lunes, 20 de enero de 2014

HOY FIRMA: LUIS ALBERTO DE CUENCA



RUBÉN DARÍO


Cuando yo era pequeño y el mundo era una caja llena de soldados de goma o un mazo de estampas de colores, mi padre me leía en voz alta a Rubén Darío, pero no declamándolo al viejo estilo, sino teniendo en cuenta que yo era un niño y que jugábamos a que él me recitase poemas. Nunca olvidaré aquellas lecturas. Por ellas me enteré de que había caballeros capaces de vencer a la muerte, que las hadas llenaban copas repletas de felicidad y que las mujeres más bellas sentían devoción por los héroes más fieros. Por ellas también supe que la poesía debe cumplir con ciertas normas para serlo, que no basta con repartir la prosa en renglones para hacer poesía. Todo eso lo aprendí en Rubén y no se me va a olvidar nunca.



         Me sigue pasmando, medio siglo después de que mi padre me lo recitara por primera vez, esa preciosa amalgama de los sentidos que es el poema XIV de Cantos de vida y esperanza, titulado «Marcha triunfal» y escrito en la isla de Martín García, en el Río de la Plata, a algo más de 40 kilómetros de Buenos Aires, durante la primavera (otoño austral) de 1895. Su mismo autor nos dice de esa pieza en Historia de mis libros[1] que es «un “triunfo” de decoración y de música». Hay quien defiende que el tema se lo dio una representación de la Aida de Verdi; otros hablan del recuerdo de un desfile militar en París; yo prefiero pensar que Rubén dio rienda suelta a los sentimientos épicos que lleva dentro todo gran poeta y que quiso mostrar en su «Marcha triunfal» el lado vibrante y glorioso de una victoria militar. Los triumphi que los generales romanos celebraban al regresar victoriosos a la Urbe palidecen de envidia ante el esplendor de este moderno triumphus rubeniano, auténtico paroxismo lírico de intensidad y plenitud.
         Pasaron los años, y leí otras muchas veces a Rubén Darío. Cada vez surgía una voz diferente. Una voz importante para mí, que crecía conmigo, que se hizo más grave cuando empezó a cambiarme la voz y la gente dejó de confundirme con mi madre al coger el teléfono, una voz que me daba consejos (siempre malos: Rubén es un desastre como ayo) cuando empecé a salir con chicas, que me relajaba después de un examen, que sonaba a cielo en mis éxitos, que me acompañaba al infierno de mis sucesivas derrotas. Una voz que ahora, a los sesenta años de mi edad (voy superando, al día de hoy, en once años a Rubén, que falleció a los cuarenta y nueve), está repleta de tristeza, y no porque yo esté más triste que antes (que hace tres o cuatro décadas, por ejemplo), sino porque es ahora cuando me he dado cuenta de lo terriblemente triste que fue el paso de Rubén por este mundo, pese a la pedrería resplandeciente de sus versos, que tapizaron de belleza su escaso y desolado medio siglo de vida.
         Rubén es, para mí, el poeta más importante que ha escrito en lengua castellana desde Sor Juana Inés de la Cruz, Lope, Góngora, Quevedo y Bécquer. Libros como Prosas profanas (1896 y 1901) y, sobre todo, Cantos de vida y esperanza (1905) se me antojan hitos inigualados en nuestra poesía contemporánea. Sin Rubén, ni los hermanos Machado ni Juan Ramón Jiménez hubieran sido tan geniales. Precisamente a través de ellos se prolonga Darío en las promociones posteriores. En lo que atañe a la generación del 70, también llamada del 68, de los Novísimos o del lenguaje, Darío cuenta con un intercesor tan valioso como Pere Gimferrer. Yo mismo descubro en mi poesía la huella de Rubén, aunque sea a través de algún alumno suyo tan aventajado como José del Río Sainz y, desde luego, del autor de Arde el mar y La muerte en Beverly Hills, a quien considero mi maestro. Toda la poesía española actual que me interesa tiene que ver con Rubén Darío.
         (Como helenista, y disculpen el paréntesis, he buscado en Rubén la Grecia auténtica, la de Homero, Arquíloco, Safo, los trágicos, Aristófanes y Platón. Nada de nada. A Darío le importó siempre más «la Grecia de la Francia» [lo dice en su poema «Divagación», de Prosas profanas] que la Grecia de los antiguos griegos. «Verlaine es más que Sócrates; y Arsenio / Houssaye supera al viejo Anacreonte», nos confirma el poeta un poco más abajo. Son las extravagancias propias del genio. Porque, a ver, ¿quién se acuerda ahora de Arsène Houssaye? Tuve la extravagancia de comprar hace unos años los cuatro volúmenes (París, E. Dentu, Éditeur, 1875) de Les mille et une nuits parisiennes de Houssaye, y puedo asegurarles que ese olvido está plenamente justificado.)

