martes, 18 de febrero de 2014

HOY FIRMA: EFRAÍN BARTOLOMÉ. "A JOSÉ EMILIO PACHECO"





Baja a las soledades del jardín
y de pronto lo espanta tu mirada
Y alza el vuelo sin fin
Alza su libertad amenazada.



Para los vigesémicos que teníamos veinte años en los dorados setenta, estos versos que entonces difundía la radio resultarán familiares. Los escuché una vez y ya no los olvidé. Los poemas terminan pareciéndose al mar:

Empieza donde lo hallas por vez primera


y te sale al encuentro por todas partes

En esos versos había misterio pero también claridad: la misteriosa claridad. Y de esa paradoja se desprendía una emoción. El conjunto dice más que las palabras que lo componen: eso es la poesía.

Luego empecé a saber del autor de aquellos versos: en edad tenía apenas una década más que nosotros, pero en cultura y sabiduría nos superaba por varios siglos. Su nombre: José Emilio Pacheco.

Teníamos veinte años y José Emilio escribía en la pizarra de nuestra fresca memoria: Alta traición, El equilibrista, Mosquitos, Preguntas sobre los cerdos e imprecaciones de los mismos, Los grillos (defensa e ilustración de la poesía), Autoanálisis, Clínica de belleza, Vanagloria o alabanza en boca propia, Dichterliebe, Moralidades legendarias y un feliz etcétera…

Teníamos veinte años. Aspirábamos, con más fuerza que ahora, al título de poeta. José Emilio nos hacía más difícil la tarea. Había escrito advertencias como ésta:

Quisiera ser un pésimo poeta

para sentirme satisfecho con lo que escribo

y vivir lejos

de tu dedito admonitorio,

autocrítica.


Agregaba que alrededor de una idea original siempre arroja su maleza la retórica.
Decía que quizá nuestra época nos dejó hablando solos.
Parecía querer desilusionarnos.

Pero seguíamos leyéndolo y confirmábamos que sí tenía sentido nuestra decisión de servir a



la perra infecta, la sarnosa poesía,

risible variedad de la neurosis,

precio que algunos pagan

por no saber vivir.

La dulce, eterna, luminosa poesía.


Tuvimos veinte años.
Luego tuvimos treinta.
No me preguntes como pasa el tiempo: pasa y es todo.
Uno está vivo y siente.
Mira los elementos de la noche: islas a la deriva,
falsos testimonios y señales de vida en el reposo del fuego.

No me sentiré mal:
seguiremos leyendo tus poemas en público y en privado.
Seguiremos dándole su único sentido a la poesía:
hacer que tus palabras sean nuestra voz
por un instante al menos.

Esta es mi forma de decirte
cuánto te seguiremos queriendo.

Buen viaje, hermano mayor...




EFRAÍN BARTOLOMÉ (Ocosingo, Chiapas, 1950). Su obra poética, que llega ya a los veinte títulos, ha sido reunida en los volúmenes AGUA LUSTRAL (Poesía 1982-1987), Lecturas mexicanas, CNCA, México, 1994); OFICIO: ARDER (Obra poética 1982-1997, UNAM, México, 1999); y EL SER QUE SOMOS (Editorial Renacimiento, Sevilla, España, 2006). Valparaíso Ediciones acaba de poner en circulación en España su libro Cuadernos contra el ángel. El crítico Juan Domingo Argüelles ha dicho que “La obra poética de Efraín Bartolomé constituye un suceso, una feliz irrupción en el curso, a veces monótono, de la poesía mexicana en la parte final del siglo XX, y es hoy una presencia y un referente fundamental en el panorama poético del siglo XXI que, en cuestiones de poesía, suele tan fácilmente dar gato por liebre.”



© Guadalupe Belmontes Stringel






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