martes, 31 de diciembre de 2013

HOY FIRMA: "Las poéticas de los poetas", de DAVID PUJANTE.




LAS POÉTICAS DE LOS POETAS (Textos de reflexión poética en la Italia de la postguerra)



PÓRTICO. LOS POETAS TEÓRICOS

Siempre he tenido interés especial por los escritos reflexivos de los poetas. Aunque contemos con ilustres y antiguos precedentes, como el Arte Poética de Horacio, no ha sido moneda corriente. Los poetas se encuentran remisos a la hora de desnudar a la musa. En realidad tampoco habló Horacio de su poesía. Se limitó a convertirse en teórico. No se desnudó, se travistió.


 Quinto Horacio Flaco. Poeta lírico y satírico romano (Apulia, 65 a. C. – Roma, 8 a. C.). Los principales temas que de su poesía son el elogio de la vida retirada («beatus ille») y la invitación a gozar de la juventud («carpe diem»), temas muy tratados posteriormente por otros autores.


Durante siglos la poesía fue ciencia lúdica o gaya ciencia, un arte entretenido que a los sesudos aficionados les resultaba difícil justificar ante el teatro del mundo. Pienso en Petrarca, en Fray Luis de León y en tantos otros a los que se les cayeron de las manos obrecillas que luego, y sin que al parecer dieran crédito ellos mismos, hicieron la brillante historia del género.

El Romanticismo trajo consigo el impudor ante la manifestación pública del sentimiento y la poesía encontró su momento culminante. Desde entonces no perdió pie, aunque con el advenimiento del siglo XX la dignidad del poeta se sustentó más bien en la capacidad técnica, al viejo modo aristotélico. Los poetas se enseñorean, alardean entonces de su capacidad compositiva. Es finalmente el momento en que parece posible aunar poeta con teórico. El poeta teórico lo puede ser de su propia obra. Lo que no había podido cumplirse en Horacio se da en Valéry. Pero todavía los hay, entre los poetas modernos, que huyen de la reflexión sobre la propia obra. Y así nuestro ínclito García Lorca dirá a Gerardo Diego: "Pero ¿qué voy a decir yo de la Poesía? ¿Qué voy a decir de esas nubes, de ese cielo? Mirar, mirarlas, mirarle, y nada más".



Hay una anécdota en la reciente historia poética de Italia ilustrativa respecto a los peligros que entraña ese, nunca antes dado, maridaje entre poeta y teórico de su propia poesía. Los protagonistas son el poeta Umberto Saba, el crítico Tullio Mogno y el Canzoniere, bajo cuyo título y en diferentes redacciones recogió Saba la totalidad de su obra poética (al modo de Cernuda en La realidad y el deseo o de las diferentes etapas del Cántico de Guillén). Tullio Mogno escribió durante tiempo una serie de cartas a Saba donde exponía en lo particular y por extenso sus impresiones críticas sobre toda su obra poética. Saba guardó esas cartas en un mueble que los alemanes se llevaron consigo. Bien conocidas son las vicisitudes a que las leyes raciales lo constriñeron durante el fascismo y la guerra. El mueble apareció después, pero las cartas no. Nunca después se decidió Tullio Mogno a escribir el prometido ensayo sobre la obra de Saba. Con las cartas ya se había desfogado. Cuando el propio Saba le escribe a Mogno diciéndole que él mismo hará el ensayo sobre su poesía, Mogno lo conjura para que no lo haga. "La gente -le dice- è poco intelligente; non capirebbe né le sue intenzioni, né il suo modo di sprimersi. Senza contare che lei cadrebbe volentieri in interpretazioni psicanalitiche, che sono in odio a tutti [...] e complicherebbe cosí ancora di piú il suo arduo assunto"[1].


Dejando aparte que Mogno era un filósofo y como tal odiaba el psicoanálisis, lo que realmente parece horrorizarlo es el mestizaje que entraña la decisión del poeta a criticar su obra, es decir, que el poeta se metiera a crítico de su propia obra; porque, lejos de realizar una sólida teorización crítica, lo que seguramente se vería impelido a hacer el poeta sería sin duda la manifestación de su experiencia poética.