Uno de los libros capitales de la poesía española contemporánea cumplió en 2005 sus primeros cien años. Y digo «española» porque, a pesar de que su autor naciera en Nicaragua, Cantos de vida y esperanza, los cisnes y otros poemas vio su primera luz en nuestro país (Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1905). Fue un lujo que el cuidado de la edición corriera a cargo del entonces joven poeta moguereño Juan Ramón Jiménez, que se encargó de convertir el material poético enviado por Rubén en un libro orgánico, perfectamente estructurado, lo que constituía una auténtica novedad en una época en que los libros de poesía se limitaban a presentar en un volumen una determinada colección de los poemas sueltos de cada autor, sin que se valorase en demasía la unidad semántica (diríamos) del poemario.
         Rubén regaló a Juan Ramón, como correspondencia a los servicios prestados en la organización del material de Cantos de vida y esperanza y al cuidado en general de la edición, un buen número de originales manuscritos de entre los poemas que componen el libro. Con el tiempo, residiendo J. R. J. en los Estados Unidos, esos manuscritos rubenianos fueron donados por él a la Biblioteca del Congreso de Washington, donde se conservan desde entonces. Pero el poeta de Moguer se reservó algunos, no más de una decena, para regalar a los amigos. Uno de esos manuscritos, concretamente el del poema XV de la sección «Otros poemas», que no tiene título y cuyo primer verso es «¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!», ha querido el destino que forme parte de mi biblioteca. Son dos cuartillas, de puño y letra de Rubén, y en la parte superior de la primera de ellas figura la siguiente leyenda, escrita con la inconfundible letra del autor de Platero y yo: «Regalo de Juan Ramón.» No es que sea el mejor ese poema, ni mucho menos lo es, pero, a partir del momento en que adquirí el manuscrito autógrafo que lo contiene, se convirtió en uno de mis favoritos.
         No resisto la tentación de leerlo, modificándolo levemente en materia de puntuación, y de tejer después de la lectura algún comentario en su torno. Dice así (y me sirvo también de la reciente y cuidada edición de Cantos de vida y esperanza llevada a cabo por José Carlos Rovira[2]:

                  ¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!
                   Es como el ala de la mariposa
                   nuestro brazo que deja el pensamiento escrito.
                   Nuestra infancia vale la rosa,
                   el relámpago nuestro mirar,
                   y el ritmo que en el pecho
                  nuestro corazón mueve
                  es un ritmo de onda de mar,
                  o un caer de copo de nieve,
                  o el del cantar
                  del ruiseñor,
                  que dura lo que dura el perfumar    
                  de su hermana la flor.
                  ¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!
                  El alma que se advierte sencilla y mira clara-
                  mente la gracia pura de la luz cara a cara,
                  como el botón de rosa, como la coccinela,
                  esa alma es la que al fondo del infinito vuela.
                  El alma que ha olvidado la admiración, que sufre
                  en la melancolía agria, olorosa a azufre,
                   de envidiar malamente y duramente, anida
                   en un nido de topos. Es manca. Está tullida.
                   ¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!

