros, lectores suyos también desconocidos. Atendamos pues a la íntima revelación que nos llega a través de la emoción y la claridad de sus versos, y dispongámonos a dejar que su poesía atraviese una vez más el blindaje de nuestros corazones.






JUAN PABLO ZAPATER (Valencia, 1958) cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Valencia, al tiempo que realizaba sus primeras incursiones poéticas publicando sus textos en diversas revistas y antologías. En la década de los ochenta codirigió junto a Vicente Gallego la colección de plaquettes “La pluma del águila”, dándose a conocer literariamente con la aparición de su libro La coleccionista -al que un jurado presidido por Octavio Paz le concedió el Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe a la joven creación-, que fue publicado por Visor Libros (Madrid 1990) y recientemente ha sido objeto de reedición en la Colección de poesía Leteradura (Valencia 2013). Después de un largo tiempo de silencio, y como fruto de la necesidad poética, ha dado a la luz un nuevo libro titulado La velocidad del sueño, aparecido en la Editorial Renacimiento (Sevilla 2012), con el que ha obtenido el Premio de la Crítica Literaria Valenciana.





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