lunes, 31 de marzo de 2014

ESPECIAL ROBERTO JUARROZ: LA POESÍA COMO SALTO INCENDIARIO por Diego Sánchez Aguilar




Roberto Juarroz se obstinó en titular todos sus libros igual: “Poesía vertical”. Esa referencia espacial tiene una perfecta consonancia con la voluntad filosófica de su poesía, que se orienta sin pudor y con audacia hacia aquellos rincones de la pregunta por el hombre en los que la férrea lógica filosófica hace aguas y provoca la huida de los más cobardes de sus miembros: los terrenos pantanosos del origen, del espacio antes de la palabra y el hombre, de la nada fundadora, creadora y devoradora de sentidos cerrados. 


Pero esa determinación espacial es también un repertorio de imágenes. Juarroz tiene claro que la imagen, la palabra y el pensamiento son una unidad indisoluble en nuestra manera de entendernos, de pensarnos, de nombrarnos.
Los espacios verticales de la poesía de Juarroz están dominados por el abismo. Y la audacia antes mencionada es la que todo escritor debería tener para mirar de frente esa caída sin fondo, para sondearla y, como hizo Juarroz en su poesía, para dar el salto.
Juarroz convierte el movimiento vertical, descendente y abismal del salto en todo un movimiento mítico y filosófico. Retroceder, saltar y descender forman parte de un mismo itinerario mítico encaminado a la utopía del origen desde una perspectiva ontológica. Son los verbos que llevan al destino, entendiendo el origen como destino y deber del hombre, o al menos del poeta. En ese espacio imaginario donde las acciones son descender, retroceder y saltar, los sustantivos privilegiados como símbolos del territorio mítico serán el pozo, el abismo, la grieta. Indicios de la ausencia de base; índices que abren el espacio de la ausencia de origen, y así, el nuevo mito del origen como ausencia.
Ese itinerario mítico es inseparable del filosófico. En Juarroz, saltar, bajar y otros movimientos hacia el origen serán también nuevas formas de pensar, nuevas formas de acercarse al origen del pensamiento como creador de la realidad y, por ello, formas que intentan la utopía de un nuevo pensamiento capaz de originar una nueva realidad y por tanto un nuevo concepto de hombre.
Con la interpretación de uno de los muchos poemas en que Juarroz centra su imaginario en el salto, podremos penetrar un poco más en el sentido de este símbolo y en el sentido de la poesía juarrociana.:

Todo salto vuelve a apoyarse.
Pero en algún lugar es posible
un salto como un incendio,
un salto que consuma el espacio
donde debería terminar.

He llegado a mis inseguridades definitivas.
Aquí comienza el territorio
donde es posible quemar todos los finales
y crear el propio abismo,
para desaparecer hacia adentro.[1]

En este poema podemos ver una técnica muy habitual de Juarroz y que nos da una pista de su manera de entender la poesía: analizar, deconstruir, no fiarse de ningún significado. Por eso, el primer verso nos dice la ley que pretende romper, el punto de partida desde el que va a saltar: Todo salto vuelve a apoyarse. La noción de “futuro apoyo” está implícita en la definición de “salto”, viene definida por la inviolable ley de la gravedad. Siempre se vuelve al suelo, al fundamento que nos define. La fugaz libertad del salto es una ficticia violación de la ley de la gravedad, la prueba de su inevitabilidad. 



Entonces, si todo salto es así, ¿no hay más que hablar?, ¿ha terminado el poema?, ¿es así el mundo, la realidad, el ser de las cosas? Claro que no. Es la labor del poeta ir más allá de ese significado cerrado, de la ley que nos ha dado un mundo definido y explicado, y saltar por encima de ella para intentar abrir la posibilidad de un nuevo mundo. Por eso el segundo verso lleva al lector al espacio mítico, al espacio de la posibilidad absoluta donde es posible violar esa ley e instaurar una nueva. Es el no-lugar del mito, el origen en el que nada está definido y desde el que puede crearse todo: Pero en algún lugar es posible. Ahora Juarroz va a crear su propio “salto”, el salto que no tiene retorno, que hace desaparecer la base, el apoyo, el término que limita: “un salto como un incendio, / un salto que consuma el espacio / donde debería terminar.”
El salto se convierte en suicidio y sacrificio: espacio de la nada. El salto quiere abolir todo fundamento porque el salto es una forma de pensamiento: un intento de hacer un pensamiento esencial, inicial, que pueda “pensar el ser”.  Por esta razón, Heidegger recurrió también a lo simbólico del salto para explicar la necesidad de un pensamiento que pudiera escapar del pensamiento metafísico, del mismo modo que habló de “retroceso” con una intención similar[2].