         Son veintitrés versos de distinto número de sílabas: 5, 7, 9, 11, 12, 14 (Rovira añade «16», pues no hay ningún verso de esa medida en el poema). En un pasaje de Tierras solares, libro en prosa que Darío publicó en Madrid en 1904, se lee textualmente: «Y he ideado las impresiones de la pequeña alma de una coccinela pequeñita […] Va, la pequeñita coccinela […] y la coccinela penetra entre las riquezas que se presentan a sus ojos […] Como la almita de esa bestezuela de Dios mi alma» (páginas 83-84). Ello quiere decir que la fecha de composición del poema, dado que también menciona a la mariquita o coccinella (despojada aquí de la doble l latina), sería más o menos la misma en que Darío escribió ese fragmento de Tierras solares, o sea, a comienzos de 1904.
         Me fui en busca de uno de los mejores comentarios jamás escritos sobre la poesía de Rubén, a saber, el del argentino Arturo Marasso, Rubén Darío y su creación poética[3]. Entre las páginas 227 y 230 de ese libro se habla de «¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!». Dice Marasso: «En esta poesía Rubén es moralista ascético, siente la aspiración a lo infinito y a lo eterno, ve lo deleznable de las cosas terrenas. El poeta mira ahora el alma, piensa como místico cristiano.» Para citar a continuación el siguiente pasaje de Las moradas del castillo interior de Santa Teresa: «Son las almas que no tienen oración como un cuerpo tullido […] porque [el alma] tiene tal costumbre de haber siempre tratado con las sabandijas y bestias [,,,] que ya casi está hecha como ellas […] Y si estas almas no procuran entender y remediar su gran miseria […] no hablemos con estas almas tullidas.» Marasso está convencido de que hay razones suficientes para creer que Darío escribió su poema «¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!» a raíz de la lectura de ese pasaje de Las moradas. A mí no me parece tan claro. Existe coincidencia léxica, pero no hasta ese punto. A lo mejor lo que se le pasó por la cabeza a Rubén al escribir este poema, cuyo original manuscrito tengo a la vista mientras redacto estas líneas, fue lisa y llanamente la vanidad de todo, eso que en el Eclesiastés figura como vanitas vanitatum et omnia vanitas, insistiendo en el tema existencial, un tema en el que, como dice Manuel Mantero[4], Darío es pionero en las letras castellanas, entendiendo por «existencial» la plena consciencia de que el hombre es un «ser-para-la-muerte», por decirlo en términos heideggerianos. Nadie como Rubén para mostrarnos en toda su crudeza y en escenarios líricos admirablemente diseñados conceptos como la inutilidad de los esfuerzos humanos, la incertidumbre y el vacío de la existencia humana.
         Louis Bourne, el estudioso norteamericano afincado en España, también dedica un espacio de su libro Fuerza invisible. Lo divino en la poesía de Rubén Darío[5] a la composición que nos ocupa. «La alternativa [a esa alma “tullida”] —dice Bourne—  es un alma que mira la gracia pura de la luz cara a cara, / como el botón de rosa, como la coccinela, / esa alma es la que al fondo del infinito vuela», por más que «la aspiración de la materia hacia la luz no implica necesariamente el sentido de gracia con la bienaventuranza». Y continúa Bourne: «El poeta en todo caso no menciona al Ser Supremo. Volar hacia el fondo del infinito más tiene la tonalidad abstracta de la teosofía que el convencimiento cristiano.»