El gesto aristotélico (el de separar de nosotros mismos el objeto de análisis, el poema en este caso, propiciando la creación de un metalenguaje analítico que lo defina), gesto asumido por todos los filósofos (incluido este croceano Tullio Mogno), se da de bruces con esa contraria y wittgensteiniana postura de los poetas que, en general, consideran imposible decir la poesía por otro modo que el puramente poético. Por lo que a lo único que están dispuestos es a circular en torno al poema, con nuevos textos que envuelvan su primigenia experiencia; pero jamás se prestarán de buen grado (los más de entre los poetas) a construir un metadiscurso, que a fin de cuentas viene a resultar una paradoja: decir con modos lógicos, en un análisis científico, lo que no puede decirse sino en lenguaje poético. Si la poesía testimonia la existencia de un decir aparte, si la poesía nace del tour de force con el lenguaje apolíneo (el lenguaje de los signos) de la experiencia dionisíaca (lo habitualmente inexpresable con el lenguaje), entonces huelga todo intento analítico, por conducente al fracaso. La propia esencia de lo poético imposibilita el acto analítico. La propia existencia de la poesía invalida el acto analítico.

Mogno siguió prometiendo su ensayo para quitarle de la cabeza al poeta su decisión de escribir sobre el Canzoniere, pero nunca cumplió su promesa; y Saba escribió finalmente Storia e cronistoria del Canzoniere. El ensayo fue bien recibido por poetas como Sereni, que lo encuentra como "un'esperienza opposta ad una teoria". Algunos otros poetas creyeron innecesario el trabajo. Y los críticos puros lo aprobaron con reservas: "di critica propriamente detta, nello studio di Saba su Saba, ce n'era punta, o pochina pochina"[2].



La historia de nuestro siglo en este terreno es una historia de desconfianzas mutuas entre poetas y teóricos. Y sin embargo éste es el siglo de los poetas metidos a teóricos. Se inicia con el episodio amistoso entre formalistas y futuristas en la Rusia prerrevolucionaria y se perpetúa en los formalismos del resto de Europa. Un T. S. Eliot como cabeza del New Criticism. La escuela estilística española con Dámaso Alonso y Carlos Bousoño[3]. Dentro o fuera de escuelas críticas, pocos grandes poetas de nuestro siglo han desistido de su faceta reflexiva en torno al oficio de poeta: en España, Jaime Gil de Biedma y Francisco Brines en la Generación del 50, o Antonio Colinas posteriormente[4]; o dentro del panorama de la escritura en castellano de otros países, A. Reyes y O. Paz [5]. Entre los ajenos a nuestra lengua no es posible que olvidemos, aun haciendo un repaso muy general, nombres como los de  Ezra Pound, G. Benn, W. H. Auden, P. Valéry, J. Brodsky [6].

Pero siendo la historia así, no podemos decir que la relación entre poetas y teóricos haya sido ni muy armoniosa ni muy productiva. En realidad lo que sucedía era que muchas veces el poeta cedía su terreno al crítico. Es el caso de Dámaso Alonso o de Carlos Bousoño. En otras ocasiones, cuando el poeta no estaba dispuesto al cambio de piel, los resultados no complacían al gremio crítico. Es el caso del ensayo de Saba. El poeta sin travestirse de crítico, cuando desciende a explicar su obra, peca de un especial tono pedagógico, repetitivo, de maestro de escuela que presupone infantes ignorantes a los profanos lectores. Esto crea mal ambiente. Innecesarios mosqueos. "Nos cree estúpidos, es un petulante" - piensan habitualmente los lectores, y la conexión establecida en un principio se corta, fracasa. A veces el poeta explica sus claves dando detalles desconocidos para quien no sea el propio poeta, porque no tiene claro cuáles son los relevantes y cuáles los superfluos. En otras ocasiones intenta dar claves críticas y estructurales que son obviedades. Suele también fundir vida y poesía de tal modo que el resultado es puro biografismo. Y en el fondo de todo lo único que está realmente es lo que Saba llama "lo spontaneo fluire e trasfigurarsi in poesia della vita"[7].


Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Federico García Lorca y Vicente Aleixandre.



Los críticos han esgrimido (con mayor arrogancia que la que pueda esgrimirse como pecado propio de los poetas distantes nacidos del padre Baudelaire, "vastes oiseaux des mers", "ces rois de l'azur") que el hacer buenas digestiones no convierte a nadie en especialistas en aparato digestivo. Lo han empleado los críticos formalistas contra los poetas que no han aceptado el yugo de su disciplina. Pero esto es un sofisma, una argucia bien urdida, simplemente eso. Ante todo diremos que ningún especialista en aparato digestivo carece de la experiencia de una buena digestión. Pero no podemos decir de la mayoría de los críticos literarios que hayan hecho alguna vez una buena digestión literaria. Además, sería una torpeza negar que todos estamos ansiosos de saber de boca de quienes experimentan las cosas. La frustración de los ginecólogos está en no haber experimentado ser mujer por algunos momentos, para saber mejor los síntomas de su especialidad. Y no es cuestión de síntomas aislados, es entrar en un mundo distinto, ignorado, vedado. La frustración de los críticos radica en no poder experimentar la creación que admiran y estudian.

Volviendo a las palabras de Sereni, que considera el ensayo de Saba sobre su propia obra "un'esperienza opposta ad una teoria", creo que con esto nos muestra el muro infranqueable que diferencia al crítico formalista reinante en nuestro siglo (de gesto aristotélico, distanciador del objeto poético, observador analítico de su estructura y, finalmente, conformador de un metadiscurso explicativo) del criterio que esgrime generalmente el poeta, en la línea wittgensteiniana (que rechaza la posibilidad de una caracterización general de la experiencia poética)[8]. El tándem es siempre, como venimos observando: teoría y experiencia; junto con los discursos correspondientes: metadiscurso (lenguaje objeto) y explicación (descripciones suplementarias).



La resolución de las perplejidades estéticas, de los efectos que las artes (literatura, poesía, escultura, música) tienen en nosotros, no pasa por un discurso ajeno, lógico, analítico, dirán los ajenos a los formalismos, a los cientificismos en arte y literatura. Cuando un poema nos deja perplejos es porque produce una especie de impasse interpretativo en el ámbito del propio lenguaje en el que nos hallamos instalados. La perplejidad es principalmente el cortocircuito que se produce cuando un uso del lenguaje sobrepasa sus propios límites, cuando es imposible abarcarlo conceptualmente. Así en la experiencia poética, creadora y lectora. Según esto es conveniente diferenciar entre una explicación estética (al modo de la crítica habitual) y la explicación de una perplejidad estética (el procurar que otros experimenten nuestra perplejidad a través de nosotros).

 Los poetas de nuestro siglo han nadado entre la atracción formalista y la ruptura wittgensteiniana de raigambre en Mallarmé o Valéry. También estos poetas que aquí considero a continuación. Pasemos al pormenor de su pensamiento.




LOS MÚTIPLES PADRES DEL SEGUNDO NOVECENTO.

Marcando distancias con la biología, padres, en literatura, puede haber muchos. Y a mí me interesa destacar algunas de las reflexiones de los mayores con que se encontraron en las librerías los nuevos poetas que empezaron su andadura tras la Segunda Guerra Mundial. ¿En qué ambiente de reflexión teórica se encontraron inmersos estos jóvenes? ¿Qué escucharon de los poetas consagrados, de los maestros? Algunos de ellos debieron oír estas mismas ideas de boca de sus protagonistas. Todos los jóvenes, naturalmente sedientos, buscan fuentes; más en esta segunda mitad de siglo, ya ajena a las revoluciones, a los encontronazos vanguardistas. Algunos otros, por timidez o por imposibilidad física de acercarse a los viejos poetas, sin duda leyeron estas obras en sus casas, discutiéndolas con sus amigos o asimilándolas en solitario. Mi deseo, pues, es presentar aquí un selectivo fresco de textos de poetas que reflexionan sobre la poesía en general, la poesía de otros o la suya propia; poetas mayores, cuyos trabajos se muestran a la luz en la segunda cincuentena del siglo.