La exigencia de este movimiento simbólico está determinada por la orientación filosófica de Juarroz, que no es otra que pensar el ser. Por esto, el salto se alía con la imagen del abismo. El incendio que propone Juarroz para violar la ley del fundamento y que el salto no vuelva a apoyarse se puede entender siguiendo el concepto de salto de Heidegger, el cual también incluye una declaración incendiaria respecto a los fundamentos y apoyos: si se quiere pensar el ser, hay que saltar desde el fundamento del ente. Es decir, hay que renunciar a los conductores de explicación que derivan también de ese suelo o fundamento por el que conocemos la realidad de las cosas, su sentido.
Podríamos decir que el primer verso es una ley referida a la realidad, una ley que emana del fundamento habitual del ente, (“Todo salto vuelve a apoyarse”). El segundo verso, consciente de esa limitación, y de la posibilidad de hacer del salto una forma de pensar el ser, abandona polémicamente (con la conjunción adversativa) el terreno de la realidad y entra en el de la posibilidad (Pero en algún lugar es posible…). A partir de ahí el salto se convierte en una forma de pensamiento poético e imaginativo cuya misión es, en toda esta primera estrofa, de tipo crítico. Ese salto incendiario pretende destruir todo fundamento, todo suelo, todo apoyo por el cual conocemos la realidad tal como es.
En la segunda estrofa esa misión crítica ha terminado. La realidad ha desaparecido gracias a la destrucción del fundamento y por lo tanto el “yo”, como sustento de esa realidad, también ha sido sacrificado como sujeto, eliminado en el suicida salto al vacío.
Ha sacrificado esas seguridades, ha consumado un sacrificio-suicidio de ellas, su identidad de hombre-sujeto. Gracias a María Zambrano, cuyo pensamiento es siempre cercano al de Juarroz, podemos entender un poco mejor el sentido del sacrificio. Según la filósofa, la función del sacrificio es la de “dar lugar a una especie de espacio vital para el hombre(…). La función del sacrificio era múltiple, pero tenía principalmente un fin: suscitar una manifestación.[3] Así, el salto al vacío del poema es un sacrificio en el sentido en que lo explica Zambrano. Este suicidio-sacrificio da lugar a un espacio vital, suscita la manifestación: “Aquí comienza el territorio / donde es posible quemar todos los finales”.  Territorio del comienzo: origen, espacio de la posibilidad. 
Pero tras el sacrificio y la aparición del espacio vital que acarrea el salto, hay que observar cómo el siguiente verso destaca que ese espacio abismal surgido en el salto-sacrificio es un espacio de creación: “y crear el propio abismo”. Crear es saltar o, mejor dicho, saltar es imprescindible para crear. La clave de esta relación hay que buscarla de nuevo en la idea de sacrificio: para crear hay que sacrificar lo que conocemos y adentrarnos, sin base, sin sujeto, en lo desconocido. Al eliminar-sacrificar caemos y, al caer, se abre un horizonte, un espacio vital de posibilidad, original.
 Juarroz crea el abismo como un espacio original, esencial, donde el salto cumple su última misión incendiaria: tras eliminar todo fundamento de las cosas, el hombre desaparece en el abismo creado gracias al salto. El hombre, desapareciendo hacia adentro, recupera el sentido del ser como sin fundamento. 

La poesía de Juarroz, como el salto de este poema, tiene siempre una doble vertiente: una vertiente crítica sobre lo dado de la realidad, y una vertiente creativa, de apertura hacia una nueva forma de pensar no dada, original.
Pero, por otro lado, este pensamiento-salto es también manifestación del abismo, creación de un abismo por el que, desaparecido el fundamento de las cosas, el ser, el sentido de la realidad, se manifiesta como ausencia, como nada, como abismo y como posibilidad.
El salto es una rebeldía del pensamiento, un modo de pensar que renuncia a la horizontalidad de la lógica y de las oposiciones para entrar en la verticalidad del origen y del abismo. El propio Juarroz era consciente de esta relación entre salto y poesía: “La poesía es un salto de la razón, pues con ella aparece la idea de otra lógica, otro eslabonamiento en la persecución de un sentido. Además, en este encuentro de poesía, posible e imposible, nos aparece la idea de que ese salto es el último riesgo y el último abandono.”[4]



[1] R.Juarroz  “Sexta poesía vertical”.
[2] En la siguiente cita veremos aparecer una definición de “salto” muy similar a la de Juarroz, en la que el símbolo del abismo se superpone, como en el argentino, al concepto filosófico de fundamento: Pensar el ser requiere en cada instancia un salto a través del cual saltamos en lo abismal desde el fundamento habitual del ente, en el cual reposa siempre primero el ente para nosotros. (…)Este pensar propio acontece por el “salto”, pues desconoce puentes y carriles y conductores de explicación, lo cual siempre se deriva sólo del ente, porque permanece sobre el “suelo” de los “hechos”. Este suelo está lleno de grietas. Nunca tiene solidez. Pues todo ente, al cual nos atenemos exclusivamente, sólo tiene solidez a causa de un olvido del ser, en el cual, empero, está presente el ente. Pero el ser no es ningún fundamento, sino lo sin-fundamento.” Martin Heidegger, “Parménides”.
[3] María Zambrano. “El hombre y lo divino”.
[4] R.Juarroz “Poesía y creación. Diálogos con Guillermo Boido”.



 Diego Sánchez Aguilar









Diego Sánchez Aguilar nació en Cartagena en 1974. Es Doctor en Filología Hispánica y actualmente trabaja como Profesor de Secundaria en La Manga del Mar Menor. Es poeta, narrador e investigador. Ha publicado libros de poesía como "Desde el vientre de la ballena" y "Diario de las bestias blancas" (Premio Dionisia García). Sus relatos han aparecido en antologías como "El corazón delator" y en varias revistas. Sus última publicaciones han sido la edición crítica de la "Poesía vertical" de Roberto Juarroz en la editorial Cátedra y el libro de arte "No home" junto con el pintor Eduardo Pérez Salguero.  



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