¿Cuál fue el tema central de la obra poética de Rubén Darío y, por tanto, el tema central de esos Cantos de vida y esperanza y de ese Canto errante aparecidos, respectivamente, en 1905 y 1907? Se lo pregunta el gran poeta y crítico Pedro Salinas en su espléndido ensayo La poesía de Rubén Darío[6]. Y responde sin pestañear: el erotismo, el afán erótico del hombre. Bástenos recordar un pasaje de la Autobiografía rubeniana: «Hay que saber lo que son aquellas tardes de las amorosas tierras cálidas. Están llenas como de una dulce angustia. Se diría a veces que no hay aire. Las flores y los árboles se estilizan en la inmovilidad. La pereza y la sensualidad se unen en la vaguedad de los deseos. Suena el lejano arrullo de una paloma. Una mariposa azul va y viene por el jardín... Entonces, en la hora tibia, dos manos se juntan, dos cabezas se van acercando, se hablan con voz queda, se compenetran mutuos deseos; no se quiere pensar, no se quiere saber si se existe, y una voluptuosidad milyunanochesca perfuma de esencias tropicales el triunfo de la atracción y del instinto.»
         Si el erotismo es el tema central de la poesía rubeniana, existen dos subtemas periféricos, pero muy importantes también: lo social (Rubén fue un poeta social avant la lettre, hizo poesía política, por más que José Enrique Rodó le echara en cara, ya en 1899, en su librito Rubén Darío. Su personalidad literaria, su última obra[7], que no quisiera ser el gran cantor de América que América necesitaba) y el arte, la poesía y el poeta (tema que Darío cultiva con profusión, sirviéndose de ideas entonces en boga como la supremacía del arte sobre las demás actividades humanas, la defensa de l’Art pour l’Art, la misión del poeta como profeta y como orfebre de la palabra, el heroísmo del poeta, etc.). Diré dos palabras tan sólo de lo que a Salinas y a mí nos parece el tema nuclear en la poesía de Rubén.


         El erotismo es, en la lírica rubendariana, fuente de tantas complicaciones psicológicas («creer que un cielo en un infierno cabe», como en el inmortal verso de Lope inserto en el célebre soneto en que pasa revista a los efectos del amor), de tantas situaciones poéticas, que rebasa los límites de lo meramente sensual. El afán erótico domina, sí, de principio a fin, la producción poética de Rubén. Lo que varía son las respuestas a esa solicitud de los sentidos, y los grados de satisfacción que esas respuestas procuran al poeta.
         En una fase puramente hedonística, el deseo se cumple de forma satisfactoria con la posesión de lo deseado. En una fase que podríamos llamar exótica, el poeta se apresura desde el cumplimiento de su deseo a la propuesta de una nueva tentación, de la lograda posesión a la ilusión de la por venir. Se nota una cierta aceleración, un ritmo precipitado, una ansiedad que poco o nada tiene que ver con el sereno disfrute intemporal del goce amoroso. Luego, a partir del Poema del otoño, adviene la conciencia clara de la caducidad de lo gozado y de lo gozoso, de lo huidizo de ese placer que reclama eternidad, pero junto con esa conciencia llega el intento heroico de vivir a dos vertientes: para la muerte, sí (el Sein-zum-Tode de Heidegger una vez más), pero a través del amor. Es decir, que ya no dura la capacidad de los sentidos para satisfacer el afán; lo que dura y perdura es el afán mismo, y la ansiedad y la angustia, sus fieles compañeras.
         Ése es el latido que nunca se apaga en la lírica de Rubén Darío. Arde el deseo, obtiene su objetivo, se produce la posesión, pero en seguida llega la conciencia de que allí no se agota todo el afán. La primera y triste noción que la conciencia y su descubrimiento del vivir en el tiempo traen a Darío es la insuficiencia de lo erótico para llevar al hombre a la cumbre de su dicha y al perfecto cumplimiento de su ser. Pero este desengaño de lo erótico no conduce en modo alguno a la renuncia al erotismo. El poeta pacta con la derrota: es lo «erótico insuficiente», lo «erótico insatisfactorio». Se diría que el vate nicaragüense ha leído aquellos hexámetros de Tito Lucrecio Caro (De rerum natura, libro IV. La traducción es mía.)[8]:

                   Y es que el amante espera siempre
                   que el mismo objeto que encendió la llama
                   que lo devora, sea capaz de sofocarla.
                   Pero no es así. No. Cuanto más poseemos,
                   más arde nuestro pecho y más se consume.
                   Los alimentos sólidos, las bebidas
                   que nos permiten seguir vivos
                   ocupan sitios fijos en nuestro cuerpo
                   una vez ingeridos, y así es fácil
                   apagar el deseo de comer y beber.
                   Pero de un bello rostro, de una piel suave
                   nada se deposita en nuestro cuerpo, nada
                   llega a entrar en nosotros salvo imágenes,
                   impalpables y vanos simulacros,
                   miserable esperanza que muy pronto se desvanece.
                   Semejantes al hombre que, en sueños,
                   quiere apagar su sed y no encuentra
                   agua para extinguirla, y persigue
                   simulacros de manantiales, y se fatiga
                   en vano, y permanece sediento, y sufre
                   viendo que el río que parece estar
                   a su alcance huye y huye más lejos,
                   así son los amantes juguete en el amor
                   de los simulacros de Venus...



         Tal deficiencia del erotismo no es, ya lo he dicho, lo suficientemente persuasiva como para que el poeta deje de perseguir la felicidad por vía de los ojos, los labios y las manos; como para que, apartándose del erotismo, elija nuevos derroteros. No. Aunque sepa que abrazo y beso no son ninguna puerta a la eternidad, y ambos estén sentenciados a muerte por el tiempo, el poeta se resiste a abandonarlos. Stella, su primera esposa, le había enseñado la escala por donde podría ascender al otro amor —el buen amor, lo llamaríamos—, pero Eros sigue ahí, plantado en medio del camino, extraviando a Rubén con sus seducciones. Eros el burlador. Lo malo y terrible es que todos nosotros, como Darío, tenemos sangre de sirenas y de tritones, de centauros y satiresas. Eso es «lo fatal» de nuestra condición humana. Lo erótico, pues, como fatalidad, lo «erótico fatal». Pero oigámoslo en verso, en el poema precisamente titulado «Lo fatal», en el que se alude de manera directa a la íntima relación existente entre Eros y Tánatos, y a la tiranía que ejercen ambos términos en los seres humanos, especialmente en  los espíritus sensibles como Rubén. Dicho poema clausura, con el número XLI, los Cantos de vida y esperanza, y todos ustedes se lo saben de memoria (o, si lo prefieren, par coeur, como diría Arsène Houssaye):

                   Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
                   y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
                   pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
                   ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

                   Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
                   y el temor de haber sido y un futuro terror...
                   Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
                   y sufrir por la vida y por la sombra y por

                   lo que no conocemos y apenas sospechamos,
                   y la carne que tienta con sus frescos racimos,
                   y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
                   ¡y no saber adónde vamos,
                   ni de dónde venimos...![9]

         Sin duda, ese poema XLI y último de la sección «Otros poemas» y, por tanto, del libro entero que se titula Cantos de vida y esperanza, es uno de los más hermosos de la obra completa de Darío y aborda, además del erotismo y trenzado con él, el mismo tema de la vanitas del poema XV, o sea, de «¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!», aunque sirviéndose de un lenguaje mucho más fresco y menos alambicado que el utilizado en este último.
         Lo erótico, a fuer de fatal, se apodera del hombre, lo hace suyo. Así, cuando, atraído por la voz del ruiseñor de Stella, el poeta intenta romper con su Eros demoníaco, éste resiste los embates y envites de su antagonista y no acaba de ser expulsado. La razón de ser de la vida es, quizá, este combate del que lo único seguro que sabemos es que ninguno de los dos contendientes obtendrá una victoria definitiva, pero que no por ello deja de producirse. Una lucha patética e inútil que explica la tristeza abismal de la diosa del amor en «Venus», una de los poemas añadidos en la segunda edición de Azul (1890):

         «¡Oh, reina rubia! —díjele—, mi alma quiere dejar su crisálida
         y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;
         y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

         y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar.»
         El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.
         Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.[10]