Imagen de la vieja librería triestina de Umberto Saba.



Importantes reflexiones sobre la poesía nos encontramos en el volumen Prose (Mondadori, Milán, 1947) de Umberto Saba (Triete, 1883 - Gorizia, 1957), al que ya hemos hecho referencia. Salvatore Quasimodo (Modica [Ragusa], 1901 - Nápoles, 1968), a partir de los años cincuenta desarrolla una intensa labor de articulista. Un volumen de ensayos titulado Il poeta e il politico e altri saggi aparece en 1960 (Schwarz, Milán); pero el acceso mejor y más completo a su reflexión sobre poesía va a tenerlo el nuevo lector italiano a partir de la edición de Poesie e discorsi sulla poesia (Mondadori, Milán, 1971).  Eugenio Montale (Génova, 1896 - Milán, 1981) nos ofrece sus escritos Sulla poesia en una edición a cargo de Giorgio Zampa en 1976 (Mondadori, Milán). Vittorio Sereni (Luino [Varese], 1913 - Milán, 1983) tiene alguna interesante prosa en esta misma línea reflexiva en su libro Gli immediati dintorni (Il Saggiatore, Milán, 1962).  Mario Luzi (Sesto Fiorentino [Florencia], 1914), poeta iniciado en el gusto hermético, busca la experiencia simbolista en las prosas de la Biografia a Ebe. Ha dejado importantes ensayos y destacaré aquí sus reflexiones precisamente con motivo de una antología simbolista que llevó a cabo, L'idea simbolista (Garzanti, Milán, 1959), L'inferno e il limbo (Marzocco, Florencia, 1949) y sus Vicissitudine e forma. Da Lucrezio a Montale il mistero della creazione poetica (Rizzoli, Milán, 1974).






[1] U. Saba, Prose, Milán, Mondadori, 1964, p. 402.
[2] Ibidem, p. 403.
[3] Cf. D. Alonso, Poesía Española, Madrid, Gredos, 1971; C. Bousoño, Teoría de la expresión poética, Madrid, Gredos, 1966.
[4] Cf. J.G. de Biedma, El pie de la letra, Barcelona, Crítica, 1980; F. Brines, Escritos sobre poesía española (De Pedro Salinas a Carlos Bousoño), Valencia, Pre-textos, 1995; A. Colina, El sentido primero de la palabra poética, Madrid, 1989. Y sería conveniente destacar que en el caso de Gil de Biedma y de Brines podemos considerarlos poetas puros, ajenos al ejercicio académico. Lo que da mayor realce al hecho de la existencia de esta labor.
[5] Cf. A. Reyes, La experiencia literaria, México, Fondo de Cultura Económica, 1983; O. Paz, Los hijos del limo, Barcelona, Seix Barral, 1986.
[6] Cf. W.H. Auden, La mano del teñidor, Barcelona, Barral, 1974; A. Blok, Un pedante sobre un poeta y otros textos, Barcelona, Barral, 1972; G. Benn, Doble vida y otros escritos autobiográficos, Barcelona, Barral, 1974; P. Valery, Introducción a la Poética, Buenos Aires, Rodolfo Alonso Editor, 1975; J. Brodsky, La canción del péndulo, Barcelona, Versal, 1988; J. Brodsky, Menos que uno, Barcelona, Versal, 1987.
[7] U. Saba, Prose, cit., p. 440.
[8] Cf. L. Wittgenstein, Estética, Psicoanálisis y Religión, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1979; J. Coleman Francis, "A Critical Examination of Wittgenstein's Aesthetics", American Philosophical Quartely, vol. 5, n 4, 1968; V. Sanfélix Vidarte (ed.), Acerca de Wittgenstein, Valencia, Departamento de Metafísica y Teoría del Conocimiento de la Universidad de Valencia, 1993; S. Rubio y J. J. Marzal, "Una lectura estética de las Investigaciones filosóficas de L. Wittgenstein", L'Espill, 27, 1986.

(Próxima entrega: MONTALE Y LA POESÍA COMO TÉCNICA).


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