martes, 21 de enero de 2014

HOY FIRMA: MIGUEL MERINO. "AUTENTICIDAD, SEXO, ARTE"


La autenticidad, dijera lo que dijera Heidegger, es una idea consoladora. Y cuando de consolarse se trata, uno piensa lo que más le conviene o necesita. Yo me consuelo pensando que la pérdida de consciencia o la enajenación, sea sexual, narcótica o mística, sí que son auténticas.

La vía sexual es la más intensa, pero también la más breve, la más activa y frenética, la menos contemplativa. El orgasmo, digámoslo así, es mística animal. Y como ciertos narcóticos, es altamente adictivo y cuenta con sus mismos efectos secundarios inmediatos: primero un bajón considerable y acto seguido un mono kingkonesco.

Y sin embargo el sexo es una obligación más, como la alimentación o la defecación. Tirando de etimología, resulta que αὐθεντία significa precisamente 'poder', 'autoridad', es decir, obligaciónimperativo. La satisfacción del apetito sexual, repito, proporciona un subidón similar al de los narcóticos, sólo que producido por el propio cuerpo y enfocado a otros cuerpos. Se trata, en fin, de un delirio físico poderosísimo, compartido únicamente en el mejor de los casos. Sería preferible la locura controlada y autosuficiente, si es que uno puede en alguna medida elegir o encauzar su insania. Es preferible eso que llaman sublimación.

En la pasión sexual los amantes no se poseen uno a otro, más bien ambos son poseídos por el mismo monstruo de millones de cabezas: el instinto. El apetito sexual, en realidad, es lo más impersonal del individuo, la más rotunda negación de la personalidad. El sexo es el dispositivo incorporado compartido por miles de especies para conseguir que sus integrantes se olviden temporalmente de sí mismos (si es que cabe decir semejante cosa respecto a las demás bestias); y todo con el solo fin de servir al Todo, que es la especie misma. O dicho a la manera de Schopenhauer: el sexo es el modo de escapar momentáneamente del principio de individuación. El colmo es que de Guatemala escapa uno a Guatepeor, porque lo que hay tras la cortina de humo de toda pulsión sexual, por muy inteligentes que podamos ser, son las fauces de la especie. 

Pero hablar de la pulsión sexual es como pretender entender los rebuznos, aunque sean los propios.

Regresando a la autenticidad, yo diría que es obediencia a uno mismo. Hasta ahí todo bien. El problema llega cuando uno intenta delimitar qué es eso de «uno mismo». Porque, ¿qué es uno solo? Sospecho que el reflejo de lo que fue cuando aún no lo era, es decir, cuando aún formaba parte, de una familia, de un grupo o de un colectivo mayor, para el caso es lo mismo, más el mejunje de estímulos externos e internos de cada momento. Desde que nacemos hasta que morimos, queramos o no, formamos parte. Estamos solos, sí, pero no somos solos. Uno solo, sencillamente, no es nada; uno solo no es. Ser es vincular. De hecho, en términos matemáticos, ser es el signo = . Ser es equiparar, identificar, asimilar, igualar. En resumen, una puta jodienda. Condenados a vida y no hay nada adonde huir.  

Pero por suerte o por desgracia los artistas somos unos dementes. Y como todo demente que se precie, lo que nos mueve es la negación de la identidad heredada y social. Lo cual me lleva de vuelta al tema de la enajenación. En el fondo lo que queremos es vivir en la plena consciencia de aquello que decía Rimbaud: yo es otro. Para ello, en lugar de perder la chaveta, nos exteriorizamos en la obra, ese consuelo consistente en la modelación formal de la ilusión de nuestro uno mismo. La actividad artística es una estado de enajenación mental transitoria y recurrente. Las llamadas musas, como bien sabían los antiguos, son potentes dosis de locura reversible.

Cada cual, se llame Heidegger o Fulanito, busca consuelo a su medida.






Miguel Merino (Madrid, 1973) vive desde hace una década en países de la ex Unión Soviética y Centroeuropa dedicado felizmente a la supervivencia. Ha publicado los poemarios Hierros invisibles (2010) y El invierno metido en los pulmones, (2002; firmado con el nombre Juan Miguel López Merino). Ha escrito ensayos (Roger Wolfe y el neorrealismo español de finales del siglo XX, 2006;Sobre poesía posfranquista2008) y ha traducido, entre otros, a William Carlos Williams (Antología bilingüe, 2010), a Hubert Selby Jr. (El demonio, 2011) y a Vladimir Vysotsky. Podéis encontrar más información es miguelmerino.net

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