         Esta tensión agónica puede verse perfectamente en la preciosa composición de Prosas profanas titulada «El reino interior», en el que asistimos a una singular pugna entre siete hermosísimas princesas —las Virtudes— y siete príncipes muy bellos —los Pecados capitales—; al final, el poeta, se rinde y exclama: «¡Princesas, envolvedme con vuestros blancos velos! / ¡Príncipes, estrechadme con vuestros brazos rojos!». Es lo «erótico agónico», según Salinas, lo erótico que lucha por no morir. Nada distingue mejor a la poesía rubeniana que ese sentimiento agónico del erotismo.
         Los frutos del erotismo agónico son siempre ácidos: dudas, lucha interior, aflicciones, desgarramientos. Todo aquello que suele asociarse con el erotismo en poesía: lo gracioso, lo placentero, los deseos saciados y la vida fácilmente dichosa, aunque tengan su representación en la lírica de Rubén (piénsese en la «divina Eulalia» que inaugura Prosas profanas), van pasando a un segundo término, se van convirtiendo en personajes secundarios, pues tienen que compartir la escena con los auténticos protagonistas, que son la angustia y el horror. Lo erótico, pues, se vuelve «trágico».
         Nada hay en Rubén de ese erotismo que crea su propio recinto de goces, aislado del exterior, indiferente a la tragedia de la vida. Góngora, en su romance de «Angélica y Medoro» lo explicaba, siguiendo a Ariosto, en maravillosos octosílabos: «Todo sirve a los amantes / ... / Los campos les dan alfombras, / los árboles pabellones, / la apacible fuente sueño, / música los ruiseñores.» Ese postmoderno «todo vale» que pudiera lucir como leyenda en el blasón par excellence de los enamorados, no funciona para Rubén. Su erotismo insatisfactorio y fatal, agónico y trágico sólo podría conducirle, como sola liberación, al campo de la trascendencia. «Rubén —nos dice Pedro Salinas— fue siempre un poeta erótico; lo hermoso y profundo de su lírica está en su manera de vivir lo erótico en todas sus modalidades, gozosamente, angustiadamente, en su haz de carne divina, en su envés de esqueleto desengañador, ahora como juego, después como martirio.» Al final, la poesía de Rubén Darío, que no ha sido nunca capaz de referir la anécdota esencial que cuenta Góngora de Angélica y Medoro, porque se lo impedían, por una parte, el amaneramiento pseudodieciochesco y, por otra, la locura destructiva, consigue, a fuerza de sufrimiento, acceder a un terreno de vertiginosas alturas donde sopla la brisa de la purificación. Es lo «erótico trascendente», que tanto tiene que ver con el Ewigweiblich salvífico del final del Fausto de Goethe. Como muestra, valdrán los tercetos finales del poema «Visión», de El canto errante:

                  Ella, en acto de gracia, con la mano
                   me mostró de las águilas los vuelos,
                   y ascendió como un lirio, soberana,

                   hacia Beatriz, paloma de los cielos.
                   Y en el azul dejaba blancas huellas
                   que eran a mí delicias y consuelos.

                   ¡Y vi que me miraban las estrellas![11]

         Tengo para mí que desde el poema I de la sección primera del libro Cantos de vida y esperanza, los cisnes y otros poemas (1905), precisamente el que comienza con los versos «Yo soy aquel que ayer no más decía / el verso azul y la canción profana», hasta el último de la sección tercera, o sea, el celebérrimo «Lo fatal», Rubén nos conmueve y exalta hasta límites insospechados, dando cauce libre en estos versos, mucho más que en los de Azul o Prosas profanas, a su tumultuosa personalidad, hecha a la vez de gozo y de culpa, de ambigüedades y temores. Y El canto errante (1907) es una dignísima continuación de los Cantos… cuidados por Juan Ramón y aparecidos por primera vez en 1905.
         En El canto errante figura, por ejemplo, el poema que elegí de Rubén para formar parte de mi antología Las cien mejores poesías de la lengua castellana[12], ni más ni menos que las siete partes de la «Epístola a la señora de Leopoldo Lugones», maravilloso y coloquial repaso autobiográfico escrito en la isla de Mallorca en 1906, hace poco más de cien años. De modo que la «Epístola» a Juana de Lugones se hallaba recién salida del horno creativo cuando pasó a enriquecer el contenido de El canto errante.
         Otros poemas hay, hermosísimos, en ese libro. La «Salutación al águila». por ejemplo, escrita en Río de Janeiro también en 1906, en la que aboga por difundir el espíritu del águila estadounidense entre los países hispanoamericanos, tan necesitados de su espíritu laborioso y emprendedor, complementando y atemperando el discurso antiyanqui de la oda «A Roosevelt», perteneciente a Cantos de vida y esperanza. O la bellísima «Canción de los pinos», una de las piezas más personales de Darío, de la que copio las dos estrofas finales:

                   Románticos somos… ¿Quién que es no es romántico?
                   Aquel que no sienta ni amor ni dolor,
                   aquel que no sepa de beso y de cántico,
                   que se ahorque en un pino: será lo mejor…

                   Yo, no. Yo persisto. Pretéritas normas
                   confirman mi anhelo, mi ser, mi existir.
                   ¡Yo soy el amante de ensueños y formas
                   que viene de lejos y va al porvenir![13]

Tras la «Epístola a Madame de Lugones», es el poema «Eheu!», escrito también durante la estancia de Rubén en Mallorca en 1906,  mi preferido de cuantos alberga El canto errante. Vuelve sobre los temas «existenciales» a los que hacía referencia Mantero en su libro de 1971 y que presidieron la creación de «Lo fatal». Creo que este recordatorio rubeniano no podría terminar mejor que recordando las estrofas de «Eheu!»:

                            Aquí, junto al mar latino,
                            digo la verdad:
                            siento en roca, aceite y vino
                            yo mi antigüedad.

                            ¡Oh, qué anciano soy, Dios santo,
                            oh, qué anciano soy!…
                            ¿De dónde viene mi canto?
                            Y yo, ¿adónde voy?

                            El conocerme a mí mismo
                            ya me va costando
                            muchos momentos de abismo,
                            y el cómo, y el cuándo…

                            Y esta claridad latina,
                            ¿de qué me sirvió
                            a la entrada de la mina
                            del yo y el no yo…?

                            Nefelibata contento
                            creo interpretar
                            las confidencias del viento,
                            la tierra y el mar...

                            Unas vagas confidencias
                            del ser y el no ser,
                            y fragmentos de conciencias
                            de ahora y ayer.

                            Como en medio de un desierto
                            me puse a clamar;
                            y miré el sol como muerto
                            y me eché a llorar.[14]





[1] Manejo la edición de Managua, editorial Nueva Nicaragua, 1988, p. 91.
[2] Madrid, Alianza Editorial, 2004, p. 117.
3 La Plata (Argentina), Universidad de La Plata, 1934.
4 La poesía del Yo al Nosotros, Madrid, Guadarrama, 1971, p. 108.
5 Analecta Malacitana, Anejo XXV, Málaga, Universidad de Málaga, 1999, p. 260. La amabilidad de mi buen amigo malagueño Enrique Baena puso en mis manos un ejemplar del libro de Bourne en cuanto vio la luz, pensando con acierto que podría interesarme.
[6] Buenos Aires, Losada, 1948, passim.
[7] Montevideo, Imprenta de Dornaleche y Reyes. Heredé este precioso librito de la nutrida biblioteca de mi bisabuelo, Carlos Luis de Cuenca.
[8] Véase L. A. de Cuenca y A. Alvar, Antología de la poesía latina, Madrid, Alianza Editorial, 2004, p. 24.
[9] Cantos de vida y esperanza, ed. J. C. Rovira, p. 152.
[10] Rubén Darío, Obras poéticas completas, ordenación y prólogo de Alberto Ghiraldo, Madrid, Aguilar, 1937, p. 574.
[11] El canto errante, Madrid, Biblioteca Nueva de Escritores Españoles, M. Pérez Villavicencio, Editor, 1907, p. 59.
[12] Madrid, Espasa Calpe, colección «Austral», 2005, pp. 304-313.
[13] El canto errante, Madrid, 1907, p. 99.
[14] Ibidem, pp. 105-106.




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